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    Lettres de cachet

    Columnista de Búsqueda

    N° 1823 - 09 al 15 de Julio de 2015

    Algunas injusticias célebres prestaron su trágica fama a las lettres de cachet, suerte de orden real destinada a someter a los habitantes de Francia a los tribunales de Justicia. Si bien la mayoría de estas citaciones expeditivas tuvieron como objeto asuntos de base civil o penal, el nombre del instituto ha quedado asociado con abusos de poder, persecución de opositores, herejes de ocasión y condenas infames a límpidos disidentes.

    Hace cerca de 80 años el historiador Frantz Funck-Brentano dedicó sendos estudios a las lettres de cachet y las circunstancias en las que impactaron en la sociedad (L’ancien régime, Flamarion; Les lettres de cachet à Paris, étude suivie d’une liste des prisonniers de la Bastille (1659-1789), Imprimiére Nationale). Lo primero que concluye es que estas cartas de tan poca estima por parte de los cronistas dedicados a demonizar el antiguo régimen distaron mucho de ser un instrumento de mera arbitrariedad en el contexto de la monarquía absoluta y resultaron, por el contrario, un mecanismo de ejecución de la voluntad del rey en el marco de procedimientos judiciales que hoy nos repugnan pero que entonces eran considerados legítimos. “Las lettres de chachet —dice— eran el único medio que el monarca poseía para hacer patente su voluntad en el reino”. Y no se dispensaban a solo título personal por parte del rey, sino que cada una de ellas debía estar consignada por un ministro responsable del área a la que se refería la requisitoria. También es inexacta la creencia de que las cartas tenían solamente orden de encarcelamiento político o por razones religiosas; a veces eran meras citaciones, a veces llamados a la comparecencia en un tribunal por obligaciones familiares, a veces tenían un carácter decididamente policial y puros fines de investigación de delitos.

    El origen de este dispositivo se puede rastrear hasta 1560 en la llamada Ordenanza de Orléans, que designa las órdenes particulares del rey comunicadas por cartas cerradas (por oposición a las cartas patentes que contenían medidas de orden general y que debían ser registradas por el Parlamento). Ya en los primeros años del reinado de Henri IV, cuando comenzó a ordenarse y se consolidó el poder de la monarquía absoluta como forma de sofocar las rebeliones y conspiraciones de una nobleza dispuesta a evitar la conformación de un Estado moderno con plena jurisdicción en todo su territorio, las lettres de cachet pasan a ocupar un lugar determinante en la vida doméstica de la sociedad. Su temible fórmula inmortalizada por la literatura de la época y luego por el memoralismo oportunista de Alexandre Dumas, establecía que se trataba de un papel escrito en primera persona por el rey y consistía en pedirle respetuosamente al destinatario que acompañara al guardia que lo venía a buscar o se presentara en tal oficina o establecimiento. Llevaba la firma del monarca y de uno o más de sus ministros. La carta se doblaba en cuatro y quedaba debidamente cerrada con una sellada con un lacre (lo que bautiza al objeto) que lucía el emblema real.

    Funck-Brentano trabajó abnegadamente en los archivos de la Bastilla y pudo concluir, tras revisar concienzudamente todos los documentos existentes, que “es un error común el creer que la acción de las lettres de cachet se limitaba a los asuntos de Estado. Un panfletario que hizo aparecer libelos contra alguna persona o contra la religión, o contra la autoridad del rey era conducido sin más a la Bastilla; tal es la opinión general en torno a solamente un tipo de las lettres de cachet. Esto existió, sin duda, así como otros casos del mismo orden, pero fueron muy raras estas cartas en el conjunto de las que efectivamente se libraron. Puedo afirmar que de mil cartas de cachet libradas por la administración, no más de cuatro concernían a los asuntos de Estado. (…) El resto de las cartas se referían a asuntos de tipo policial o familiares”.

    Los dos libros de este autor son interesantes porque reproducen muchas de esas cartas, con lo que se obtiene un camino directo para entender el contexto más cotidiano y en cierta manera muy cercano de aquella sociedad que hoy parece tan distante luego de la injuria de tres siglos de olvido, distorsión y malos recuerdos. Más que nada, impresionan las cartas relativas a los asuntos familiares: esposos que se dan a la fuga, padres que no reconocen sus deberes, hermanos que roban en la casa, hijos que explotan o castigan a sus padres, entre muchas otras miserias que no son muy diferentes ni más graves que las muchas que hoy todavía nos agravian con menos posibilidades de ser corregidas.

    Es la de estos libros una lectura provechosa para los que aman la historia y también para los que creen que la historia tal como fue escrita por algunos militantes de causas que estuvieron en pleito en ese tiempo o después, merece ser revisada o leída desde otras perspectivas.