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    Las amenazas de María

    Sr. Director:

    He leído, con la atención y el agrado de siempre, la nota de Claudio Paolillo denominada “Las amenazas de María” (edición del día 4 de junio pasado).

    No puedo sino coincidir con su tesis de que hay una profunda injusticia en el distinto tratamiento que los fiscales uruguayos han hecho con el general Wile Purtscher y con María Topolansky. Ambos incurrieron en un mismo ilícito penal (delito de amenaza). Uno fue procesado de oficio (sin necesidad de denuncia de parte). De la otra… nadie se acordó.

    Y no, ciertamente, porque su brulote haya carecido de publicidad. Que la tuvo. Y tanta como el brulote del general.

    La Justicia —con mayúsculas— exige tratar igualmente a quienes están en idénticas situaciones. Y, como bien lo demuestra la referida nota, la injusticia del distinto tratamiento es algo más que evidente.

    Algo ha fallado por ahí.

    Ese fue el motivo y el objeto de la nota de Paolillo. Pero no son los de esta otra.

    Porque lo que más me impresionó de todo ese episodio tan triste es el calibre de la andanada verbal de María Topolansky. Creo que ni el más rudo de los sargentos de caballería del ejército colonial británico del siglo XIX podría haber sido tan elocuente.

    Me pregunto cómo hace esa mujer para vivir en este mundo. Si sigue siendo tan menuda y delgada como lo era cuando la conocí en nuestros años de escuela, ¿de dónde consigue lugar para almacenar tanto odio, tanto resentimiento, tanta mortífera ponzoña?

    Hace pocas semanas, Búsqueda me confirió el honor de exponer en sus páginas un triste episodio personal de hace ya medio siglo. En esa nota evocaba yo los versos de un tango muy conocido:

    “Yo quiero morir conmigo,

    Sin confesor y sin Dios.

    Crucificao a mis penas,

    Como abrazao a un rencor”

    Cuando me vi enfrentado a esa alternativa, elegí librarme de la cruz y del rencor. Opté por no odiar. Es evidente que María Topolansky tomó la otra vía: la del malevo del tango.

    No logro comprender, ni quiero hacerlo, cómo hace un ser humano para vivir crucificado sobre sus penas y abrazado a un rencor. Todavía, además, con semejante intensidad.

    Me gustaría recomendar a esta mujer que leyera algo de Albert Camus.

    Un hombre y un intelectual de enorme talla moral. De quien poco conocemos en nuestro país. Para nuestra desgracia. No para la suya (o para su recuerdo), obviamente.

    Estas citas son del gran escritor francés (o argelino, si se quiere, ya que nació en Argelia, no en Francia):

    “Hay, pues, ciertas cosas que los hombres de mi edad no pueden olvidar. Pero ninguno de nosotros aceptaría, creo, en este aniversario, pisotear a un vencido (se refiere, nada menos, que al segundo aniversario de la rendición incondicional de la Alemania nazi). La justicia absoluta es imposible, como son imposibles el odio o el amor eternos. Por eso, es necesario volver a la razón. El tiempo del Apocalipsis ha pasado(Combat, 7 de mayo 1947).

    “En efecto, no haremos nada por la amistad entre los franceses si no nos liberamos de la mentira y del odio. Y la verdad es que, en cierto sentido, aún no nos hemos liberado. Quizá, la última y más duradera victoria del hitlerismo sean esas huellas vergonzosas que han quedado en el corazón de aquellos que lo combatieron con todas sus fuerzas.

    Nos ha quedado el odio. Nos ha quedado ese impulso que, el otro día, en Dijon, lanzaba a un niño de catorce años contra un colaboracionista linchado para reventarle la cara. Nos ha quedado ese furor que nos quema el alma al recordar ciertas imágenes y ciertos rostros. Al odio de los verdugos ha respondido el odio de las víctimas. Y una vez que partieron los verdugos, los franceses se han quedado con parte de su odio, y sin poder emplearlo. Todavía se miran entre ellos con un resto de cólera. Pues bien, en primer lugar, debemos vencer todo esto. Hay que curar esos corazones envenenados. Y mañana lograremos sobre el enemigo la victoria más difícil, al entablar la lucha contra nosotros mismos en ese esfuerzo supremo que transforme nuestra sed de odio en deseo de justicia. Aún hoy, algunos periódicos se entregan a la violencia y al insulto. De este modo, estamos cediendo ante el enemigo”(alocución pronunciada el día 15 de marzo de 1945).

    Esto lo escribía, a poco tiempo del final de la guerra, un hombre que luchó contra los nazis en la Resistencia francesa. Que enfrentó sin vacilar la prisión, la tortura y la muerte en las formas más espantosas. Y solo se salvó de ellas porque tuvo la enorme suerte de no ser descubierto. Pero vio que, a su lado, sus amigos y sus compañeros caían, uno tras otro, en ese ominoso destino. Y recordemos bien algo que no se puede negar: que los militares uruguayos (aun ese reducido núcleo de salvajes que desgraciadamente existió), fueron angelitos compasivos comparados con lo que eran los muchachos de la Gestapo, del SD (Sicherheitsdienst) o de las Waffen-SS. Que eran salvajes, despiadados y brutos de verdad. Y era con quienes se enfrentaba Albert Camus.

    No es, ciertamente, María Topolansky quien podría dar lecciones en ese sentido a Albert Camus.

    Más bien, creo que es Albert Camus, desde el recuerdo, la distancia y su reflexión siempre valiosa y sensata, quien puede dar algunas buenas lecciones a esta mujer que vive (¿vive?) atrapada por una marea de odio tan irrefrenable como insensato.

    “No vivimos solo de lucha y de odio. No morimos siempre con las armas en las manos. Hay historia y hay otra cosa, la felicidad sencilla, la pasión de las almas, la belleza natural. También ellas son raíces que la historia ignora. Y Europa, por haberlas perdido, es hoy un desierto”(La Gauche, octubre de 1948, a solamente tres años de finalizada la guerra).

    Seguramente, María Topolansky podría emplear mejor sus energías en lograr que nuestro país, no siga siendo, aun parcialmente, ese desierto moral que horrorizaba a Albert Camus.

    Tal vez, su mejor lección (al menos en mi modesta opinión) fue la dedicada al filósofo y dramaturgo Gabriel Marcel. Quien, en forma parecida a la de María Topolansky, odiaba y criticaba hacia un lado, pero miraba poco hacia el otro (por más que Marcel se inclinaba hacia el lado del franquismo y María Topolansky lo hace para el opuesto).

    “Mi obra (Marcel fustigaba duramente una obra teatral de Camus) incluye claramente una condena que señala a todas las sociedades totalitarias. Y no lo hace a costa de una complicidad vergonzosa. De otra manera, no podríamos conservar el derecho a protestar contra el terror. Ya que Ud. acepta silenciar un terror para combatir mejor otro terror. Y algunos de nosotros no queremos silenciar nada.

    Pues la ambición, que debería ser la de todos los escritores, es atestiguar y clamar, cada vez que sea posible, en favor de quienes están sojuzgados. Esa ambición se cuestionó en su artículo en que critica mi obra, pero le negaré el derecho de hacerlo mientras el asesinato de un hombre solo parezca indignarle en la medida en que ese hombre hubiera compartido sus ideas” (Combat, diciembre de 1948).

    Supongo que será innecesario recordar a esta mujer que la II Guerra Mundial terminó (para Alemania y Francia) en mayo de 1945. Que Combat era el nombre de la mayor red clandestina de las que integraban la Resistencia francesa. Y también el nombre del periódico clandestino de esa organización. Una agrupación de hombres y mujeres franceses que luchó y sufrió mucho más que su similar uruguaya de los años setenta. Y que combatía contra un enemigo mucho más cruel y despiadado.

    Desde ese fangal de ira, resentimientos tremendos, violencia incontenible e implacable sed de venganzas, Albert Camus —militante de la Resistencia francesa— predicaba contra el odio. Y clamaba por la paz y la conciliación.

    Tenía muy claro para dónde debía orientarse.

    Hacia ese destino que había ya sido marcado en forma indeleble en los versos inmortales del gran Arrigo Boito:

    Fratricidi!!!

    Plebe! Patrizi! Popolo

    Dalla feroce storia!

    Erede sol dell’odio

    Dei Spinola e dei D’Oria,

    Mentre v’invita estatico

    Il regno ampio dei mari,

    Voi nei fraterni lari

    Vi lacerate il cuor.

    Piango su voi, sul placido

    Raggio del vostro clivo

    Là dove invan germoglia

    Il ramo dell’ullivo.

    Piango sulla mendace

    Festa dei vostri fior,

    E vo gridando: pace!

    E vo gridando: amor!

    Estos versos los puso Arrigo Boito en boca de Simón Boccanegra, el patético personaje central de la ópera de Verdi. Además de una lectura de Camus, también vendría muy bien a esta muchacha —y a unos cuantos que todavía piensan y sienten como ella— un pronto repaso de esa obra maestra.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5