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    Los aprendizajes de la pandemia

    Sr. Director:

    “Algún día, cuando tengamos la perspectiva histórica suficiente, los uruguayos podremos reflexionar con serenidad acerca de todo lo que hemos vivido desde la irrupción de la pandemia”. Así comienza la columna de Adolfo Garcé que el diario El Observador publicó en su edición del 10/4/2021. Y bien, ¿por qué no asumir el desafío de tomar distancia de nuestro presente, mirarnos con extrañeza y asombro para ubicarnos con la imaginación en la posición de un observador con “la perspectiva historica suficiente”? La propuesta consiste en hacer el esfuerzo de trasladarnos hacia el futuro, por ejemplo, al año 2040, para intentar confeccionar un balance de cómo nos comportamos en esta encrucijada, cuán improvisadas o bien meditadas fueron nuestras opiniones y aportes, qué tipo de mensajes intercambiamos, con qué disposiciones colaboramos en los debates que se sustanciaron, cuán dispuestos estuvimos a colaborar en la búsqueda compartida y en la aplicación responsable de aquellas respuestas públicas y privadas que nos permitieran frenar la propagación del contagio viral y neutralizar sus repercusiones económicas y sociales.

    Como es obvio, ese balance consolidado debe abarcar varios capítulos, porque, si bien debe centrarse en los sentimientos, las opiciones y las reacciones de los hombres y las mujeres que participamos como testigos profanos de esta aventura colectiva, es preciso que registremos cómo impactaron sobre nosotros los mensajes y protagonismos de una amplia diversidad de instancias colectivas oficiales y privadas, muy heterogéneas en su composición: organismos internacionales, gobiernos nacionales y locales, partidos políticos, centros de investigación, empresas farmacéuticas y biotecnológicas, organizaciones profesionales vinculadas a la práctica de la medicina, medios de comunicación, colectividades religiosas, gremios, etc. Por otra parte, los mensajes intercambiados y las controversias sustanciadas han abarcado una variedad amplia de asuntos. Así, por ejemplo, todos terminamos convocados a formar nuestros propios juicios en torno a cómo es la dinámica de propagación del virus, a qué dispositivos y conductas frenan su circulación o la propician, a cuáles son las vacunas más confiables y hasta qué punto pueden por sí solas lograr la inmunización colectiva, a las prioridades que deberían guiar a los gobiernos en sus respuestas a la pandemia, así como en el orden de vacunación, etc. A la vez, hemos asistido a múltiples controversias en las que se cuestionan a las fuentes de información, se atribuyen intenciones distorsionantes a algunos de los protagonistas, se explicitan discrepancias entre los propios científicos especializados en la pandemia, se proponen cambios en el derecho de propiedad intelectual sobre las vacunas, etc.

    En todo caso, mi respuesta al desafío planteado por Adolfo Garcé asume un sesgo parcial en la medida en que me propongo abordar solo algunos de los dilemas morales que la pandemia puso arriba de la mesa. Por lo pronto, en esta primera contribución, me limitaré a esbozar algunas conclusiones muy elementales acerca de lo que tuvo de novedosa nuestra reacción como especie frente a la amenaza del Covid-19. Por ahora dejaré de lado los aspectos más sombríos de esta crisis mundial —por ejemplo, el desempeño lamentable de la Organización Mundial de la Salud, el ocultamiento de la información acerca de los primeros brotes en la enfermedad en China, la comptencia desatada por los países más ricos para acaparar los primeros lotes de las vacunas disponibles, las negativas de los laboratorios comerciales a suspender provisoriamente sus patentes, las maniobras de China y Rusia para presentarse como socios benefactores de los países relegados en la rebatiña por las vacunas— para concentrarme en aquella hazaña en la cual me siento orgulloso de participar y que mis nietos podrán reivindicar en el año 2040 como un aprendizaje moral irreversible y un salto hacia delante en la evolución de nuestra especie.

    Un cambio en la sensibilidad moral compartida. ¿Cuál es el número de muertos ocasionados por el coronavirus a escala mundial, desde octubre de 2019 hasta fines de abril de 2021? Durante ese período, hemos sido bombardeados continuamente por noticias acerca de la pandemia, los gobiernos han tomado medidas extremas para combatirla, lo que se ha traducido en restricciones a la movilidad de las personas y en bajas abruptas de la actividad económica, con todas sus derivaciones en términos de aumento del desempleo y la pobreza, de cierre de empresas, etc. Sin embargo, pese a la ola de zozobras y temores, la cifra de muertes es sorprendentemente baja: a pesar del empuje reciente en la India, el país más poblado del mundo, acaba de sobrepasar los 3 millones, después de un año y medio de olas sucesivas. Es baja en términos absolutos, comparada con las muertes provocadas por otras pandemias análogas y más aún, en términos relativos, teniendo en cuenta la cantidad de integrantes de la especie humana que habitan actualmente el planeta, alrededor de 7.500 millones. Al ritmo que vamos, no es demasiado arriesgado suponer que en el año 2021 terminaremos controlando la enfermedad y que la cifra total de muertos no va a sobrepasar los 5 millones de personas. Con esos resultados, la tasa de mortalidad del Covid-19 va a ser muy inferior a las asociadas a las pandemias desencadenadas en el siglo XX: la gripe española (1918-1920), la gripe asiática (1957-1958) y la gripe de Hong-Kong (1968-1970). En los episodios anteriores, la mortandad fue porcentualmente mayor y, sin embargo, la información a ese respecto ocupaba un lugar marginal en los medios de comunicación. Así, por ejemplo, yo tenía un poco más de 20 años y un poco más de 30 cuando se activaron las dos últimas pandemias —ambas originadas en china y posiblemente asociadas a la práctica de consumo de animales no domésticos— y en mi memoria no figuran como centros de la atención y las preocupaciones compartidas a escala de la población mundial. Incluso, en términos absolutos, la actual pandemia no ha llegado a la cantidad de muertes contabilizables en esos dos episodios: algo así como 4 millones en una población más reducida que la actual (las cifras son aproximadas y en alguna otra ocasión trataré de retomar las comparaciones numéricas entre los distintos episodios y sus dificultades).

    ¿Cómo se explica ese cambio radical en nuestras reacciones frente a amenazas tan similares?, ¿por qué gran parte de la humanidad se involucra ahora en la guerra librada a escala mundial contra la pandemia e invierte en ese frente tantas cargas emocionales y cognitivas? Tomando cierta distancia con respecto a nuestro involucramiento actual, ¿se justifica esa disposición ampliamente extendida a adoptar, tanto a en el plano individual como colectivo, medidas rigurosas y extremadamente costosas —en términos de aislamiento y paralización de actividades esenciales— con el propósito exclusivo de frenar la circulación del virus? Al revés, ¿por qué nos resignábamos antes y esperábamos que la pandemia siguiera su curso? Después de todo, sin invocar ninguna autoridad experta en la materia y ateniéndonos a la version más elemental, para consumo infantil, de la teoría evolutiva darwiniana, ¿no cabe esperar que el propio proceso de propagación del virus desemboque en un período de dos o tres años a lo sumo en una neutralización de su morbilidad? Por un lado, ¿no es cierto que las variantes más letales, al matar a sus huéspedes, tienden a ser reemplazadas por las variantes menos letales?, ¿acaso no fue la elevada letalidad del ébola lo que terminó reduciendo su expansión? Por otro lado, ¿la misma presión selectiva no elimina a los miembros con menos defensas inmunizadoras —los ancianos, los diabéticos, alérgicos, etc.— mientras que el resto de la población, la inmensa mayoría, termina incorporando los anticuerpos que detienen la circulación masiva del virus y que, en todo caso, reducen la afeccion viral a una dolencia menor y sin secuelas? Supongamos que al final de ese proceso nos quedamos con un saldo de 5 millones de muertos, ¿no sería un precio razonable el que la humanidad debería estar dispuesta a pagar?

    Por un lado, puedo hablar con esa soltura porque a mis 85 años y con mis cardiopatías soy un candidato cantado a formar parte de esa minoría que resultaria eliminada si hubiéramos dejado que las cosas siguieran su curso natural. Por otro lado, dado que para el año 2040 estaré fuera de circulación, me animo a pronosticar impunemente que dentro de 20 años mis estimaciones contrafácticas acerca del curso de la pandemia resultarán confirmadas por amplios consensos cientificos, a pesar de provenir de alguien que, como es mi caso, no ha leído una sola página de los textos especializados disponibles y que, por lo mismo, constituye la fuente menos autorizada y confiable en esta materia. En todo caso, suponiendo que mis proyecciones estuvieran bien encaminadas, cabe preguntarse por qué en esta oportunidad reaccionamos colectivamente de manera diferente. ¿Por qué no nos resignamos a asistir como testigos impotentes a la evolución normal de la nueva pandemia tal como habíamos venido procediendo hasta ahora, limitándonos a atender los casos individuales? En términos muy groseros, la respuesta es que nuestra sensibilidad moral y cívica ha completado un giro y ha ampliado sus incumbencias y responsabilidades compartidas. A partir de ese nuevo giro, ya no podemos estar cómodos ante la perspectiva de que el destino de esos integrantes de la población más vulnerables frente a la pandemia resulte sometido al imperio de la inercia natural y del azar. Esa “incomodidad” es compartida, al menos en el plano público, incluso por los distintos grupos de “negacionistas”, los que por muy distintas razones —algunas mas respetables que otras— se oponen a la adopción de medidas de disciplinamiento colectivo —con alcances fuertemente restrictivos en algunos casos— para frenar el curso de la pandemia, así como por aquellos mismos —y no son pocos— que no acatan las restricciones ni se ajustan estrictamente a los cuidados recomendados (dejo para otra oportunidad la tarea de explicar esas disonancias, la disociación entre la “incomodidad compartida públicamente”, por un lado, y, por el otro, las deserciones y descuidos privados).

    Y bien, de cara a ese cambio de nuestra sensibilidad moral me siento dividido. Por un lado, en cuanto miembro de ese nosotros moral que es la especie humana no puedo menos que experimentar orgullo y satisfacción: nuestra estatura moral ha crecido y hemos dado un paso más, alejándonos de nuestra programación ancestral. En todo caso, no se trata de un aprendizaje aislado. Por el contrario, forma parte del mismo proceso mediante el cual y a lo largo de los últimos 100 años hemos ido revisando nuestras costumbres y disposiciones con respecto a la relación entre los géneros, traduciendo esa revisión en reformas legales trascendentes. Por otro lado, como integrante de ese grupo de sectores vulnerables que resultamos los más directos y privilegiados beneficiarios de los sacrificios y gastos colectivos que se trasladan sobre las espaldas de los estratos más sanos y más jóvenes de la población del planeta, no puedo menos que experimentar cierta vergüenza y molestia, ante todo porque asumo que la prolongación de mi vida por unos pocos años tiene como contrapartida que mis nietos, por ejemplo, sufran recortes severos en sus oportunidades de educarse y participar en actividades colectivas.

    Lo cierto es que tal enseñanza, con toda su relevancia, no es la única que podremos extraer de este episodio. Hay muchos otros aprendizajes y conclusiones que iremos asumiendo en la medida en que vayamos adquiriendo la perspectiva suficiente. Algunos ya pueden ser vislumbrados y nos convocan en particular como miembros de esta comunidad de destino que integramos los uruguayos, tal como espero indicar en una futura contribución.

    Carlos Pareja

    CI 575.187-6