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    Fútbol, competencia y por qué Uruguay no ganará el Mundial

    Un discutible índice de competitividad mundialista sirve de excusa para alentar a favor de una competencia económica que, como país, nos suba de categoría

    Llegó el virus mundialista y, con eso, los análisis expertos sobre nuestras chances en este extravagante torneo con 48 selecciones y tres sedes que iniciará en unas dos semanas. Esta entrega de la newsletter Detrás de los números se deja contagiar, aunque con la siguiente salvedad: su autor entiende muy poco de fútbol.

    En un país que se dice habitado por tres millones de directores técnicos, soy un bicho raro porque hace años que no pateo una pelota y, como espectador o como hincha, este deporte no me apasiona. Pero sí me interesa verlo como un negocio que mueve muchísimo dinero —una aldea que, arrasada por los “bárbaros”, perdió el “alma”, como dice Alessandro Baricco—, como fenómeno social y por sus conexiones con el poder empresarial y político. También como escenario de competencia.

    Soy Ismael Grau, también editor de Economía en Búsqueda, y en los siguientes párrafos te comparto un pronóstico no muy sagaz —Uruguay no será campeón— y lo argumento: su índice de competitividad mundialista es apenas medio.

    Empieza el partido.

    Primer tiempo

    ¿Por qué sobresalen algunos clubes o selecciones nacionales (ocho se reparten todas las copas disputadas hasta ahora)?

    Los que han analizado estas cosas y los que conocen desde adentro el deporte explican las diferencias en el fútbol, por ejemplo, en una abundante ingesta de proteína animal durante la niñez que favorece el desarrollo de ciertas destrezas; en su práctica en algunos países como apuesta de vida para salir de la pobreza; en los recursos económicos volcados en infraestructura y planteles; en el arraigo social que tiene; en la calidad de las ligas internas; en el peso de la localía, y en el brillo de “astros” que cada tanto ilumina las canchas (aunque, como sostiene el economista argentino Martín Rossi invocando la “ley de los grandes números”, en este juego no se dan los suficientes ataques como para incrementar significativamente la probabilidad de convertir un gol habiendo un gran talento en la cancha).

    “Ningún modelo estadístico basado en solo cuatro factores (Producto Interno Bruto, población, experiencia y ventaja del hogar) podría explicar algo tan complejo y detallado como la historia internacional del fútbol”, me dijo el economista inglés Stefan Szymanski, profesor de Gestión en Deportes de la Universidad de Michigan y coautor del libro Soccernomics, para esta nota que publiqué en Búsqueda antes de Rusia 2018. Para él, “claramente la cultura —tan multidimensional que sería difícil de reducir a una simple estadística— es el gran factor no incluido, y el fútbol está en el centro de la autoidentificación uruguaya. Sin embargo, hay otros países de los que podría decir lo mismo (Paraguay, México, Noruega, Grecia, etcétera), pero no han logrado lo mismo. En economía siempre habrá ‘excepciones a la regla’ y Uruguay notoriamente es uno”.

    Parece, entonces, que hay factores que equilibran las posibilidades a favor de países sin tantos habitantes o desarrollo económico.

    Para complementar aquel artículo, Fabián Coito, entonces técnico de la selección uruguaya sub-20, me comentó que en varios países con mucha más población y poderío económico “son pocos” los lugares donde jugar al fútbol en las etapas justas de desarrollo físico y cognitivo, en contraste con Uruguay. Pero después “no solo se requiere de condiciones, sino de más preparación”, y “ahí se empiezan a igualar las cosas”.

    Entretiempo

    En este intervalo me pongo un poco técnico a partir de la hipótesis de que, como en otras dimensiones humanas y sociales, la competencia empuja a mejorar, a subir de nivel.

    En la liga uruguaya las diferencias de presupuesto son millonarias a favor de Peñarol y Nacional, lo cual les permite disponer de mejor infraestructura y armar equipos de mayor cotización. Eso los favorece en la competencia (aunque este inicio de temporada pone en cuestión tal afirmación). Pero nuestro mercado es pobre en comparación con otros, y hace ya muchos años que los clubes “grandes” de Uruguay no ganan copas afuera.

    Coito observó que la competencia local “no prepara” a los futbolistas para los desafíos internacionales, ya que la emigración de los jóvenes y de más categoría les quita nivel a los torneos internos.

    Además, lo que muestran las estadísticas es que acá se disputan muchos menos partidos al año y la carga de minutos por encuentro —con, para mí, como espectador, insufribles tiempos “muertos” comparables con los de juego efectivo— dista bastante de la que se ve, por ejemplo, en la élite europea, como recogió en esta reciente nota Juan Francisco Pittaluga, nuestro periodista deportivo en Búsqueda. Así, en Uruguay, los jugadores tienen menos chance de exponerse a la alta competencia.

    En su tesis de la Maestría en Economía de la Facultad de Ciencias Sociales, defendida en 2021, Luciana Cantera estudió las ligas nacionales participantes de la Copa Libertadores y estableció que la intensidad competitiva de un mercado puede afectar el desempeño de sus clubes a escala internacional. Esa conclusión extraída del fútbol tiene validez, también, para la actividad empresarial: “Mejorar el nivel de competencia interno o, en otras palabras, tener estructuras de mercado más competitivas, con un mayor número de firmas y con un poder de mercado equilibrado, impactaría positivamente sobre los resultados que obtienen algunas firmas que compiten representando al país a nivel internacional” (aunque no para todas).

    En la economía uruguaya —con la escala de una cancha de fútbol 5—, donde hay barreras en ciertos sectores, jugadores poco dispuestos a ir al ataque y un Estado interviniendo en casi todo el terreno, la competencia es relativamente débil.

    El estudio Mercados y desarrollo: cómo la competencia puede mejorar vidas, publicado el año pasado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señala que las empresas de América Latina y el Caribe ejercen un poder de mercado “considerable” y que hay una “alta concentración de la actividad económica”. En promedio, los mercados latinoamericanos tienen el equivalente a dos empresas de igual tamaño, frente a ocho en las economías avanzadas. Lo que importa no es solo cuántas hay, sino cómo se comportan; más allá de la alta concentración, una empresa promedio de América Latina y el Caribe cobra alrededor de 35% por encima de los costos de producción (lo que se conoce técnicamente como markups), frente a un 20% en los países desarrollados.

    ¿En qué medida cambiarían las economías de la región si los markups bajasen al nivel de las más avanzadas? El modelo calibrado por los especialistas del BID para siete países de la región, incluido Uruguay, muestra que, en promedio, el Producto Interno Bruto por habitante crecería 11,1%, lo que “supone un aumento significativo de los ingresos de los hogares”. El efecto es mayor donde el grado de competencia de partida es débil, y puede llegar a ser de más de un 20% (les pedí la estimación para Uruguay, pero no me dieron pelota).

    Segundo tiempo

    Vuelve el fútbol y se define el partido.

    El índice de competitividad mundialista que elaboré es básico y arbitrario (ya dije, hecho por alguien que no sabe de fútbol). Engloba dos conceptos: rendimiento y pasión, y se traduce en un puntaje mínimo de 1 y un máximo de 10.

    Dentro del rendimiento, que representa un 80% del valor del índice, lo que consideré es la exigencia deportiva a la que están expuestos habitualmente los probables jugadores de cada selección que disputarán el próximo Mundial, según una categorización del poderío económico y nivel de competencia de la liga en las que participan con sus respectivos clubes. Como es difícil encontrar datos y procesarlos, en particular de países con poca tradición futbolística o de mercados chicos, en muchos casos asigné puntajes con base en mi limitado conocimiento (y los corregí cotejando la opinión de otros que saben más).

    La pasión, que explica el otro 20% del valor del índice y recoge el componente “cultural” señalado por Szymanski, tiene en cuenta el historial de cada país en este deporte y la presión popular por ganar, contemplando incluso cuánto público —un supuesto— acompañará a sus combinados nacionales en los estadios de Estados Unidos, Canadá y México.

    ¿Qué muestra este índice de competitividad mundialista? Nada sorprendente. Que en la definición estarán España, Argentina, Brasil, Inglaterra y Francia, todos con entre 8 y 9. Un escalón más abajo se ubican, por ejemplo, Bélgica y Portugal.

    Uruguay tiene prácticamente a todo su plantel jugando en el exterior —en ligas de buen nivel y otras más flojas— y la pasión celeste ayuda, pero, creo, no hace suficiente fuerza en un fútbol superprofesional y de altísimo rendimiento como el actual. Su puntaje de 5,2 lo proyecta, al menos, superando la fase de grupos.

    En este enlace te dejo la planilla con el índice calculado para cada país; no lo tomes como un pronóstico serio, sino como un divertimento, lo que debería ser el fútbol.

    Como afirma el estadístico argentino Walter Sosa Escudero, lo que hace popular a este deporte es su “certera mezcla de fortuna y talento”, de “lógica predecible y aleatoriedad”, esa que hace que si bien sea “altamente probable que un seleccionado profesional le gane a un equipo primerizo en lo mundiales, nada está dicho hasta que el árbitro dé la pitada final”.

    En los descuentos, antes de despedirme te recomiendo esta entrevista de Búsqueda, un Palito (y gol periodístico) del experimentado periodista cultural Javier Alfonso. Habla, entre otras cosas, de sacrificio y esperanza, lo que hay que poner en toda competencia.

    Si querés escribirme comentarios, sugerencias o críticas en forma de cánticos tribuneros, podés hacerlo a [email protected]

    Vuelvo en un mes con otra entrega de la newsletter.

    ¡Saludos!