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    Columnista de Búsqueda

    N° 1909 - 09 al 15 de Marzo de 2017

    Ninguna persona debería ser juzgada por acontecimientos precedentes a su existencia; la fortuna o maldición de unos padres buenos o malos, la prosperidad o ruina de la comarca en la que se vio la luz y el lugar que ocupara la familia en la comunidad no califican a los individuos. Uno es lo que ha decidido ser en relación con las circunstancias de su tiempo, de sus incidentes biográficos, de las marcas endebles o pasajeras de su hogar. Es cierto que el conjunto de hechos, situaciones y personas anteriores a la propia vida matiza, explica, pero no culpa y tampoco, menos, ha de disculpar las conductas. Se es lo que absolutamente se ha optado construir; por más que, como Napoléon III, una turbulenta historia familiar pusiera notas disparatadas o agravantes a un encadenamiento de malas decisiones. El muchachito que sería el ridículo último emperador de Francia, no tuvo responsabilidad ninguna por la conducta de su madre o las distracciones de su padre o las desviadas transgresiones de su tío.

    Hortense de Beauharnais fue hija del primer matrimonio de Joséphine. Esa jovencita que Joséphine llevó al hogar de Bonaparte pronto se convertiría en amante del emperador, incluso le daría un hijo, y para culminar su carrera contraería matrimonio con el cuñado de su madre, el estólido Louis Bonaparte, monarca impuesto en Holanda. La vida galante que llevó como reina en Ámsterdam, y la todavía más rumbosa que tuvo en las Tullerías, no le impidió educar bien a sus hijos, aunque tampoco evitó que estos aparecieran al mundo intervenidos por una confusión de linajes, derechos y virtudes que los hicieron acreedores de afamadas discontinuidades en la vida social, conyugal y política. Lacan gustaba hablar de constelación para definir el cuadro de influencias visibles o discretas que tienen lugar en una persona a la hora de hacer su aparición en el mundo; decía que al igual que en la astrología la alineación o enfrentamiento de ciertos factores concurrían para determinar tendencias, nudos, rincones, preferencias, conflictos. Si esto puede aceptarse sin mayor violencia, bien se puede establecer que el destino de Napoleón III, que le pertenece sin excusa ni perdón, fue vertido desde una zona que en mucho condicionó la legitimación que erráticamente les confirió a sus actos públicos y privados.

    Víctor Hugo no afirma en ningún momento que Napoleón III fuera totalmente un tarambana, aunque insinúa que tenía el porte y la voluntad de serlo. Prefiere considerarlo un inmoral, un ambicioso, uno de esos tantos miserables que encuentran refugio, negocio y realización en la política de puro incapaces que son para dedicarse a tareas decentes o de verdadero servicio a la sociedad. Sus primeras apariciones fueron promisorias; desmintiendo su origen, pero no despreciando el prestigio que acompañaba la sola mención de su estirpe, se convirtió en líder de la reacción liberal y republicana contra Felipe de Orleáns. Fue audaz en sus acciones y también imprudente, por eso, siendo joven, conoció la cárcel, las privaciones y se enfrentó incluso a una sentencia a cadena perpetua. Azares turbios y manejos nunca bien aclarados le permitieron escaparse, y ponerse al frente de la rebelión republicana, que culminaría con su triunfo. Para terminar con sus adversarios políticos y con los límites a su loca ambición de poder, dio un golpe (2 de diciembre de 1851) y ahí pasó a revistar como el payaso que la historia recuerda: involucró a Francia en la desastrosa guerra de Crimea, instaló un gobierno en México, se enfrentó a Austria y quiso legislar sin suerte en los complejos asuntos italianos, y para colmo de insensatez le declaró la guerra a Prusia; con lo que condenó a Francia a una de las peores humillaciones de su historia.

    La certera y temible pluma del sincero republicano que fue Víctor Hugo lo convirtió en inolvidable: “es un hombre de talla mediana, frío, pálido, lento, que tiene el aire de no haberse despertado del todo. Es un personaje vulgar, pueril teatral y vano (…) cuyo cerebro tiene laguna, aunque a veces se pueden entender algunos pensamientos encadenados. En realidad su cerebro es como un libro al que se le arrancaron algunas páginas; en todo momento se siente que en su mente hay algo que falta”.

    Recomiendo la lectura de Napoleon le Petit. Es un ejemplo del coraje y de la lucidez de Víctor Hugo ante la prepotencia y la estupidez de los que ejercen sin mérito el gobierno. Aquí sabemos bien qué significa esto último; por eso es un libro actual.