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    martes 23 de julio de 2024

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    Lady Frankenstein y el joven manos de pinceles

    Vida íntima de una muñeca o el extraño mundo de Sandra Massera

    La función en la Casa de los Siete Vientos comienza un rato antes de que se habilite la sala. La esquina de Gonzalo Ramírez y Carnelli honra el nombre de la sala: cuando sopla fuerte hay que agarrarse el sombrero y caminar inclinado para llegar a la puerta. Los espectadores son recibidos en el sótano de esta clásica casa montevideana de estilo italiano, donde Polizón Teatro tiene su sala y su escuela. En este refugio cálido y colorido uno puede tomar un café y entretener la vista con las piezas de arte allí expuestas. Luego de atravesar el zaguán se accede a lo que alguna vez fue un dormitorio, ocupado por las gradas acolchonadas. El escenario, un típico piso de tablones, ofrece un entorno agradable y rústico, hecho de madera, telas negras y unos pocos focos. Las puestas poseen una gran tridimensionalidad, pues el escenario es más profundo que ancho, un tesoro para escenógrafos e iluminadores, que pueden jugar a piacere con el espacio. Una cualidad que supo explotar hace años Marcel Sawchik en El último estertor y que ahora administra con sabiduría Sandra Ma­ssera en Vida íntima de una muñeca, el estreno que celebra los 20 años de Teatro del Umbral, la compañía fundada y dirigida por la dramaturga y directora, junto al escritor Carlos Rehermann, pareja dentro y fuera del escenario.

    Del Umbral vuelve sobre sus temas recurrentes: el mundo del arte, la historia de las ideas, del pensamiento y la vida pública y privada de los artistas y otras personalidades como Modigliani, Camille Claudel, Primo Levi, Ana Frank o Alma Mahler, la viuda del compositor Gustav Mah­ler, la dama que inspiró El beso, de Gustav Klimt. También recurre a la magia del objeto humano inanimado, el misterioso don interpretativo del muñeco en escena sobre el que, desde la platea, cada espectador proyecta rayos de humanidad. En efecto, el centro de gravedad de esta historia es una muñeca: la réplica que el pintor expresionista vienés Oskar Kokoschka mandó hacer de Alma Mahler, con quien había tenido una idílica relación que, a su término, originó una enfermiza obsesión en el llamado “niño terrible de la pintura vienesa”. Un asunto que no por repetido deja de ser apasionante. Desde Felisberto Hernández con Las hortensias a Craig Gillespie con su filme Lars y una chica de verdad, pasando por miles y miles de individuos que andan por ahí con maniquíes, muñecas inflables o Barbies.

    La anécdota es más frondosa, variopinta e increíble, con múltiples visos de leyenda: un hombre atormentado encomienda la confección de una réplica exacta de su amada imposible, exige diferentes texturas de telas y materiales de relleno para emular contornos, pliegues, tejidos grasos, torso, espalda, cintura, rostro, cabellos. Todo tiene que ser idéntico para permitirle al desdichado abrazarla, besarla y alcanzar la experiencia de los tres años en los que fueron amantes y, dicen, solo se levantaban de la cama para que él la pintara. La abundante correspondencia entre Kokoschka y la fabricante de muñecas Hermine Moos ha permitido conocer detalles, como las exigencias del pintor para replicar la boca, dientes y lengua de su fetiche. Luego de seis meses de manufactura, su decepción al recibir su juguete de tamaño natural es tan mayúscula como su desequilibrio y su depresión. De todos modos la pinta, la lleva al teatro, le compra los vestidos más caros y arma banquetes en su honor.

    En La mujer copiada, en 2008, Massera ya había abordado esta historia aunque lateralmente. Además de la pareja protagónica ya estaban algunos personajes de este suculento folletín como Klimt, Mahler, la muñequera Moos y un tal Sigmund Freud. La imagen de aquella puesta es la de esa tertulia con el elenco completo sentado a la mesa de un Café vVenés.

    Vida íntima de una muñeca parte de la misma anécdota, pero con otro rumbo. El tour de force para la segunda entrega de esta ¿saga, quizá? pasa por el punto de vista del relato, y su magistral puesta en escena: Massera le da la cámara y el micrófono a la muñeca. Sí, a la amante humanizada, esta Lady Frankenstein de belleza superlativa, a quien no le gusta para nada su destino de prisionera de nuestro joven manos de pinceles.

    La producción, ganadora de la convocatoria a obras de títeres para adultos de gran formato del Museo Vivo del Títere del MEC, combina un nutrido y efectivo elenco de carne y hueso (Lucía Calisto, Norma Berriolo, Alain Blanco, Roberto Foliatti, Fabricio Galbarini, Agustina Vázquez Paz) con varios intérpretes de tela y aserrín mimetizados con Alma y Oskar. Puntazo para Fernando Besozzi, de la compañía Aquí Nomás Sombras y Muñecos, y para Tamara Couto y Rodrigo Abelenda, manipuladores en escena.

    Ambientando esta anécdota en el amanecer de la emancipación de la mujer y su lucha por derechos que no ha hecho más que continuar, Massera imagina una discreta rebelión del cuerpo femenino destinatario de la descomunal obsesión. Con refinado pulso poético, elude lugares comunes y golpes bajos y alude sutilmente a las obsesiones reales que complican, arruinan y truncan tantas vidas. A través de la manipulación visible, Massera habla de otras manipulaciones y llena el espacio de imágenes poderosas, que se magnetizan con la retina, como en las escenas de baile.

    Además de la belleza plástica, Teatro del Umbral acostumbra poner fuerte énfasis en la dimensión físico-corporal de la interpretación. “Los movimientos de los actores nunca se vuelven completamente descriptivos del plano textual. Eso evita los gestos predecibles y genera una partitura de movimientos inusuales pero que sorprende por otras asociaciones emotivas”, dijo Massera en una reciente entrevista con La Diaria. Otro fuerte del grupo es una intrincada exploración nada realista de las múltiples formas del decir y de la sonoridad de las palabras en escena, y la ambientación sonora. Y la puesta brilla también por la música de Bartok, Dvörak y Giacinto Scelsi (vanguardista italiano cuya música atonal es rotundamente abstracta: sus obras se basan en una sola nota), que logran un maridaje perfecto con la extrañeza visual reinante, que recuerda también los montajes de Roberto Suárez.

    La obra “puede ser extraña, irreal, onírica y hasta ambigua, pero debe ser fiel a sí misma, coherente, e invitar a los espectadores a que encuentren un sentido en ese juego”, agrega la autora. Las aparentes distancias entre este extraño mundo ficcional y el plano real que trae el espectador con su mirada se acortan considerablemente, con resonancias amplias y, sin dudas, únicas en cada caso. Y ese encuentro garantiza una provechosa experiencia teatral.

    Vida íntima de una muñeca. Texto y dirección: Sandra Massera. Escenografía e iluminación: Álvaro Domínguez. Vestuario: A. Domínguez y Sandra Massera. Hasta el domingo 15 de julio en Casa de los Siete Vientos (Gonzalo Ramírez 1595). Sábados, 21 h. Domingos, 19 h. Del 20 al 29 de julio en Sala Balzo (Sodre). Reservas: 099 299 455.

    Vida Cultural
    2018-07-05T00:00:00