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    Liberalismo y cristianismo

    Sr. Director:

    No son pocas las voces que los proclaman enemigos. Voces provenientes de ambos flancos.

    Hay un liberalismo muy enraizado en lo que fue el pensamiento dominante durante la Revolución francesa (que influyó enormemente sobre los movimientos independentistas latinoamericanos), y que construyó la imagen de la religión como parte del Antiguo Régimen y enemiga de la libertad. De ahí provienen ciertas posturas que todavía se ven en algunos países, el nuestro, por ejemplo y que afloran en episodios como la oposición a tolerar que se ponga una imagen de la Virgen en una plaza.

    Del mismo origen gálico y como reacción a los virulentos ataques contra la iglesia, esta vio con malos ojos los desbordes del liberalismo anticlerical. A lo que se sumó, siglos después y como reacción a ciertos efectos secundarios de la Revolución Industrial, una posición de dura crítica al liberalismo económico, de parte de algunos pontífices.

    Postura que fue rectificada por San Juan Pablo II en su Centesimus Annus.

    Dentro del propio pensamiento liberal, tanto a nivel académico como político, hubo una reacción contra lo que se vio como una deformación del liberalismo, a nivel económico por parte de economistas y políticos (Friedamn, Thatcher, Reagan), que no admitían otras reglas de vida que el llamado egoísmo racional, operando en un mercado totalmente desregulado.

    Todas esas visiones son bastante hemipléjicas, ignorando además cuáles han sido las raíces históricas del liberalismo, como traté de demostrar en mi libro Al rescate de un liberalismo perdido.

    Por un lado, el liberalismo es de raíz netamente cristiana y, por otro, para poder funcionar como tal requiere apoyarse en una concepción cristiana del ser humano, sobre dos pilares: la existencia de un orden y un derecho natural y la necesidad de cultivar la virtud en el hombre y en la sociedad.

    El liberalismo es uno solo: no hay un modelo para lo político, diferente y separado de otro, para lo económico.

    Asimismo, la postura batllista-laicista, tan típica de nuestro país, desconoce que la laicidad nace en el mundo a partir del cristianismo y su negativa a aceptar la sacralización del emperador y del Estado. De la misma manera, no se percibe que aquel laicismo rancio es profundamente antiliberal.

    Por su parte, la posición del pontificado sobre el liberalismo en materia económica, cambió, como dije, a partir de Juan Pablo II (en realidad, habría que decir que se rectificó). Las experiencias con otros sistemas, a partir el primer tercio del siglo pasado, han sido demostración suficiente del fracaso

    Sin embargo, subsisten posturas, también en la Iglesia Católica que, al reaccionar ante el escándalo de la pobreza y la marginación, reniegan de la libertad en materia económica, reclamando que existan fórmulas (sin saber cuáles puedan ser), que produzcan mejores resultados.

    En suma, hay que esforzarse por alcanzar una visión objetiva, fundada en la realidad, no contaminada, ni de emociones ni de ideologías. Veremos no solo que el liberalismo (todo él: político y económico), es de raíz filosófica cristiana, si no que cuando las sociedades se apartaron de él, como cuando se apartaron de los principios filosóficos del cristianismo, los resultados nunca fueron buenos.

    Cuando el liberalismo se aparta de sus raíces cristianas y se lanza a la especulación y el consumismo irrestrictos, termina perdiéndose. Cuando el cristianismo busca aplicar —en política o en economía— principios contrarios al liberalismo (clásico), desemboca en fórmulas fracasadas.

    Ignacio De Posadas

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