N° 2024 - 13 al 19 de Junio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl momento del registro, en 1927, la partitura de Cuando llora la milonga fue descrita como tango milonga canción, con una dedicatoria a “Francisco Canaro, creador del tango milonga”.
Desde su estreno, en un improvisado concierto del autor de la música en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, y más aún desde la primera grabación por la orquesta del propio Canaro con la voz de Agustín Irusta, el tema ha sido considerado, a través de los años, “el aporte más importante del criollismo a la evolución del tango”.
Y también desde entonces ha convivido con una gran paradoja y varias curiosidades.
Juan de Dios Filiberto, su creador musical, sentenció:
—Instrumentalmente, es mi mejor tango. Me salió redondo; es como una rapsodia de esa zona entre suburbio y campo que aspira a expresar lo quizás inexpresable. Causa multitud de emociones y sugestiones.
Luis Mario, que firma su letra, dejó claro sentimientos distintos:
—De cuanto hice no es lo que más me agrada; tuve que adaptar los versos a deseos de Filiberto, quien hasta me corrigió alguna línea; al final de la primera parte yo había escrito: Y como un corazón / el hueco de un zaguán / recoge la oración / que triste dice cruel mujer; y él puso fiel mujer. Es, sí, mi letra más popular. Gané con ella el doble de lo que percibí por escribir ocho libros.
Se unieron dos personalidades tan opuestas que hasta hoy sorprende que hayan alumbrado tamaña obra.
Filiberto, nacido en una familia pobre en La Boca, fue un hombre tosco, de comportamiento elemental, carácter inclinado al enojo y sin formación educativa —lo echaron de la escuela antes de terminar el curso— ni musical, pese a que resultó un prolífico compositor. Recién aprendió solfeo y piano a los 25 años, aunque desde adolescente actuaba en cafetines tocando “de oído”, justificándose de manera inusual:
—El único gran factor para hacer música es un sentimentalismo innato, nada más. Y mi música, nacida de lo criollo, es muchas cosas juntas pero, sobre todo, sabe expresar los sentimientos. Para mí la técnica es un medio, no un fin. La técnica se aprende, pero el sagrado fuego necesario tiene que salir de adentro nuestro.
Luis Mario, en realidad, nunca existió. Igual que “Mario Castro”, fue uno de los seudónimos de la primera letrista profesional en la historia del tango: María Luisa Carnelli, penúltima de diez hijos de una familia de clase alta de La Plata:
—Mi pasión siempre fue escribir. Como en casa mi padre había impuesto cual ley que no entrara el tango, comencé por la poesía y publiqué varios libros. De ahí es que nunca registré tangos con mi nombre; él jamás se enteró y murió satisfecho de mi “pureza”. Cursé mis estudios, me casé joven, tuve un hijo y me separé. Ahí me dediqué al periodismo, viajé por más de 20 países y cubrí como corresponsal la guerra civil en España para Noticias Gráficas. ¡Pero el tango me gustaba! Terminé metida definitivamente en él cuando me enamoré del escritor Enrique González Tuñón, hermano del poeta Raúl.
Filiberto, a pesar de su preferencia por Cuando llora la milonga, compuso, entre tantos, nada menos que Quejas de bandoneón, El pañuelito, La vuelta de Rocha, Malevaje, Yo te bendigo, Caminito, Clavel del aire, Linyera y Botines viejos, tango del que hay una versión instrumental, a tres guitarras, en el último disco de Los Olimareños antes de su separación.
Para María Luisa, su tango inicial fue El malevo, con música de Julio De Caro, homenaje a Carlos Muñoz, nombre real del poeta Carlos de la Púa; luego apareció Cuando llora la milonga, y precisamente correspondió a Muñoz propiciar el encuentro entre ella y Filiberto, y siguieron Se va la vida, estrenado por Azucena Maizani —que todavía se discute si fue su composición original—, Primera agua, Dos lunares, Moulin Rouge, Pa’l cambalache y otros, junto a una docena de milongas, estilos y zambas.
Pero hay más curiosidades.
El mismo Filiberto, que amaba a Canaro y negaba a Piazzolla, sin embargo, conoció la música clásica y llegó a exclamar, luego de escuchar la Novena Sinfonía: “¡Beethoven es mi Dios!”.
María Luisa calificó de “un error” a Discépolo, solo aceptaba como buenos letristas a Navarrine y a Manzi y repetía que “el tango había muerto” a partir de 1940.
Y para el cierre, una perlita: hay cientos de grabaciones de Cuando llora la milonga; muchos se han agotado buscando la de Troilo. No existe. Solo lo tocó en escenarios, con la voz de Jorge Casal.