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    Las islas Malvinas

    Sr. Director:

    Por las Malvinas. Estuvimos, recientemente, en las Malvinas. Es una experiencia única por varios motivos. Su situación geográfica de aislamiento, su realidad social y la relación política con los argentinos.

    Muchos argentinos, compañeros de navegación, no quisieron bajar pues consideran que “es territorio ocupado”; otros sentían un profundo sentimiento de tristeza por los chicos que allí dejaron su vida para “liberar” a las islas. Una señora argentina que sí bajó tomaba fotografías sin que apareciera la bandera de las Falkland. Nos decía que eran para sus nietos y que a estos les daría bronca ver esa bandera. (No puedo creer que ella esperara que otra generación de conscriptos de 18 años de edad —¿sus nietos incluidos?— emprendiera otra operación de rescate).

    Puerto Stanley tiene unos 1.600 habitantes y con el resto de la población de las islas se llega casi a tres mil. Se autogobiernan. Tienen un gobernador, designado por la reina, que cumple una función de nexo meramente protocolar. El gobierno lo ejercen los ciudadanos. Eligen un Parlamento de ocho miembros, de los cuales nombran a tres que ejercen el Poder Ejecutivo. Entre ellos se elige a uno que los representa en forma rotativa. Cesan en sus funciones cuando se realizan nuevas elecciones.

    Se elabora un proyecto anual de realizaciones y se vota el presupuesto que se comprometen recaudar entre ellos mismos. No dependen ni esperan nada de la Corona. No tienen deuda exterior. Tienen doce policías y un patrullero. Hay quienes dicen que deberían ser menos (¡) pues en las islas no hay problemas de inseguridad. Los autos quedan con las llaves puestas día y noche, las casas no se cierran y los niños juegan en las veredas, van y vienen. Tienen una escuela maternal, luego primaria y un liceo. A los 16 años quienes terminaron su escolaridad y desean seguir estudiando cuentan con el respaldo del gobierno de la isla quien los beca para la universidad en Londres o cualquier parte del mundo que elijan. Ese dinero se recoge de los aportes de todos los isleños. El costo de una carrera de grado internacionalmente se estima cuesta U$S 30.000 (salvo nuestra Udelar, que asciende a U$S 50.000), por lo tanto siempre elegirán las mejores universidades que estén dentro de las diez o quince mejores del mundo, en el norte. El aporte del gobierno de la isla a los estudiantes es de 30.000 libras esterlinas, o sea casi 20% más de lo estrictamente necesario. Nos contaba un guía que su hija regresó con 2.000 libras de ahorro. Esto ofrece a los jóvenes un amplio panorama de posibilidades. No contraen ningún compromiso de volver a Malvinas. Los isleños tratan de incentivarlos a volver ofreciendo trabajos bien remunerados. Ahora están empeñados en fomentar la industria pesquera que promete buenas perspectivas. Una empresa norteamericana ganó una licitación para la prospección petrolera en la que cifran fundadas esperanzas.

    Un argentino me comentó que en algún lugar de las islas hay, fuera de la vista de los turistas, un fuerte contingente de soldados británicos. Dijo además que estarían llevando armas nucleares. Lo primero es posible pues se lo pregunté a una guía y me respondió que a unos cincuenta kilómetros de allí había un “cuartel” inglés (por inexactitudes idiomáticas prefiero pensar en una base inglesa). De lo segundo no sabía.

    Los isleños tienen una fuerte ascendencia británica, incluso hasta la quinta generación y más. Se constata la presencia de más de 60 nacionalidades, especialmente del Commonwealth. Actualmente es fuerte la inmigración de filipinos y los chilenos llegan al 10% de la población.

    Es difícil pensar que en estas condiciones de vida los isleños quieran ser argentinos. Tienen todo para perder y ¿qué ganan? De tal modo que en el plebiscito del año pasado para decidir su futuro nacional se presentó el 97% de la población y de estos el 99% optó por mantener su actual situación jurídica.

    Otro argentino me comentaba que la “guerra de las Malvinas” había enterrado para siempre la pretensión argentina. Aquel dictador militar borracho los indujo al conflicto antes que a la colaboración. Hoy los isleños no tienen ningún contacto ni comercio con el continente. Solo se relacionan una vez por semana con Chile a través de Lan. Otra vez por semana tienen un vuelo a Londres.

    Quizá una oferta argentina a las Malvinas de intercambio, comercio, turismo y buenas relaciones hubiese logrado muchísimo más que el actual distanciamiento. Ofrecer posibilidades educativas, sanitarias o culturales obtendría mejores resultados de integración que la guerra. La frustración y encono argentino generalizado se podría haber transformado en energía creadora que produciría, sin dudas, mejores frutos y alejaría esa herida sangrante que nunca más la historia podrá revertir. La prepotencia paga y el respeto a la dignidad del otro siempre siembra lo mejor.

    Recientemente, un legislador oficialista fue impedido de ir a las Malvinas para “no desairar a la señora presidenta”.

    Si esta reflexión la extendemos al modo de llevar las relaciones con los países limítrofes, seguramente la actual Argentina hubiese podido recomponer el viejo sueño de la recreación del Virreinato del Río de la Plata y hoy estaríamos integrando una amplia confederación con presencia seria y pujante a nivel americano y mundial. El chauvinismo paranoico es una enfermedad paralizante.

    Lic. Jorge Scuro

    CI 965.652-7