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    Lincoln Maiztegui Casas (III)

    Sr. Director:

    No hay nada que podamos decir nosotros sobre Lincoln Maiztegui Casas que no se haya dicho antes. Sobrarán panegíricos y artículos sobre su vida y obra hoy, y en los años que vendrán.

    No podemos hablar de quién o qué fue Lincoln. La verdad es que Lincoln fue muchas cosas. Profesor, ajedrecista, periodista, músico, estudioso, loco, poeta. El ejemplo del hombre renacentista, universal. Pero eso no es lo que queremos resaltar. Lincoln fue, ante todo y por sobre todo, un cultor del más puro sentimiento que alberga el alma humana: la amistad. Y es precisamente esa amistad que nos ofreció, lo que mueve —o más bien, conmueve— esta misiva.

    Se imaginará usted, que lo conoció, que el perfil de Lincoln podría haberse confundido con el de un historiador encerrado en su biblioteca. Pipa en mano, de mirada profunda —penetrante a veces— y un conocimiento enciclopédico, no es el estereotipo de profesor cool que nos vende Hollywood. Sin embargo, fue el profesor más querido de los que ninguno de nosotros tenga memoria.

    Desde los 16 años semanalmente íbamos a la casa de Lincoln en Parque Batlle. Una Coca-Cola, unas papas fritas y las inefables muzzarellas y panchos de La Pasiva —todo invitado por él a sabiendas de nuestros magros presupuestos de estudiantes— eran la excusa para largas tertulias donde Mozart, Saravia, Maximiliano y Carlota de México, se mezclaban con el Seba Vázquez, Nacho González, Pepe Mujica y un buen partido de truco.

    Es que en lo de Lincoln no había temas tabú, reglas o estructuras. En su casa, bajo una densa nube de humo, podíamos hojear sus libros, mirar el partido, tocar la guitarra, o preguntarle lo que sea. No eran clases magistrales, ni mucho menos. Lincoln siempre conversó, prestando la misma atención y respeto a su interlocutor por más que frente tuviera a un pibe de 16 años o un senador o expresidente de la República.

    Bajo la excusa de una charla entre amigos, Lincoln —eterno — fue formando nuestras mentes. Emilio Frugoni para los más derechosos. Berro para los colorados. Bing Crosby para los rockeros. El fue, sin que nosotros lo sepamos, el encargado de abrirnos la mente a nuevos conceptos y experiencias.

    Cuando contamos a otros amigos que a los 16 uno de los principales historiadores del país nos recibía en la casa y nos contaba de Chiquito Saravia, de la Guerra del Paraguay, de Leandro Gómez, de Brum o nos recitaba sus poesías favoritas, no nos pueden creen. Es que para nosotros no era una clase. No aprendíamos datos, fechas y conceptos. Aprendíamos de personas, de dramas, de odios y amores. A Lincoln, nada de lo humano le era indiferente. Todo le provocaba algún tipo de sentimiento. Y esa pasión es lo que lo definía.

    Y así, como un amigo más, lo despedimos. Con la sensación colectiva de tener frente a él una deuda impagable. Conscientes de que vivió y murió en su propia ley, a su manera. Las palabras de Emilio Frugoni, que más de una vez nos recitó, sirven de despedida.

    “Cuando a buscarme vengas te llevarás mis huesos,

    Y mi carne marchita y mi sangre hecha hiel,

    mas no podrás llevarte la emoción de mis besos,

    ni el ritmo de mis cantos, ni el verde laurel.

    Tú no podrás llevarte la vida que he vivido,

    el placer que he gozado, el sueño que soñé,

    cenizas de una leña que a los vientos ha ardido,

    eso es lo que en tus manos tan solo dejaré (…)”

    Atentamente,

    Ignacio Algorta Alori, CI 4.422.187-8; Gonzalo Apa Gallo, CI 4.415.366-3; Juan Manuel Calvo Lindholm, CI 4.545.580-6; Juan Manuel Gari Barbé, CI 4.237.001-7; Santiago Gatica Garicoits, CI 4.423.945-3; Agustín Ginel Rodríguez, CI 4.358.403-3; Juan Gabriel Gutiérrez Zorrilla González, CI 4.395.731-3; Tomás Inciarte Otegui, CI 4.549.573-9; Andrés Inthamoussu Faral, CI 4.398.723-7; Alejandro Kavedjian Puig, CI 4.902.425-7; Guillermo Kunin Bliman, CI 4.100.470-8; Agustín Labandera Picabea, CI 4.181.040-0; Mateo Lenoble Nessar, CI 4.353.190-1; Francisco Meharu Phillipstal, CI 4.260.669-6; José Andrés Olivera Amato, CI 4.223.662-5; Nicolás Paullier Soler, CI 4.180.168-3; Juan M. Rey Jiménez de Aréchaga, CI 4.986.401-7; Andrés Roizen Beitler, CI 4.249.098-0; Gonzalo Sheppard Gelsi, CI 4.184.211-2; Pablo Sicardi Bacigalupi, CI 4.491.218-0); Santiago Tosar Rovira, CI 4.422.959-9).