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Falta poco para que Donald Trump sea, formalmente, candidato presidencial. La Convención Nacional Republicana que debe designarlo se reúne en menos de dos semanas, en Cleveland, Ohio, del 18 al 21 de julio. Desde el punto de vista de los observadores profesionales, en poco más de un año (su candidatura fue anunciada el 16 de junio de 2015) la campaña de Trump pasó por tres períodos muy diferentes. Pueden ser llamadas las etapas de la negación (Trump no podía ganar), de la aceptación (sí puede), y del análisis (¿por qué?). En lo que sigue se examinan esas tres etapas y sus implicaciones, comenzando por una brevísima biografía del candidato.
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Trump nació en 1946 en Queens, New York. Su alma mater es la Universidad de Pennsylvania (BA, 1968). Se casó tres veces y tiene cinco hijos. Es un hombre rico, sin duda, aunque se discuta sobre el tamaño preciso de su fortuna. Es un empresario inmobiliario exitoso (o muy exitoso, según él mismo). Sus habilidades en el marketing y la comunicación son reconocidas. Tuvo un famoso reality show propio en la NBC, “El aprendiz” (fue su productor ejecutivo y conductor durante 11 años, desde 2004).
No es un político profesional y no tiene experiencia en cargos de gobierno electivo, pero tampoco es un recién llegado a la política. Desde 1988, en casi todas las elecciones presidenciales ha sido considerado un posible candidato. Antes, por los demócratas; desde 2009, por los republicanos; y en algún momento Trump también consideró su eventual candidatura por un tercer partido, que finalmente no concretó.
Aunque algunas de sus opiniones hayan cambiado, en los últimos tiempos sus principales juicios son: proteccionistas, en contra de los acuerdos comerciales que hacen perder empleos a los estadounidenses; opuestos a la inmigración ilegal, por las mismas razones; en principio, en contra de las intervenciones militares fuera de los EEUU. Sus ideas en materia impositiva han estado cambiando en los últimos meses, alejándose de la ortodoxia usual republicana. Su tema central, en el que todo lo demás confluye, es “Make América great again” (hagamos América grande, nuevamente). Para muchos, incluyendo el vice canciller alemán Sigmar Gabriel, Trump sería un populista de derecha similar a Marine Le Pen o Geert Wilders.
A veces las ideas pueden ser menos importantes que la forma en la que se expresan. La oposición a la inmigración ilegal es, vista desde afuera de su campaña, racista: antilatina (y antimexicana en particular, porque la inmigración mexicana estaría dominada por delincuentes, y por eso habría que construir un muro a lo largo de toda la frontera que debería ser pagado por los mexicanos) y antimusulmana (por razones obvias). La campaña también es antinegra (David Duke, ex jefe del Ku Klux Klan, se declaró a favor de su candidatura, y el rechazo de Trump, que se demoró, no fue creíble).
El discurso de Trump es muy autorreferencial (la palabra más frecuente de su declaración de candidatura fue “yo”), xenófobo, y a veces (demasiadas, dicen sus críticos) machista y/o misógino. La mayoría de los observadores probablemente ve una bravuconería agresiva y persistente en la presentación pública de ese discurso.
La primera etapa de su campaña, la de la negación, fue todo el segundo semestre del año pasado (con debates y encuestas, pero sin primarias reales). Durante esa etapa el grueso de los observadores, incluyendo los más respetados, sostenían que Trump no podía ganar la candidatura republicana (por eso la “negación”). Esta negación no era un asunto empírico: las encuestas siempre mostraron buenos resultados para Trump. El 16 de junio proclamó su candidatura, y menos de un mes después una encuesta de The Economist/You Gov (difundida el 9 de julio) fue la primera encuesta nacional respetada en mostrar a Trump por delante de todos sus competidores. No es claro por qué se pudo sostener esta larga etapa “negativa”. Tal vez, en parte, porque en las últimas décadas ningún candidato presidencial había tenido características personales comparables a las de Trump, y en parte porque se suponía que sus ideas, comparadas con las del electorado en general y los votantes republicanos en particular, eran demasiado extremas.
La segunda etapa, la de la aceptación, fue breve. Entre el 1º de febrero de 2016 (Iowa) y el 14 de junio (Washington, DC) todos los estados se pronunciaron, pero las primarias de febrero fueron suficientes para pasar de la negación a la aceptación: Trump ganó la mayoría, con resultados cercanos a los predichos por las encuestas, y alineados con lo que ellas venían diciendo desde el segundo semestre de 2015. Trump pasó muy rápidamente de ser el candidato imposible a ser el favorito. Esta transformación requirió autocríticas y planteó preguntas sobre las razones de los juicios negativos (¿por qué, realmente, Trump era un candidato inviable?). Y a partir de allí, en alguna fecha o fechas no muy claramente definidas, finalmente comenzó la etapa actual, la del análisis.
Trump ha cambiado algunas de sus opiniones, pero sus aspectos más notables, los que le garantizan una cobertura en los medios mucho mayor que la recibida por sus competidores, hasta ahora no han cambiado o han cambiado poco. Si el liderazgo de Trump resulta de un discurso, estilo y comportamiento aproximadamente consistentes, esto significa que sus votantes comparten su “extremismo”, o al menos una parte de él. Abreviando: ¿por qué ganó Trump?
Dejando de lado las habilidades del candidato, y especialmente su talento para trabajar los medios, algunos puntos parecen muy relevantes. El gran tema señalado por muchos observadores es el clima de rebelión antiestablishment de los votantes, que calzaría perfectamente con la imagen pública de Trump. Cuando se pregunta a sus votantes por qué lo votan, la respuesta mayoritaria es “porque dice las cosas como son”. Muchos votantes desconfían del establishment político, demócrata o republicano. Para ellos Trump es más confiable porque es como es (en particular, no es “políticamente correcto”).
Un segundo punto es la necesidad de distinguir los modos y la sustancia de la comunicación. Es posible que Trump apunte a una preocupación muy real (y defendible) de los votantes blancos menos educados, que pierden trabajos vía la globalización, los acuerdos comerciales y la inmigración, legal o no, y que estas preocupaciones no sean atendidas adecuadamente por las elites políticas. Pero la forma en que expresa esas ideas, tal vez para asegurarse de captar la atención de su público y de los medios, es inaceptable para las elites educadas (el racismo, el muro con México, la virulencia).
Los puntos de contacto evidentes entre la campaña de Trump y el reciente referéndum del Reino Unido (el brexit) sugieren, además, la dimensión global de estos problemas. La creciente desigualdad interna en las sociedades ricas, los problemas de los trabajadores menos educados, y la forma en la que todo eso tiñe los temas migratorios son comunes a casi todas las democracias prósperas. Estos son los problemas realmente importantes que esas democracias deben enfrentar, con o sin Trump.