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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuisiera llamarles la atención a usted y a todos sus lectores de una nueva deidad que todos los uruguayos debemos tener presente cuando agachamos la cabeza y nos dirigimos a un ser superior: la duna. Los indios tendrán sus vacas que deambulan por las calles, los chinos tendrán sus osos panda que son amparados y protegidos, pero nosotros no debemos sentir envidia, porque tenemos a las dunas. Aparentemente sin que nadie sonara una alarma, el Estado (léase Dinama) ha decidido que las dunas, aun después de morir, tienen más derechos que los ciudadanos.
Entreverada entre los males y las pestes que sufrimos en 2020, donde vivo en Maldonado también fuimos azotados por varias tormentas importantes, y como producto de vientos extremos que parecen no dar tregua, una duna avanzó 30 metros sobre una calle, tragándose varios lugares para estacionar, haciendo el acceso a la playa más difícil, y también afectando mi propiedad y la de un vecino. Enfrentando una situación cuya solución requerirá un proyecto planificado, varios obreros y múltiples máquinas, me dirigí a la intendencia, pidiéndole solo que mantenga la calle transitable. Después de presentar un expediente, pagar 900 pesos y esperar cuatro meses, me informaron por escrito, basándose en estudios que datan desde 1967 a 2017, que las dunas de la zona han decidido moverse hacia el noreste, y me dieron detalles sobre el tipo de cerco que debo colocar para el bien de la duna. Esto es como mostrarle a una víctima de un tiroteo cómo ponerse un chaleco antibalas. ¡Es un poco tarde!
Cuando logré hablar con la persona responsable, le expliqué que antes de poner el cerco que me solicitan —que con gusto lo haría— hay que descubrir la línea de la propiedad, la cual se encuentra debajo de unos tres metros de arena. A lo que este buen empleado público me respondió que la intendencia no puede hacer nada, porque las dunas están protegidas por Dinama y que “si la duna tapó la calle, esa calle estaba en el lugar equivocado”. O sea que, siguiendo esta lógica, debemos planificar mejor nuestras calles, teniendo en cuenta no los flujos del tránsito, ni las necesidades de la sociedad, sino las futuras intenciones de las dunas. Quiero ver qué pasará cuando las dunas avancen sobre la interbalnearia, a la que, dada la dirección en que se dirigen y los cambios climáticos que sufrimos, no tardarán en llegar. Imagino a la policía caminera dirigiendo el tránsito alrededor de la sagrada entidad mientras se construye una ruta alternativa que no impida el progreso de nuestras queridas dunas. Ya escucho a los ocupantes de esos autos gritando: “Bien ahí, eh? ¡Vamo arriba esas dunas, che! Aguante dunitaaaa...”.
¿Suena ridículo? Claro que sí. Cuando una duna se sale de la franja costera e invade una calle, deja de llamarse “duna” y se convierte en “un montón de arena que estorba”. Por eso cuando la arena invade la rambla de Punta del Este o la calle de Lacalle se quita y ya está. Esa arena puede reforzar las playas que muestran evidencia de erosión, o puede rellenar algún espacio en la franja costera, pero permitir que las calles queden tapadas de arena va en contra del sentido común. ¿Se acuerdan del sentido común? ¿Cuándo lo perdimos? ¿Y cómo lo recuperamos?
Porque lo que es realmente absurdo es que Dinama les pueda atar las manos a las intendencias, y ni siquiera les permita decidir qué se debe hacer con arena que el viento depositó sobre una calle. Esto es evidencia de que, al contrario de lo que opina Rafael Menéndez en la edición de Búsqueda del 4/02/21, a Dinama no “le está faltando fuerza política”, sino que tiene demasiada, que la está usando mal, y que es hora de quitársela. Las intendencias entienden mejor las necesidades puntuales de sus ciudadanos, son tan cuidadosas con su medio ambiente como cualquier ente nacional —porque es donde viven— y se les debe permitir atender esas necesidades sin obligarlas a atravesar otro laberinto burocrático.
Carlos Vallarino