N° 1788 - 30 de Octubre al 05 de Noviembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl episodio es conocido: David mandó a la muerte a Urías, un simple hombre cuyo único problema era tener una esposa a la que el rey deseaba ardorosamente. Dice la Escritura que el Señor envió a Natán para que reprendiera a David por semejante pecado:
“El Señor envió a Natán para que le dijera a David: —Había dos hombres que vivían en una ciudad. Uno era rico, y otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y ganado. Pero el pobre no tenía nada, excepto una ovejita que había comprado y criado. La ovejita creció en su propia casa junto con él y sus hijos, comía de su comida, bebía de su vaso y dormía en su regazo. Ella era para el hombre pobre como su propia hija. Sucedió entonces que un viajero llegó a visitar al hombre rico. Este quería ofrecerle de comer pero como no quería matar a ninguna de sus ovejas ni ganado para alimentar al viajero, tomó la ovejita del hombre pobre y la mandó preparar para darle de comer a su huésped.
David se enojó tanto contra el hombre rico que le dijo a Natán:
—¡Tan cierto como que el Señor vive, que el que hizo eso merece la muerte! Debe pagar cuatro veces el valor de la oveja por haber cometido este acto terrible y no haber tenido piedad. Entonces Natán le dijo a David: —¡Tú eres ese hombre!”.
La función que cumple Natán en la conciencia de David —que lo llevará a arrepentirse sin remedio, a implorar perdón, a sentirse avergonzado por sus horribles faltas— es la misma que cumple la conciencia moral en la conducta de cualquier persona racional, es decir, pone luz sobre uno mismo, escinde el Yo mediante la reflexión: por un lado el Yo que ejecuta una acción y por otro el Yo que la piensa, que la juzga. Si esto es innato o adquirido, importa poco. En un extremo de la discusión está Santo Tomás de Aquino, quien nos enseña que esa inclinación a buscar el bien y evitar el mal está inscripta en el corazón del hombre bajo la forma de ley natural, que es una suerte de ley en la Tierra que refleja u obedece la ley divina. Para Voltaire, en cambio, esa conciencia es más histórica que permanente, depende de las circunstancias, de la educación recibida, del ambiente en el que discurre el sujeto: “Nuestra conciencia la inspira la época, el ejemplo, el temperamento y la reflexión. El hombre nació sin ningún principio, pero con la facultad de recibir todos los principios; su temperamento puede inclinarle más a la crueldad que a la dulzura, o viceversa; su entendimiento le hará comprender un día que el cuadrado de doce es ciento cuarenta y cuatro, que no debe hacerse a los demás lo que no queremos para nosotros; pero no podrá comprender por sí mismo esas verdades en su infancia, porque no entenderá la primera y no sentirá la segunda”.
Cualquiera sea la elección de la fuente, lo cierto es que su mera existencia indica que el hombre tiene siempre la ocasión de verse, de operar sobre sí con independencia de sus pasiones, de sus perturbaciones; su reflexión tiene acaso la misma distancia que la reflexión que él mismo llevaría adelante respecto de otro, de un extraño; es una pausa, como una suerte de suspensión de la existencia: nada de lo vivido o de lo sentido contaminará la pureza del juicio que habrá de emitir; por eso se dice, con razón, que la conciencia, si le damos lugar, es siempre un amo severo.
Nunca lo vi mejor expresado que por uno de los asesinos que contrata el buen Ricardo, duque de Gloster, en su carrera por convertirse en Ricardo III contra toda legalidad. El parlamento tiene lugar en la cuarta escena del primer acto, cuando él y un colega de abominación se disponen a darle muerte al duque de Clarence. Acerca de la conciencia, dice sabiamente el asesino: “¡No quiero tener nada con ella; es una cosa peligrosa! Hace del hombre un cobarde, no puede robar sin que le acuse, no puede jurar sin que le tape la boca, no puede yacer con la mujer de su prójimo sin que le denuncie. ¡Es un espíritu ruboroso y vergonzante que se amotina en el pecho del hombre! ¡Todo lo llena de obstáculos! Una vez me hizo restituir una bolsa de oro que hallé por casualidad. Arruina al que la conserva; está desterrada de todas las villas y ciudades como cosa peligrosa, y el que tenga intención de vivir a sus anchas, debe confiar en sí propio y prescindir de ella”.
Me gusta lo que en su discurso implica el asesino; se trata de una magnífica ironía y de una crítica perfecta de Shakespeare a los desarreglos que padecemos en el trabajoso trato con nuestros semejantes. Es cierto: la conciencia pone sobre la conducta una luz impiadosa, es como si alumbrara un rostro tenebroso, o una llaga, o un despojo. Voy a corregir lo que señalé más arriba: lo interesante de la conciencia no es que juzgue, sino que simplemente muestre.