N° 1853 - 04 al 10 de Febrero de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEntre nosotros se habla intermitentemente sobre la magnitud y naturaleza de las divisiones políticas nacionales; en estos días el tema ha reaparecido. Esta problemática inquieta al público informado y también a la opinión pública. En los últimos años varios estudios han mostrado que la mayoría de los uruguayos piensan que los políticos viven peleando inútilmente entre sí, cuando podrían y deberían ponerse de acuerdo en al menos algunas cosas básicas importantes para el país.
Puesto que algunos de esos acuerdos son posibles y deseables, que no se logre alcanzarlos sería responsabilidad de las elites políticas. Básicamente porque son incompetentes, cortoplacistas, o están dominadas por intereses particulares (político-partidarios, o peor aún, de otras naturalezas).
Según Juan Martín Posadas (en su columna “La grieta” en “El País” del domingo 31 de enero), las cosas son más complicadas: “la división grave, la que ha envenenado el alma del país… (resulta de la difusión e imposición de) -un discurso político polarizante… (y) un proyecto político excluyente” en “sectores principales” del Frente Amplio (FA) gobernante. No son acciones e ideas exclusivas de la izquierda o el FA. “Del mismo modo como la dictadura consideró que no se podía confiar en la izquierda en nada y que había que extirparla, así funciona ahora la convicción inversa” en sectores clave del FA; “el Uruguay se ha fracturado por la enorme fuerza que cobraron los discursos excluyentes”.
En los dos casos la responsabilidad es de los gobiernos, a pesar de sus grandes diferencias políticas (la principal: el gobierno militar no democrático; el gobierno democrático de la izquierda). Eso es consistente con el carácter excluyente total o parcialmente atribuido a esos gobiernos. Por definición, solo puede excluir el que tiene la sartén por el mango y aspira a seguir teniéndola (aunque, naturalmente, no todos los que están en esas condiciones excluyen a los demás). El término popularizado en Argentina por el kirchnerismo y su ex presidenta, Cristina Fernández de Kirchner (CFK), para designar acciones afines a las “excluyentes” desde la oposición es “destituyente” (ejemplos: el grupo Clarín, las corporaciones o “corpo”, el macrismo).
El argumento de Posadas tiene varias virtudes importantes. Señala un problema genuino, aunque sus detalles puedan ser opinables, y relativiza las culpas individuales y responsabilidades personales de los líderes políticos al situar sus acciones y discursos en un marco conceptual más amplio. También ayuda a identificar posibles caminos que contribuyan a superar esas divisiones (y en última instancia, a construir un país mejor).
Sin embargo, partiendo de un punto de vista explícitamente comparativo y de una atención especial a la evolución del problema se llega a un panorama más matizado (y tal vez más optimista) que el de Posadas. Comenzando por el primer punto. Para muchos observadores el problema sería regional, no solamente local. Por ejemplo, Carlos Montaner señala que al menos en América Latina la Guerra Fría no habría terminado; “la mantienen viva los Castro, Maduro, Ortega, Evo y, en menor medida, Correa” (Carlos Alberto Montaner, “Inacabada Guerra Fría”, “El País”, 17 de enero de 2016). Los excluyentes son aquí caudillos de las respectivas izquierdas gobernantes, y Uruguay no aparece en la lista (tampoco Brasil). Desde esta perspectiva (particularmente relevante aquí porque Montaner es insospechable de simpatías hacia las izquierdas de la región), nuestras divisiones políticas (y las brasileñas) pueden ser muy significativas, pero no son una continuación del mundo partido en dos de la Guerra Fría.
La evolución del discurso político polarizante en el país desde principios del siglo, particularmente el del FA, en el que Posadas concentra su atención, también sugiere una des-polarización quizás lenta pero sistemática.
Las encuestas indican que los votantes tendían a ver las campañas electorales como relativamente polarizadas y desaprobaban esos niveles de conflicto. Esto fue particularmente cierto en 2004, cuando Tabaré Vázquez ganó su primera presidencia. El tono del FA en esa campaña fue efectivamente áspero, pero consistente con las circunstancias. Los votantes estaban insatisfechos y enojados con blancos y colorados, y percibían que el país estaba en un momento crítico. Había tensión, porque muchos votantes no sabían lo que podía pasar, e incluso algunos votantes del FA tenían sus temores.
Cinco años después, en 2009, los conflictos interpartidarios fueron más moderados que en 2004. Según análisis profesionales, la única estrategia relativamente confrontativa fue la de los blancos, que usaron alguna publicidad negativa; los colorados y el FA fueron menos conflictivos. La campaña presidencial de 2014, particularmente en su recta final, fue aún menos conflictiva que la de 2009. El tema central de la campaña de Lacalle Pou fue “Por la positiva”. Vázquez mantuvo el estilo no confrontativo de 2009: usualmente no mencionaba a la oposición, se concentraba en las virtudes y logros de la década de gobierno del FA, y describía sus planes en caso de ganar nuevamente la presidencia. Consistentemente, las encuestas registraron que el porcentaje de votantes que decía que la campaña había sido “respetuosa” fue significativamente más alto que en 2009.
Resumiendo: desde el comienzo del siglo hasta las últimas elecciones el tono general de las campañas electorales uruguayas se volvió sistemáticamente menos agresivo y polarizado. Esta evolución tuvo raíces locales; no seguía una simple tendencia regional. En Argentina, desde 2003 hasta 2015, los niveles de polarización y conflicto de las campañas presidenciales aumentaron sistemáticamente a lo largo de todo el período.
Para concluir. Es posible que en varios sentidos el discurso político uruguayo contemporáneo sea polarizante (o muy polarizante), especialmente en comparación con el de algunas democracias prósperas y establecidas. No todas: el debate político uruguayo de 2014 fue significativamente menos polarizado que el de la actual campaña presidencial en los EEUU. Sin discutir el detalle de cuánta polarización política hay en el país, parece claro que no estamos en las “zonas complicadas” de la región, y también parece claro que los niveles de conflicto de nuestro discurso político vienen disminuyendo. Esta trayectoria no necesariamente implica un pronóstico: el futuro no tiene por qué seguir las mismas tendencias. Para los que aspiran a una democracia estable, sin embargo, la última década muestra progresos sistemáticos, y al menos hasta el momento, no hay señales firmes de que eso vaya a cambiar.