Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa carta del Lic. Jorge Scuro, que bajo el título de “Liberalismo y jacobinismo” fuera publicada en la pasada edición del 29 de setiembre, me invita a señalar que:
1) Es impensable que la laicidad pudiera existir sin el laicismo, que es la idea y el impulso, y sin los laicistas, que luchan por ella y la sostienen. Por ello, sostener que el laicismo es contrario a la laicidad es, como ya lo ha explicado el ciudadano Gastón Pioli recordando a Vaz Ferreira, una falacia de falsa oposición. Tan poco coherente resulta, como decir que el cristianismo es opuesto a la cristiandad.
2) Si como dicha carta expresa, “El jacobinismo es la exaltación del pensamiento único que se impone como expresión de la voluntad popular”, parece, por decir lo menos, una desproporción tildar de “jacobinismo” aquella medida de 1906 de retirar los crucifijos de dependencias hospitalarias públicas, dispuesta en el proceso democrático de secularización del Estado uruguayo. Hoy se aprecia que aquel acto fue producto del “republicanismo” que entonces comenzaba a prevalecer y a expresarse en la ciudadanía; y que vino a afirmar el gobierno de la ley, que en un Estado democrático es lo acordado por todos y, por tanto, está por encima de lo político, de lo filosófico y de lo religioso, y de los mismos gobernantes, y es así garantía de la libertad como no dominación, como no avasallamiento de unos sobre otros.
3) Hoy los Estados de nuestras regiones son cada vez más multiculturales. En ellos, la concepción liberal-republicana es búsqueda de un consenso racional en un modo de vida en paz, regido por instituciones que expresen principios universales comunes a todos en un Estado democrático y abierto, fuertemente republicano y laico, es decir, ajeno a lo religioso. En cambio, la concepción liberal-comunitarista, que sería más afín a la propuesta que parece desprenderse de la carta citada, no acepta valores comunes y, por tanto, auspicia un acuerdo de coexistencia pacífica en un Estado acotado a funciones de árbitro o gendarme en una sociedad dividida en grupos sociales. Pero, es lógico advertir que un Estado así reducido y debilitado, en medio de una sociedad fragmentada por los particularismos de cada grupo social y acuciado por las demandas de cada uno de ellos, es propicio a una exteriorizada lucha de creencias y tradiciones —que hasta puede llegar a ser cruenta— y en la que al cabo se impondrá el pensamiento del grupo mayoritario o más fuerte. Y, esto sí será, sin duda, en perjuicio de la laicidad y, por ende, de la libertad de todos.
Luis Rivas Ortiz