N° 1721 - 11 al 17 de Julio de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA poco de iniciar el “Discurso del Método”, dice Descartes que parte de su juventud la empeñó en viajar, en conocer pueblos y cortes de toda índole y en tomar contacto con las diversas costumbres de las naciones. Explica que ello le dio un sentido de inconstancia, pues pudo comprobar que la diversidad de gustos y de opiniones demostraba que en ciertas materias no había verdades aceptadas y a prueba de toda duda.
Un siglo antes, Michel de Montaigne dedicó todo un capítulo de sus Ensayos (Editorial Losada, Buenos Aires, 2011, cap. XXII, distribuye Océano) a ejemplificar esta desventura de Descartes; texto donde se aprecia en toda su extensión la infinita variedad de las respuestas que las sociedades han dado a sus problemas y necesidades, eventualmente a sus esperanzas y siempre a sus temores. Lo que sigue es un fragmento, que a muy a mi pesar comprimí, de esa asombrosa página.
“Hay pueblos en que, salvo su esposa e hijos, nadie se comunica con el soberano sino por medio de un portavoz. En una misma nación las doncellas llevan al descubierto las partes vergonzosas, y las casadas las ocultan cuidadosamente. En otras, la castidad no tiene valor sino para los frutos del matrimonio, pues las jóvenes pueden entregarse a sus instintos, y si resultaren preñadas echan mano de cualquier abortivo adecuado, a los ojos de todos. En otras partes, cuando un comerciante se casa, todos los de su gremio que han sido convidados a la boda, se acuestan con la desposada antes que el marido, y cuantos más convidados hay más honor recibe la mujer. Lo mismo acontece cuando un militar se casa, y lo mismo cuando es un noble el que contrae matrimonio, y así sucesivamente, salvo si es un labrador el que contrae justas nupcias, o un individuo de la plebe: entonces, es el señor quien se aprovecha. A pesar de todo lo antecedente, no deja de recomendarse la más estricta fidelidad durante el matrimonio (…) Países hay en que se ven burdeles públicos de hombres; en que las mujeres van a la guerra con sus maridos y toman parte, no sólo en el combate, sino también en el mando; (…) en que todo está abierto, y las casas, por ricas y hermosas que sean, carecen de puertas y ventanas, y no tienen arcas ni cofres cerrados; en lugares tales, los ladrones reciben doble castigo que en otros sitios; en que se matan los piojos con los dientes, como hacen los orangutanes, y encuentren odioso verlos aplastar con las uñas; en que nadie se corta nunca el pelo ni las uñas, y otros países hay en los cuales se cortan sólo las de la mano derecha, y las de la izquierda se dejan crecer por elegancia; otros se dejan la cabellera del lado derecho tanto como crecer puede, y se cortan la del lado opuesto; otros países hay en que los padres prestan a sus hijos, y los maridos facilitan sus mujeres a sus huéspedes para que las gocen, pagando (…) El uso y la costumbre han hecho, a veces, atribuir a las mujeres funciones que les son de ordinario extrañas y las ha hecho empuñar las armas, conducir ejércitos y dar batallas. Y todo cuanto la filosofía es incapaz de hacer aprobar a los hombres más avisados, ¿no lo enseña la costumbre por sí sola a las almas vulgares? Sabemos de naciones en que no sólo la muerte se menospreciaba, sino que se la festejaba, y en las cuales hasta las criaturas de siete años sufrían estoicamente cuantos latigazos eran precisos para morir, sin inmutarse siquiera; en que la riqueza era de tal suerte despreciada, que el más mísero ciudadano hubiera desdeñado inclinarse para coger del suelo un bolsillo repleto de dinero. Igualmente tenemos noticia de regiones fertilísimas en toda clase de producciones animales y vegetales, donde los manjares más frecuentes y sabrosos de que se hacía uso eran el pan, los berros y el agua. La costumbre, en fin, hizo que en la isla de Cío transcurriesen setecientos años sin que mujer casada ni soltera osara faltar a su honor.”
A Montaigne estas cosas únicamente lo maravillan; y no tanto por su contenido, sino por su mera existencia y acumulación, porque en su conjunto muestran el imperio tiránico de las costumbres. Considera que la irreflexión, la excesiva devoción hacia el pasado, la falta de pensamiento crítico es lo único que puede explicar la persistencia de hábitos que van en dirección tan contraria a los usos naturales, a la ecuanimidad, al sentido de sano equilibrio y de justicia que debe primar en el comercio de los hombres.