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    Lope, un prócer?

    Lope de Aguirre era vasco y enjuto. Tenía la cara marcada por la viruela y las fuentes de época lo definen como “poca persona y mal gestado”.

    Mozo aún, pasó a las Indias en 1534. Allí se metió de pleno en la sangrienta guerra civil de los conquistadores en el virreinato del Perú. Desmesurado en gesto y verbo, y desconfiado por nacimiento, “Lope el loco” tenía dos manías: ir siempre a pie, arrastrando un verdadero arsenal, y dormir vestido.

    Sus constantes alborotos llevaron a un juez a condenarlo a azotes. Vengativo, Lope esperó la oportunidad y degolló al magistrado en su casa. Fue condenado a muerte pero huyó a la selva. Una vez amnistiado se involucró en la fracasada conquista de Tucumán, donde flechas envenenadas y broncas internas diezmaron la expedición. De nuevo en Perú, se enroló en la guerra entre el clan Pizarro y el emperador.

    En 1552 el vasco formó parte de la sublevación del Cuzco contra el virrey Mendoza. Acusado de asesinar al gobernador Pedro de Hinojosa durante el motín, fue nuevamente condenado a muerte y nuevamente logró huir.

    Al año siguiente participó en la sublevación de Sebastián Castilla en Bolivia. Zafó del castigo escapando una tercera vez a la selva. Agraciado con la amnistía general de Alonso Alvarado en 1554, el vasco volvió a las armas. Ya era leyenda.

    Tenía Lope menos de 50 años, las dos manos heridas, un pie casi inutilizado y una hija —Elvira— por toda y única familia, cuando se anotó en la expedición de Pedro de Ursúa, un navarro carilindo de 35 años cuyo objetivo era encontrar El Dorado que ocultaba la Amazonia.

    La expedición partió de la costa peruana en setiembre de 1560. La formaban unos 300 soldados, más de 500 indios y algunos esclavos negros. Lope llevaba a su hija y a su amante, La Torralba; a Ursúa lo acompañaba Inés Atienza, mestiza “moza y hermosa” con quien tenía “dares y tomares”.

    Navegando el Porotongo y el Huallaga, la flotilla se adentró en el Amazonas. Indios hostiles, pirañas, cocodrilos enormes, árboles gigantescos, ruido enloquecedor de papagayos y monos, nubes de mosquitos, remolinos asesinos, calor sofocante y lluvias interminables formaban el ambiente que siglos después sedujo a Werner Herzog para filmar Aguirre, la ira de Dios (1972).

    Las fiebres y las muertes espesaron rápido el clima a bordo. Ursúa respondió con castigos, alimentando el inevitable motín. Fue acuchillado por Lope, quien tomó el poder. Sabiendo que no recibiría más perdones de las autoridades, en mayo de 1561 y en pleno Amazonas, Lope le escribió una carta a Felipe II. La firmó Lope de Aguirre, traidor.

    Ya sin frenos, nombró al joven andaluz Fernando de Guzmán “Príncipe de Tierra Firme, Perú y Chile” y prohibió “los corrillos y las habladurías”. No toleraba que se hablase bajo. Quien lo mirase de reojo era hombre muerto.

    La hermosa Inés fue tirada al agua para evitar peleas entre los hombres. Temiendo conspiraciones, Lope mató a varias personas, incluidos el cura Henao y el propio “príncipe”. Luego anunció un plan delirante: navegarían por el Amazonas hasta el Atlántico, subirían a Panamá, bajarían a Perú y conquistarían todo el virreinato. La tropa para tamaño objetivo eran los sobrevivientes de las pestes y las purgas: unos 130 hombres. Los legendarios marañones.

    En julio de 1561, Lope se plantó frente a la isla Margarita, en Venezuela. La conquistó y masacró su guarnición y su población. Le escribió otra carta al rey, a quien acusó de incapaz (“menor de edad”) y de dirigir “un gobierno de aire”. Firmó como Lope de Aguirre, el Peregrino.

    No contento con ello, se proclamó “príncipe de la Libertad de los Reinos de Tierra Firme y las Provincias de Chile” y le declaró la guerra a España. Bolívar afirmó que esa carta fue la primera declaración de independencia del Nuevo Mundo.

    Desmesurado y atrevido, Lope desembarcó en Venezuela, conquistó la ciudad de Valencia y estableció allí su cuartel general. Pero el 27 de octubre de 1561, el vasco quedó acorralado en Barquisimeto. Sus últimos hombres lo abandonaron. Era la hora del fin. Lope apuñaló a su hija Elvira para evitarle “el deshonor de ser colchón de bellacos”. Luego salió de la casa y fue fusilado por sus ex soldados. Su cabeza fue expuesta al público en jaula de hierro, su mano derecha enviada a Mérida y la izquierda a Valencia. El resto del cuerpo le fue dado a los perros.

    Se ha dicho que Aguirre representaba lo mejor y lo peor del carácter español. Inagotable, fanático y aguerrido; insolente e irracional; vengativo, individualista y falto de empatía, sin ayer y sin mañana, Lope desconocía otras banderas que la suya y no respetaba leyes o autoridades.

    Cuando este personaje entró en mi vida, hace 42 años, no me pude identificar con él, ver en él algo común con el colectivo humano al cual yo pertenecía. Hoy he comprendido que Lope de Aguirre fue un prototipo, un ejemplo del latinoamericano que habría de surgir, un verdadero prócer de este continente que un viajero sueco, con gran sabiduría, definió como “un avispero”.