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    Les voy a contar algo

    N° 1871 - 16 al 22 de Junio de 2016

    Les voy a contar algo que creo que vale la pena contar. Es algo que me pasó a mí pero que, pienso, tiene que ver con nosotros, con los uruguayos; que ocurre y que me ocurrió. Tiene que ver, específicamente, con una cierta característica de nuestra sociedad que tiende a relativizar aquello que es verdaderamente destacable, a mediatizarlo e incluso a desacreditarlo y, paralelamente, a sobrevalorar cosas que en casi todos los casos no justificarían ni una mera mención.

    Eso que algunos llaman “la uruguayez”.

    Voy a contar lo que me pasó, entonces, porque no creo que sea justo que lo capture y lo encapsule la “uruguayez”. Porque no está bien criticar en público y elogiar o felicitar en privado, agraviar delante de todo el mundo y luego pedir disculpas mano a mano o quedarse callado para después respaldar con un disimulado apretón de brazo o murmurando al oído “yo creo que vos tenés razón”. ¿Y por qué no lo dijiste? Esa es la cuestión.

    Hace ya un buen tiempo conocí y traté bastante a un señor con mucha experiencia y con buen olfato para conocer a la gente y, muy en especial, a nuestra gente; a nosotros.

    Político, empresario, ya fallecido, su nombre no viene el caso; también él fue estigmatizado y habría que explicar mucho y no tengo espacio. Los más generosos o menos agresivos admitían que era “baqueano” pero “pícaro”, como para ya comenzar a “limarlo”.

    Él me decía: “mirá, Arbillita, los uruguayos no quieren ídolos; esto es, no soportan ídolos verdaderos, con mérito propio. Los únicos ídolos que aceptan son los que inventan; ídolos con pies de barro que si ‘se pasan’ basta con echarles una agüita y se vienen abajo. Los de verdad optan por el bajo perfil —‘para que nadie se moleste’— o se van. Por eso es que hay tantos uruguayos que brillan afuera. Los obligan a emigrar. En otros países, como Argentina, para no ir más lejos, es todo lo contrario: les aseguran pedestales de granito. Los que quedan aquí, los inventados, son como el león de la Metro (MGM), que irrumpe al principio de todas las películas, pero después no aparece”. El viejo señor citaba una larga lista de “prohombres compatriotas”: decanos, juristas, profesores, presidentes de diferentes instituciones privadas y públicas, de gremiales, de sindicatos. “Ninguno sirve ni sirvió para nada, y por eso son elegidos. Si se hacen los vivos se les echa el agüita”, sentenciaba.

    Decididamente, hay una tendencia a recortar méritos: “En realidad, el que jugaba bien era su hermano, Manuel”; “en realidad, el padre siempre quiso que fuera el otro”; “en realidad, la inteligente es la esposa”; “la fortuna, en realidad, la hizo el suegro o el cuñado (él se quedó con ella)”. Hasta al propio prócer José Artigas —el más sagrado de los orientales— le tratan de bajar en algo el copete: “En realidad, las Instrucciones del año XIII las redactó Barreiro, su secretario”. ¿Y? ¿Quién las dictó o inspiró? ¿Quién dio las pautas? ¿Quién las firmó?

    Pasa lo mismo con muchas empresas u organizaciones que destacan. Caso de colegios o de instituciones médicas. Es con estas, más precisamente con MP (Medicina Personalizada) y el Hospital Británico, que me sucedió lo que les quiero contar.

    Son institutos líderes, que funcionan bien, pero sobre los cuales nunca faltan comentarios que marcan un “pero”. De gente que sabe de quienes han tenido problemas en MP o complicaciones derivadas por una internación en el Británico. ¿Quién no los ha oído?

    Soy socio, como toda la familia, primero de Impasa y luego, desde que se fundó, de MP. Tenemos varios seguros de salud, aquí y fuera del país, y siempre me ha parecido, pese a que afectara una buena parte de mis ingresos, que es una de las mejores inversiones que uno puede hacer. Y mucho mejor aún si no se obtiene ninguna rentabilidad. Son eventuales servicios que se contratan y que lo deseable es no utilizarlos nunca. No hay plata mejor gastada.

    Nunca he tenido problemas con MP. No los hemos tenido. Hace nueve meses, a fines de agosto, mi esposa, Alma, sufrió un síncope debido a lo cual recibió una rápida y completa atención en MP, con exámenes y análisis de todo tipo. El Dr. Norberto Liñares (profesor agregado), nuestro médico de familia, digamos, al igual que su colega el cardiólogo Dr. Horacio Vázquez, no dejaron nada al albur. Los primeros resultados no fueron alarmantes y mientras se seguía con algunos estudios, viajamos a Estados Unidos y Panamá. Ya a fines de octubre, mi esposa, algo cansada, resolvió volver al Uruguay un poco antes de lo programado —las Fiestas y parte del verano lo pasábamos aquí. Una semana o no se cuantos días después, recibí una llamada de Liñares diciéndome que iba a ingresar a Alma al Británico para hacerle una serie de análisis por cuanto había algunos resultados que le generaban dudas tanto a él como a Vázquez. Le pregunté qué le parecía mejor: que yo viajara a Montevideo o trasladar a mi esposa a Estados Unidos, en donde yo estaba.

    “Si tuviéramos elementos que indicaran que habría que llevarla a Estados Unidos, ya estaríamos  ahí”, me dijo.

    Al día siguiente me volvió a llamar para tranquilizarme en algo, en función de los primeros análisis. Esa noche tenía programado embarcarme.

    Los días siguientes se nos informó que el caso de Alma quedaba en manos del hematólogo Dr. Pablo Muxi. “Está en las mejores manos”, me aseguró Liñares.

    Todos a los que se lo comentamos tenían información y juicios muy positivos sobre Muxi. Yo lo único que sabía sobre él era lo que en algún momento me había dicho el Dr. Roberto de Bellis, hoy fallecido y quien era considerado uno de los mejores hematólogos del mundo. Éramos amigos con Roberto y siempre le decía que la suerte de él era que sus amigos rogábamos no necesitarlo para nada que tuviera que ver con lo que él hacia. “No te preocupes”, me decía, “porque si algún día me necesitás, ojalá que no, te voy a llevar con Muxi, que ese es el mejor”.

    No voy a abundar en tecnicismo, que no domino y poco aporta. El hecho es que Alma tenía una tremenda anemia acompañada de un fuerte adelgazamiento. Los diagnósticos preliminares se referían a un disfuncionamiento medular —mielodisplasia o médula perezosa— con alguna complicación extra —¿un cáncer oculto?— difícil de identificar, para lo cual se hicieron todos los exámenes habidos y por haber. “Quizás el problema esté localizado en el bazo”, se presumía, pero para saberlo era necesario extirparlo.

    Tuvo otras dos breves internaciones previas, una con transfusiones, en el Británico. Las perspectivas no eran muy halagüeñas. No se llegaba a un diagnóstico preciso, mientras el Dr. Muxi y sus colaboradores y colaboradoras no se daban tregua ni pausa en su búsqueda, me consta. De todo fuimos informados, correctamente, en tiempo y forma. Fueron horas duras.

    Consideramos un traslado a Estados Unidos. Lo hicimos a nivel familiar, pero Alma se opuso tajantemente. “Nos quedamos aquí. Yo estoy confiada y tranquila. En todos lados se muere gente y en Estados Unidos también. Y también mueren algunos que son jóvenes y que no tienen límites de gastos. El dueño y creador de Apple, sin ir más lejos”, ejemplificó.

    “Si lo mío es curable —me dijo a solas—, ¿por qué no van a poder curarme aquí? Y si no es curable, entonces con más razón yo quiero quedarme aquí”.

    Desde el principio, Alma confió en su médico tratante. Una o dos semanas después, aún sin diagnóstico definitivo, barajamos la posibilidad, en acuerdo con el Dr. Muxi, de consultar alguna otra opinión. Nuevamente se opuso: “¿Para qué? Confiemos en que estamos en buenas manos. Supongo además que el doctor hará sus propias consultas si tiene alguna duda. Además, si nos dan una opinión contraria o totalmente diferente, ¿qué hacemos? Nos sumamos una complicación mas”.

    Su propio organismo —una galopante inflamación del bazo— ayudó a mostrar el camino. Se resolvió operar para extirpar el bazo, tarea que quedó a cargo del médico cirujano Luis Cazabán (profesor agregado). Tras la primera consulta, Alma salió contenta. “Me gusta, seguimos en buenas manos”, comentó. Similar opinión y similar comentario hizo del Dr. Manuel Baz (profesor adjunto), el médico interno que la atendió en el posoperatorio en el Hospital Británico. “Cualquiera de ellos puede ir a dar clases a Estados Unidos o Europa”, decía, reafirmándose en su decisión de ser atendida en Uruguay.

    Fue una operación de mucho riesgo, de una paciente muy debilitada y ya grande. Todo salió bien. Incluso, el día después las cifras comenzaron a mejorar, lo que indicaba que la principal causa del mal era el bazo enfermo. Cumplida esta instancia quedaba esperar por la biopsia y un posoperatorio que no era simple.

    Los  resultados de la biopsia fueron los mejores que se podían dar. Fueron redefinidos y ratificados en Alemania.

    El posoperatorio llevó su tiempo. Alma estuvo 72 días internada, primero en el CTI intermedio, luego en sala, con una breve vuelta a intermedio y retorno a sala. Tuvo algunos procesos infecciosos —casi inevitables— tratados siempre con una atención muy especial y recurriendo a todos los mecanismos, instrumentos y los mayores especialistas, para frenar cualquier complicación extra.

    Yo acompañé a Alma esos 72 días. Feliz de estar a su lado y de estar juntos. Contento tanto o más que cuando le di el primer beso hace 58 años.

    Setenta y dos días dan para leer, pensar y observar mucho. Dan hasta para intercambiar “figuritas” con el jefe de Cocina del Británico y obtener la receta de unos deliciosos canelones de humita que comí en el restaurante. O para averiguar —pese al top secret— que durante unos días estuvo internado Eugenio Figueredo. O para cruzarse con gente que hace años que uno no veía. No es el mejor lugar para  ese tipo de encuentros —no es en el Club Mediterranée— y más pasadas tantas décadas: “A este le vino fuerte el ‘viejazo’”, era la impresión de cada uno tras la despedida en la que nos deseábamos suerte mutuamente (y hasta larga vida, pero esto dicho para adentro).

    Esos más de dos meses me permitieron valorar todo lo que esos médicos, Liñares, Vázquez, Muxi, Cazabán y Baz, hicieron por mi esposa. Aquilatar la diligencia, preocupación, autoridad y solvencia de esos profesionales. De cada uno de ellos tengo los celulares y los llamé a todos en su momento y siempre tuve respuesta y asistencia. Los llamé incluso domingos y en horas que estaban con sus familias, descansando o disfrutando. Nunca me dejaron de a pie.

    Es justo destacar que hubo muchos otros médicos y técnicos que participaron en toda esta historia que les cuento y que contribuyeron positivamente respecto a la enfermedad de mi esposa. No tengo todos sus nombres; por eso, para no ser injusto, no incluyo los de los que recuerdo o anoté.

    Veían a Alma casi diariamente, a veces muy, muy temprano por la mañana. Por la noche yo los veía a ellos aún dando vueltas por las salas.

    Un capítulo aparte es la atención y el personal del Hospital Británico. Excepcional. En el Intermedio, en sala, en hospital de día. Nurses, enfermeras y enfermeros, atentos, bien dispuestos, serviciales y solidarios. Y siempre alegres y con una sonrisa. No exagero: me sorprendió. Además, todos o casi todos cumpliendo doble jornada, en el propio Británico o en otra institución. Con ellos siempre se tenía suerte, iban rotando y nada cambiaba. Y como todos sabemos, no es una tarea fácil ni de las más agradables. Ni tampoco de las mejor pagas en términos generales, aunque en algunos lugares se pague mejor que en otros. (Hubo una época, aquella de que “como el Uruguay no hay”, en que las cosas se hacían bien: enfermeros, policías y maestros eran los funcionarios mejor pagos, como corresponde).

    Buena gente, el personal del Británico. No dejan dudas de cuál es su vocación y de que aman el trabajo que hacen.

    Esta parte humana, desde médico a enfermeros, ayuda mucho al paciente. Y eso no se logra con aparatos, por muy sofisticados que sean, ni con drogas de última generación y no se consigue con plata ni en cualquier lugar.

    Alma y yo hemos estado internados y atendidos en hospitales en otros países (Chicago, Miami, Madrid, Pamplona, Roma, Jerusalén) y sabemos todo de lo bueno que se puede encontrar y de todo lo que falta. Y de costos ni hablemos. Si tomara en cuenta la factura por una internación de Alma de tres días en un importante hospital de Miami, lo de esta vez no lo podría pagar ni firmando un contrato con el Barcelona.

    Y como dije, con MP ningún problema. Todas los días un representante de la sociedad se hacía presente para ver si se necesitaba algo o si se había presentado algún contratiempo. Siempre pendientes. Sin apuros y sin límites para nada.

    Alma, felizmente, va bien, en una firme recuperación.

    Se trata de una experiencia que no es deseable para nadie, pero lo importante es poder contar el cuento.

    Y es lo que estoy haciendo. Porque es bueno que se sepa. Y, ya de paso, lo cuento para decirle a más de uno que no joda: que el que jugaba bien era Juan Alberto Schiaffino.