N° 1791 - 20 al 26 de Noviembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA Jean Francois Revel le tocó vivir el irresistible y trabajoso ascenso de la izquierda en Francia, y su diseminación por los países de Europa occidental. Esa infausta circunstancia lo emparenta con los que hoy estamos penando en este arrinconado andurrial del universo; también a nosotros nos ha tocado la derrota de ver crecer a la izquierda como si fuera una esperanza y de padecer su ilimitada torpeza y su resuelto ánimo vengativo.
En ese momento, la década de los 80 del siglo pasado, Revel comprendió que debía asumir una postura militante, que debía luchar para que su país y Europa no incurrieran en el error de quedar prisioneros de la seducción demagógica de la izquierda, del cruel tráfico de ilusiones, de la inopia, de la mentira organizada, de lo que, con buen sentido denominó, la tentación totalitaria. Por eso sus libros más importantes —La tentación totalitaria y Cómo terminan las democracias—informan de las bases teóricas del crimen que implica la opción por la exacerbación del poder del Estado y la renuencia de las democracias a defenderse de ese empuje, pero también presentan y contabilizan los hechos y los indicios que llevan al Estado de Derecho a caer de rodillas ante el asedio y el golpe sin pausa de sus esenciales enemigos, los socialistas y los comunistas.
Nadie seriamente puede discutir que el conocimiento profundo del pensamiento de Marx que alcanzó Raymond Aron difícilmente fue el mismo que tuvo Revel; que Aron sistematizó minuciosamente el repertorio de las premisas marxistas en relación a los presupuestos del modelo liberal de organización política (recomiendo leer las Lecciones de Filosofía Política o el capítulo dedicado a Marx en Las Etapas del Pensamiento Sociológico); y no desconozco que Aron supo articular hasta extremos de perfección las tesis del materialismo histórico y dialéctico en el contexto de la evolución del pensamiento historicista y en el orden preciso de la sociología moderna. Revel, es cierto, no trepó hasta esos grados de casi insolente idoneidad. Pero –he aquí lo interesante, he aquí lo que explica la pertinencia de esta memoria—lo singular y lo eficaz en este autor se encuentra en su capacidad para comunicar con claridad el caudal táctico y estratégico del marxismo en su afán por socavar las bases de la experiencia democrática.
En este punto es donde su obra y su palabra cobran relieve. A través de sus columnas periodísticas y en sus libros Revel demostró cómo los institutos de la democracia se descubren débiles ante la versatilidad de los recursos de que se sirve el marxismo. Enseñó que nuestras sociedades terminan siendo rehenes de la causa que las sostiene, que al consagrar la libertad en todos los órdenes y para todos los individuos y partidos, dialécticamente favorecen a las fuerzas que aspiran a destruirla. “La democracia —escribió— es ese régimen paradójico que ofrece a quienes quieren abolirla la posibilidad única de prepararse a ello en la legalidad, en virtud de un derecho, e incluso de recibir a tal efecto el apoyo casi patente del enemigo exterior, sin que ello se considere una violación realmente grave del pacto social”.
Al amparo de esta perspectiva, ardorosamente llamó la atención sobre los signos de fragilidad de nuestro sistema y demostró que mucho de lo que sustentamos con orgullo como una conquista final de la lucha del hombre por alcanzar su plenitud, como persona civilizada habitando en una comunidad pacífica, es la palanca de Arquímedes de que se sirve el marxismo para dar cuenta de la democracia. Y tiene razón: el marxismo puede triunfar porque entiende que ningún medio es un obstáculo, porque no se detiene a considerar la consonancia moral entre los fines y los caminos para obtenerlos; porque le da igual tomar las armas, presentarse a elecciones, tomar por asalto una universidad o dar clases en ella. Lo que le interesa es transformar revolucionariamente la estructura económica y social de un país a como dé lugar, no bien se abra una oportunidad para hacerlo.
Tanto en su país como en el mundo la voz de Revel consiguió si no cambiar las realidades, al menos sembrar dudas y fundadas reservas respecto del crecimiento de las fuerzas de izquierda. Mucha gente tentada por las promesas de un cambio y por el espejismo de una sociedad más justa a costa de las libertades personales, encontró en los libros de Revel una frontera para su conciencia. Considero favorable la ocasión para recordarlos; para tener presente que no hay peor crimen para con la democracia que creerla a salvo de los enemigos que se han enquistado en sus estructuras.