N° 1817 - 28 de Mayo al 03 de Junio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMaximilien de Bethúne, más tarde duque de Sully, fue responsable del buen ordenamiento financiero y por lo tanto de los principales éxitos que puede contabilizar la breve gestión de Henri IV. A diferencia de otros ilustres colegas que vinieron de la banca o de las altas finanzas, este calvinista adusto que se recuerda como uno de los más eficaces superintendentes de finanzas de Francia, era de profesión soldado, específicamente artillero; hombre diestro en el manejo de la pólvora, de las bombardas y de la ruda soldadesca reclutada a golpes en los campos y villas de Flandes, de Holanda, de la Bretagne, sabía ser sutil a la hora de lidiar en los gabinetes. En su juventud había luchado junto a Henri (a quien instruyó en el arte de la guerra práctica y en el mucho más difícil arte de la estrategia) y se ganó para siempre su amistad y confianza.
Fue Sully un fisiócrata avant la lettre; consideraba que la agricultura era la riqueza de Francia, que nunca habría verdadera prosperidad en su patria sin una buena agricultura y sin una cadena inteligente de producción y comercio: “Labourage et pâturage sont les deux mamelles de la France” (“Arado y el pastoreo son las dos mamas que alimentan a Francia”). El rey no estaba muy convencido de ello; o mejor dicho, no es que dudara del formidable servicio que prestaban las faenas agrícolas al progreso general de la sociedad y a la generación cierta de la renta nacional, pero también creía en el desarrollo de la industria, por eso, contrariando a su amigo y ministro, estimuló los talleres de telas y tapices, de vidrios, de cristales, la industria de la sedería.
Con toda lógica estimaba Sully que esas aventuras reales serían costosas para el erario, como efectivamente se pudo comprobar en poco tiempo. Veía que los estímulos a industrias que habían demostrado que solo podían existir cuando eran artificiosamente sostenidas, terminaban siendo onerosas para la sociedad, decretaban privilegios que solamente el alza generalizada de los impuestos podía financiar. No le resultó fácil pero al final terminó persuadiendo al rey que era necesario apostar por la economía real, que la salvación de Francia estaba en el campo y no en otra parte, creencia esta que se ha internalizado desde entonces en ese país y que nadie nunca se atrevió a desmentir a riesgo de ser condenado por infame. En esa época la polémica verdad todavía podía demostrarse, y es por ese motivo que Maximilien no encontró objeciones al empeñar fondos en el trazado de carreteras, facilitar créditos para la compra de herramientas agrícolas, impulsar la exportación de trigo y sobre todo de los ya afamados vinos de las distintas regiones. Y algo más importante: tuvo presente que esa riqueza que Francia habría de producir con su tierra debía ser causa de felicidad para los propios campesinos, aquejados, como en cualquier lugar de Europa, por el hambre, las pestes, la incertidumbre. Su lema y compromiso que Henri IV hizo suyo era que los campesinos tuvieran “le loisir de déguster chaque dimanche la poule au pot...” (disfrutar de un pollo en la olla de los domingos).
En los años de ejercicio pleno de gobierno, tuvo el coraje suficiente como hacer un considerable ajuste fiscal en medio de la crisis, y lucidez para pagar oportunamente las cuantiosas deudas que el Estado había contraído en conflictos recientes, abatir los impuestos y a la vez amasar una respetable reserva monetaria (que se custodiaba en el castillo de la Bastilla) capaz de dar tranquilidad al Estado y de infundir confianza y estabilidad en la maltrecha realidad social y económica, que debía reponerse de los desencuentros civiles que aquejaron al país antes de asumir Henri IV. En 1599 Maximilien de Bethúne fue nombrado jefe de carreteras de Francia y en 1602 superintendente de edificios. Merced a esta doble función, lideró una espectacular política de planificación urbana y de desarrollo de la tierra; presidió y diseñó la construcción de la Place Royale (actual Plaza de los Vosgues), de la Place Dauphine y asumió como un proyecto personal la creación y la construcción del hospital de St. Louis; no conforme con ello tuvo la iniciativa de realizar grandes obras en el Louvre y en las Tulleries; reparó y trazó las carreteras, puentes y canales (incluyendo el famoso Canal de Briare, que se completará bastante más tarde, en tiempos de la madurez de Luis XIII).
Todo su esfuerzo quedará trunco después del asesinato del rey, en 1610. La regencia confiada a María de Médicis le fue hostil y hasta peligrosa. Después de unos meses de una convivencia difícil, Sully dimitió de la Superintendencia de Finanzas y de su cargo de gobernador de la Bastilla. Vivirá treinta años más viendo cómo el dinero tan trabajosamente ahorrado con su inteligente administración se iba perdiendo con la danza de intrigas y arbitrariedades que pretendieron quedarse con la suma toral del poder de no haber mediado la presencia salvadora de Armand de Du Plessis, Cardenal de Richelieu.