N° 1821 - 25 de Junio al 01 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNadie como Maquiavelo entendió lo que es el poder, cuáles son las notas que lo definen, cómo se conquista, cómo se conserva, cuáles las causas harto frecuentes que explican su disolución o su entrega. Su afición por la historia y su directa participación, como actor o paciente, en las zarabandas de la intriga y de la conspiración le dieron una medida existencial del problema. Sin embargo, con toda esa autoridad no pudo jamás palpar el cuerpo desnudo del fenómeno; lo vio, es cierto, lo entendió como hasta entonces no se había entendido y hasta supo cómo recomendar adecuadamente su uso en distintas circunstancias y a cargo de personajes disímiles. Pero le faltó el ejercicio pleno y deliciosamente hambriento de la cosa, esa sensación de ilimitada expansión del Yo que confunde a los débiles, que desespera a los menguados, acalla a los perplejos, descoloca a los pusilánimes y convierte en leones de tres fauces y mil garras a quienes tienen la grandeza, la ocasión y la claridad suficiente para estar al frente de los destinos de una sociedad y saben cuándo intervenir, cuándo dejar que los hechos vivan a su aire, cuándo castigar, cuándo premiar, cuándo avasallar y cuándo dar libertad y sonrisas para calmar infortunios o conjurar murmuraciones. El poder es una lucha no con los gobernandos, no con los que disputan unas migajas de sus bienes, sino con el tiempo, es algo que traba implacablemente el sentido de la oportunidad con la mirada en los distintos horizontes que abre el porvenir y que no todos saben ver.
El cardenal Richelieu tuvo una relación sentimental, romántica, con el poder y consecuentemente pudo mucho más que Maquiavelo asumir sus minuciosos y arduos detalles y explicar muchas de sus polémicas asperezas. En su Testamento político (Testament Politique de Richelieu, présenté par Arnaud Teyssier, Perrin, París, 2011), expuso algunas consideraciones que hoy tienen relieve académico, pero en su momento fueron apenas apóstrofes de la enérgica acción de su buen gobierno de los intereses públicos. Uno de los puntos sobre los que más discurre en esa suerte de memoria y encomienda tiene que ver con el tema de las persecuciones y los castigos, que tanta fama ha asociado a su nombre. Sus conceptos al respecto son por demás nítidos y constituyen herramientas difícilmente despreciables para quienes tienen a su cargo la conducción del Estado. Por ejemplo: “En materia de crimen de Estado, es necesario cerrarle la puerta a la piedad y despreciar las quejas de los interesados, así como los discursos de la población ignorante que se queja algunas veces de lo que le es más útil y que a veces es absolutamente necesario. Los cristianos deben olvidarse de las ofensas a su persona, pero los magistrados están obligados a no olvidarse de aquellas que son del interés público”.
Consciente de que no será comprendido, y teniendo que lidiar con la torpe indulgencia de Louis XIII, a quien le costaba ver la enemistad y el peligro en la grata hipocresía que le rodeaba, Richelieu dice que el poder del Estado debe avanzar por sobre las amenazas: “Hay mucha gente cuya ignorancia es tan grosera que cree que es suficiente remediar un mal sin establecer una nueva defensa, pero es tan necesario prevenir que puedo decir con la verdad que las nuevas leyes son tanto remedios para el desorden en el Estado como testimonios de su molestia así como pruebas seguras de la debilidad del gobierno, teniendo en vista que si las antiguas leyes fueran bien ejecutadas, no habría necesidad ni de renovarlas ni de hacer otras para impedir que ocurran los desórdenes, que no hubiesen ocurrido sin que una gran autoridad en seguida acudiese a castigar los males cometidos”.
La parte menos elegante de su ponencia sobre el tema es aquella en la que estima la sustitución del debido proceso como necesidad de la salvación pública. Sus palabras relevan de todo comentario: “Las ordenanzas y las leyes son inútiles si no son seguidas por la ejecución, tan absolutamente necesaria, que aunque estén en camino dos asuntos comunes, la Justicia requiere una prueba auténtica, y no es lo mismo en lo que concierne al Estado, pues en tal caso, lo que parece por conjeturas inmediatas debe a veces ser dado por suficientemente aclarado, tanto que los partidos y los monopolios que se forman contra la salvación pública se tratan normalmente con tanto secreto que nunca se tiene prueba contundente, si no es por el acontecimiento que ya no tiene remedio. Es necesario en tales ocasiones comenzar a veces por la ejecución, contrariamente a lo que se hace en otros casos, donde el esclarecimiento del derecho por testimonios o pruebas irrecusables debe ser anterior a todo”.
Recomiendo la lectura de este manual, útil tanto para el noble ejercicio del buen gobierno como para el más indecente y craso abuso de la autoridad.