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    Lobo está

    Claudia Anselmi en el MNAV

    Un visitante solitario recorre la enorme sala del museo. Pasa entre grandes paneles colgados del techo. Llegan al suelo, ocupan el centro de la escena, llenan el espacio y se interponen en el camino del espectador. El visitante se transforma en caminante. La exposición con los trabajos de la dibujante y grabadora uruguaya Claudia Anselmi (1958) se convierte en un recorrido, una instalación potente, cargada de signos y múltiples significados. Los juegos en el bosque-Que el viento hable se titula esta exposición inaugurada con motivo del mes de la mujer en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), junto a la de Gladys Afamado. Es una muestra interesante, diferente, como un paseo por un mundo de juegos infantiles, de saltos por árboles caídos, de descubrimientos y escondidas, de ruidos y sensaciones primarias.

    Lo curioso e intrigante es que no hay una rama ni un árbol ni un objeto propio de lo que solemos llamar naturaleza. El bosque es una impresionante representación. Es un mundo de sensaciones que se logra con una obra de extrema sutileza y madurez. Hay decenas de paneles colgados como cortinados que invaden y generan un extraño mundo de imágenes, de dibujos, de suaves líneas y tonos delicados. El hallazgo es la transparencia, de telas, nylon y variedad de materiales que permiten cierta volatilidad y movimiento, el roce del cuerpo del espectador que debe involucrarse, internarse en ese mundo de imágenes.

    El título lo dice todo. O casi. Habla del bosque, del juego, del viento. Es como si la naturaleza irrumpiera desde algún lado imposible de definir y ocupara el espacio aséptico destinado a esa magnífica representación. No son cuadros. Es la naturaleza en imágenes quebradas y ubicadas en el camino del espectador; es un bosque de verdad, con la fuerza de la verdad creadora, con la vida propia que le otorga la decisión de un artista. Es un descubrimiento. Entre las transparencias y la ubicación precisa de los paneles, el recorrido es de múltiples sentidos. La vista pasa a través de las imágenes y se mezcla en un juego interminable de superposiciones.

    Por momentos, el bosque se vuelve cargado, denso, complejo. Por otros, la visión atraviesa livianamente hasta descubrir ciertas imágenes en el fondo, algunas siluetas que parecen seres humanos. Son las siluetas de los hijos de la artista, pertenecen a su historia personal, como seguramente pertenezca cada una de las imágenes, de las ramas, de los troncos desparramados por el espacio. Los instala en un espacio de comunión, de encuentro. El trayecto involucra un primer árbol enorme, recostado en el espacio, con las raíces descubiertas. Está en partes, dibujado en tres o cuatro paneles. Uno puede atravesarlo e ingresar al mundo fantástico donde habitan los recuerdos.

    El bosque es parte de todos, el monte salvaje donde alguna vez los niños se internaron para jugar y sentir la emoción del descubrimiento. Todos pueden ver y sentir su bosque particular, con sus caperucitas y lobos, con sus niños perdidos y entrar y salir con sus propias miguitas de pan. El juego es personal, interior, profundamente espiritual. Ese es el valor de esta construcción de imágenes que involucran hasta las paredes de la sala.

    “Hay un árbol madre”, dice la artista. El gran árbol de la vida. La historia y el proceso de la naturaleza, de la humanidad y la cultura envueltas en la trama del arte, de sus técnicas y sus hallazgos. Pero sobre todo, de la novedad y el impulso creador, de la certeza y las dudas, del nuevo orden que impone el viento apenas perceptible que mueve las ramas cuando el visitante recorre la memoria, que esparce las semillas.

    Es notable pensar que este caudal de sugerencias es a puro dibujo, a puro trazo, a pura calidad. Sería imposible todo lo anterior si no fuera así. La instalación en este caso es parte esencial, las imágenes crecen desde las raíces de la mano delicada de la artista. Desde el pie, desde la elección y la búsqueda. La muestra se completa con pequeñas imágenes de bosques recortadas en metal y colocadas contra la pared sobre soportes transparentes. Es parte del juego de la representación, del juego de infancias, de pequeñas construcciones donde la escena está a punto de empezar.

    Los juegos en el bosque-Que el viento hable, de Claudia Anselmi, en el MNAV (Parque Rodó). De martes a domingos de 14 a 19 h. Hasta el 30 de abril.