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    Leyenda que no cesa

    Nº 2089 - 17 al 23 de Setiembre de 2020

    Hay artistas populares que devienen leyenda en plena actividad y, aun viviendo escaso tiempo, luego de su muerte esa leyenda se agranda y bifurca y nunca deja de aportar nuevos matices, ¿quién puede saber si inventados o no?

    —Si algún organito añejo / pasa por el arrabal / o alguien silba, bien o mal, / el tango Derecho viejo, / nos estremece el pellejo / su responso milonguero / y un réquiem arrabalero / tirita en las calles solas: / es que rezan por Arolas / y hay que sacarse el sombrero.

    Este breve poema lo escribió León Benarós, hombre de libros, culto y bohemio, luego del fallecimiento de Eduardo Arolas, apenas a los 32 años de edad y ya leyenda.

    Su breve peripecia, inserto en la generación de la Guardia Vieja, pero reconocido como el primer gran renovador del tango, fue una rara mezcla de creatividad, misterios —en su mayoría develados al discurrir del tiempo— y excesos.

    Hijo de un matrimonio de inmigrantes franceses, nacido en Buenos Aires en 1892, comenzó tocando la guitarra “de oído”, pero, al pasar al bandoneón, aprendió teoría musical, solfeo y armonía con el maestro José Bombig. No obstante, una característica natural le dificultaba pasar sus creaciones al pentagrama. Su mente no paraba de idear melodías a una velocidad mayor de la que le exigiría tocarlas y, sobre Derecho viejo, por ejemplo, que se convirtió en el tango más tocado sin partitura por todos los músicos, hay una anécdota que, al explicar el proceso, parece un chiste y no lo es. Actuaba en un cafetín con un cuarteto y de pronto se detuvo y dijo: “Un momento, muchachos. Se me acaba de ocurrir un tango…”.

    Y comenzó a tocarlo mientras los otros observaban, quietos y asombrados.

    Derecho viejo forma parte, junto con Rawson y Anatomía, de los temas que compuso para los Bailes del Internado, realizados por estudiantes de distintas facultades porteñas en el interior de estas, en las madrugadas. Sin embargo, siempre dijo haberlo hecho en Rosario, donde animaba en 1916, con Firpo y Canaro, los carnavales locales, dedicándolo al Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho santafesina.

    Y no solo eso. Declaró pocos años después que también había influido en él —tal vez recordando sus comienzos a principios del siglo XX en el café La Morocha, donde eran habitués trabajadores de los hornos de ladrillos del parque Centenario— una versión que oyó: nada menos que Eugene O’Neill habría trabajado en Rosario como un simple obrero ferroviario traído por la inmigración.

    Arolas es autor, entre tantos tangos, de La cachila, El Marne, La guitarrita, Fuegos artificiales, Comme il faut, Maipo, Una noche de garufa, su primera obra que data de 1912, Catamarca, Marrón glacé y el que fue póstumo, Place Pigall, escrito un par de horas antes de su muerte.

    Según Luis Alberto Sierra, “introdujo el llamado rezongo del bandoneón —un arrastre en el sonido del instrumento que supo recrear Pugliese—, los fraseos octavados, los pasajes terciados a dos manos, la fusión, incluyendo a veces el banjo, el saxofón y una guitarra de nueve cuerdas, y un respeto casi ceremonial por la melodía central”.

    Luego, claro, el hombre desbordado: bohemio, seductor, luciendo un espléndido vestuario, con uso de guantes y un anillo en cada dedo, el chaleco dorado, las polainas, el saco con trencillas y, siempre, peinado a la gomina. Conquistó infinidad de mujeres, pero solo se enamoró de una. El final fue terrible: ella se fue con el hermano mayor de Arolas. Destruido, viajó a París, donde se hundió en las drogas, el alcohol y las “chicas de la noche”. Los biógrafos compasivos dicen que murió de tuberculosis. La verdad, según Sergio Pujol, es que una noche de 1924 fue emboscado por una patota de macrós: recibió una paliza y un tiro que, dos días después, lo llevó a la tumba desde un hospicio de París.

    Músico al que un excesivo historiador sentenció que melódicamente había sido influido por Mozart, además compositor y director de orquesta, apodado el Tigre del Bandoneón, fue respetado por Borges y por Piazzolla, de quien pocos recuerdan que le dedicó su tango Juan Sebastián Arolas, y un conocido investigador lo calificó de “un refucilo, un relámpago, un estruendo que conmocionó al tango para la eternidad”.

    Cadícamo lo homenajeó con este verso al cierre de su huracanada vida: —En esa calleja / solo y amasijao por sorpresa / fue que cayó Eduardo Arolas / por robarse una francesa.

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