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    Lluvia, fútbol, faltazos

    A fin de año los profesores nos topamos con un problema angustiante: muchos alumnos están en el límite de faltas.

    El ausentismo liceal me abruma; los políticos lo atribuyen a los aburridos docentes. Pero sé que no es así. Los alumnos se enferman y a veces traen certificado médico, como las normas exigen. (En un liceo nos enfermamos todos: alumnos y profesores. Los virus y bacterias flotan en clases apiñadas como una nube invisible).

    Como muchos chicos son pobres, no tienen SEMM, ni SUAT y Salud Pública no corre a tomarles la fiebre. Un arrugado certificado no siempre llega a las manos docentes. Luego están los que cuidan hermanitos, abuelos, madres operadas…o las adolescentes que se quedan con su bebito.

    Unos cuantos chiquilines solo enseñan una carta de la casa. Un papelito. Intento pensar que no es falso.

    Otros trabajan. No es fácil trabajar y estudiar (bien lo sé yo). El patrón les cambia el día, los hace quedarse más tiempo, están a prueba, hicieron una changa, se quedaron dormidos por cansancio, etc. E incluso está el ausentismo misterioso: las adscriptas lo resuelven tras una larga charla a puertas cerradas, oficiando de psicólogas.

    Pero también surge un ausentismo risueño. Si llueve, ralea la asistencia. Un grupo de chicas encantadoras faltó la clase pasada. Les dije en rima: “Picaronas, se hicieron la rabona…”. Contestan: “¡Pero profe…si llovía!”. Las alertas empeoran el miedo a la mojadura. El cambio climático y sus diluvios conspiran contra la Educación Pública. ¡Con naranja no se pasa lista!

    En ocasiones, por Facebook, una clase decide faltar ¡todos juntos!: como nadie va…quizás el profesor se apiade.

    Luego está el “Juega Uruguay, profe…”. El fútbol es la religión de muchos laicos uruguayos y el profesor que protesta por el ausentismo está violando la libertad de culto.

    Los días de escrito, como por arte de magia, los chicos no aparecen. A la clase siguiente: “No pude estudiar porque…” o el rotundo y redondo “tuve un problema, profe”.

    Este año hubo una larga huelga docente. Sus alegatos eran justos, sin duda, pero como muchos profesores daban el asunto por perdido, iban a trabajar. A pesar de que los paros eran llevados por el gremio docente… los alumnos no concurrían. La voz divina del informativo había decretado: “Hoy no habrá clase en los liceos públicos de Montevideo”. Por nada del mundo decían que el paro era de profesores, no de alumnos, y que muchos docentes pasaban horas aburridos y tristes en sus puestos de trabajo.

    Y luego está el corazón del profesor. La pena infinita de poner faltas y faltas a sus alumnos queridos, los chicos de la clase baja uruguaya que han hecho los deberes, estudiado para los escritos (aunque sea en otra fecha), levantado la mano para hacer comentarios atinados y divertidos, que han seguido la clase con avidez, que han escrito con su letrita de araña una carilla, en un mundo en donde cada vez se escribe menos.

    Pero el corazón del profesor no evita faltazos en días de lluvia.

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