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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá76 años después. El totalitarismo no nace de un día para el otro ni surge de otro totalitarismo como si fuera una suerte de herencia equivocada.
El totalitarismo se prepara, generalmente por mucho tiempo, y luego, cuando da el zarpazo, destruye la democracia, porque es precisamente en medio de democracias que el totalitarismo se desarrolla y crece. El nazismo no fue excepción a estas reglas generales.
La democracia alemana de la década de los veinte en el siglo pasado, no solo no se defendió sino que comenzó a establecer un diálogo crítico, pero diálogo al fin, con el Partido Nacionalsocialista, y este aprovechó esos años, entre 1923 y 1933, para consolidarse ideológicamente.
Las instituciones nada hicieron ante los encuentros anuales de los nazis y los ataques contra la democracia que constituían los discursos en esas oportunidades. Escucharon todas las diatribas racistas ya estampadas en “Mi Lucha” por Hitler y sus secuaces, todas las promesas de rearme, todas las amenazas de agresiones y violencia, pero no hubo reacción.
Así que, cuando a fines de la década de los veinte comenzaron a ingresar los primeros diputados y representantes nacionalsocialistas en los Parlamentos Regionales y también en el Parlamento Nacional alemán, estos aprovecharon todos lo privilegios y fueros parlamentarios para atacar lo que ellos llamaban “el sistema”, o sea la democracia. Los demócratas creían que el totalitarismo que pregonaban los nazis era un tema pasajero.
La historia enseña que si un 20% de la población apoya activa o pasivamente a sectores golpistas, el sistema político marcha al colapso. Porque la mayoría, el 80%, no actúa, no participa ni se defiende activamente; entonces, con un 20% decidido, el sistema puede colapsar. Las democracias no solo pueden ser lentas, sino peor, incrédulas. Cuando la democracia alemana intentó reaccionar, los primeros campos de concentración funcionaban a todo ritmo.
Recordemos que cuando los nazis llegaron al poder en 1933, solo alcanzaron tener un 30% de representación parlamentaria.
Paradójicamente, todo lo que lograron estos sectores antidemocráticos se basó en la utilización de todos los recursos que brindaba la democracia para imponer sus fines. Luego, con rapidez, llegaron las persecuciones políticas, el incendio del Parlamento, las leyes raciales, el comienzo del antisemitismo que llevaría a quemar primero sus edificios, luego sus libros y finalmente a las personas.
La Noche de los Cristales Rotos llega como consecuencia del colapso democrático, pero también es el preludio de la tragedia devastadora de la Shoá y de todos los horrores de la II Guerra Mundial, que se desataron después que el totalitarismo nazi vio con sus propios ojos qué poco le importaba al mundo alrededor suyo sus barbaries y sus escaladas de violencia criminal.
Los silencios de noviembre de 1938 mientras ardían sinagogas, edificios, libros de rezo; mientras se arrastraba a miles a campos de concentración; mientras se asesinaba en las calles alemanas y austríacas; esos silencios culpables de oprobiosa omisión y vergonzosa complicidad se hicieron más cómplices y más deleznables cuando poco después los nazis pusieron en funciones la máquina industrial del asesinato en masa, maquinaria diseñada con esmero por los profesionales universitarios alemanes que se unieron a los verdugos voluntarios de Hitler.
¿Han aprendido las democracias las lecciones de la historia reciente? Somos testigos de que hemos aprendido algo, hemos querido olvidar demasiado y necesitamos no solo la obligación del ejercicio de la memoria, sino el imperioso cumplimiento de resoluciones internacionales que nos compelen a estudiar y aprender para no repetir tanta brutalidad, tanto dolor, tanta crueldad del hombre con el hombre.
76 años después de La Noche de los Cristales Rotos, no solo necesitamos de memoria para cuidar de la democracia, y con ella, la libertad, el bien más preciado al que todo hombre tiene derecho, sino que es imprescindible no banalizar el mal. La perversidad del nazismo fue moldeada por hombres que usaron su capacidad intelectual para perpetrar el genocidio, para hacer del prójimo un objeto, y desde esa cosificación, destruirlo completamente, incluso sus restos mortales.
Hoy el mal tiene otros rostros; hoy el terrorismo cree que la destrucción del otro es una forma de combate legítimo y aun peor, encuentran quienes lo defienden en los foros internacionales; hoy hay totalitarios, algunos ocultos bajo ropajes liberales, que banalizan el mal y quieren definir la bestialidad del terrorismo como una forma de lucha social. Las democracias no pueden dejarse engañar nuevamente. Las lecciones de la historia son demasiado terribles como para reabrir las puertas de la ingenuidad o la complicidad nuevamente.
América Latina transita un período en el cual la calidad de la democracia no pasa examen alguno en muchos de nuestros países vecinos y no tan vecinos. El antisemitismo que ha hecho erupción de violencia en la mayor parte de Europa se instaló también en nuestra América Latina y no en forma fugaz sino que quiere quedarse.
El avance del antisemitismo en América del Sur ha crecido y se ha contagiado en la última década, y cuando Israel hubo de defenderse hace escasos meses frente a la agresión terrorista de Hamás, varios gobiernos de nuestra región a través de presidentes, cancilleres, académicos, redes sociales, medios de difusión, incitaron gravemente al odio antijudío y con o sin intención lograron todo tipo de agresiones antisemitas.
Cuidado con olvidar o minimizar lo que fue dicho y registrado. Los gobernantes que hablaron de genocidio no solo banalizaron el concepto en forma soez sino que agraviaron a sus propios ciudadanos que sí sufrieron genocidio, marcado para siempre en sus vidas y tatuado en sus brazos.
Respetemos las lecciones de la historia y defendamos la libertad. Por ello, hagamos de la memoria un ejercicio cívico que ampare los derechos de todos los que creemos en la paz y el diálogo como instrumentos esenciales de convivencia entre los seres humanos.
Dr. Eduardo Kohn