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    Lecherito con historia

    Nº 2133 - 29 de Julio al 4 de Agosto de 2021

    Llega a ser conmovedor cuánto uno puede averiguar, enriqueciendo sus conocimientos, a partir de un tango. Se me ocurre un ejemplo muy disfrutable, Lecherito del Abasto, de 1944, cuya música compuso Emilio Balcarce con letra de Luis Caruso.

    —Hay que apurar el reparto, / si no, se enoja el patrón. / Lecherito del Abasto, / trabajador, Picaflor… / En cada balcón un canto / y en cada esquina un amor…

    Es un homenaje, si se quiere tardío, a una antiquísima actividad desempeñada sobre todo, aunque no únicamente, por adolescentes y jóvenes: recoger leche en los tambos y repartirla entre las familias de los centros poblados, utilizando desde carros tirados por bueyes, caballos e incluso perros hasta solamente burros con tarros cargados a los costados de sus lomos o simples carretillas a “tracción a sangre”. Hay que recordar que estos trabajadores, obviamente mejor equipados, aún se veían en Uruguay y Argentina ya avanzado el siglo pasado.

    El reparto de leche más o menos organizado y sistemático se remonta, posiblemente, a la Europa del siglo XV, extendido luego de la colonización a nuestras tierras del Sur. Sin embargo, la ingesta de leche animal tiene una historia de milenios. De acuerdo a la mitología griega, la Vía Láctea se creó cuando la diosa Hera derramó leche al retirarle el pecho a Hércules, hijo bastardo de Zeus con Alcmena.

    Es curioso que un trabajo tan popular y tan antiguo registre en el tango —como siempre digo, imagen de su tiempo— muy escasas referencias, al punto de que, tan específico y conocido, yo solo recuerde a Lecherito del Abasto, aunque puedo pecar de memoria distraída, estrenado y grabado por la orquesta de uno de sus autores, Balcarce, con la voz de Alberto Castillo, el 1º de agosto de 1944.

    No es la única curiosidad.

    El letrista, Luis Caruso, apodado Carusito, también bandoneonista, si bien nació en Buenos Aires en 1916, desde los 20 años se radicó y desarrolló su arte en Montevideo, donde murió el 10 de febrero de 1981. Sobrino del famoso José Servidio, aquí integró el Cuarteto Típico Pirincho, dirigido por Juan Esteban Martínez, maragato como Canaro, luego acompañó a la cantante Marujita Falero junto con el pianista Juan Cao y el violinista Mario Orrico, pasó brevemente por la orquesta de Carlos Warren y terminó formando su propia agrupación, en la cual el pianista fue el excepcional Jaurés Lamarque Pons, actuando en las radios Carve y Nacional, en el café Ateneo y en el cabaré Marabú.

    Pero quizás su recuerdo sea más vívido entre los montevideanos por haber acompañado, con Hugo Di Carlo, al inolvidable Julio Sosa, tanto en su presentación victoriosa en un concurso radial que lo lanzó a la fama, como en las únicas cinco grabaciones del cantor de Las Piedras hechas aquí, antes de radicarse definitivamente en Argentina: Una y mil noches, San Domingo —un candombe de Monzeglio y Scaglia—, el mítico Sur, La última copa y Mascarita, todas llevadas al disco en 1948.

    No fue, de todos modos, lo último que regaló Carusito a los uruguayos: además acompañó con gran éxito a Chola Luna y Alberto Reynal y compuso más de 200 temas, con fuerte repercusión en la vecina orilla, entre los que vale la pena recordar los tangos Sierra y Miguelete, Rey de triunfo —también conocido como As de bastos en la grabación de Juan D’Arienzo—, No puede perder, Con la otra, Aquel muchacho de la orquesta, Bomboncito, Lecherito del Abasto, Lilián, Se va una tarde igual y Este carnaval, del que hay otra versión estupenda de D’Arienzo con Alberto Echagüe, el candombe Cambio de mano y las milongas La fulana, con música de Alberto Mastra, y Para negros solamente.

    Regresando a los repartidores de leche, al revolver el baúl de los recuerdos, brotan, para placer del lector, otras rarezas.

    Trabajaron como tales en su adolescencia y parte de su primera juventud, en otros paisajes lejanos, el músico estadounidense Louis Armstrong, el actor escocés Sean Connery y el escritor inglés Edward Wallace.

    En el universo tanguero más lejano, también desempeñó esa tarea Casimiro Aín, el primer bailarín en alcanzar fama fuera de las fronteras de Argentina y Uruguay. Por algo el apodo con el que se le conoció hasta su fallecimiento fue Lecherito.

    —Al terminar el reparto, / camino del corralón, / sin querer se alegra un tanto / tu mirada, Picaflor, / soñando con el encanto / de ver un nuevo amor.

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