“El mayor desafío es la disminución del número de católicos que viven su fe en comunidad y la dificultad de nuestra Iglesia de engendrar nuevos cristianos, con el peligro de llegar a ser una madre estéril”, escribió Sturla a sus subalternos.
El 38% de los montevideanos adultos “se identifican como católicos”, mientras que el 18% tiene otra religión y el 43% no se afilia a ninguna, según la encuesta. El informe añade datos del Latinobarómetro que reflejan la caída de la Iglesia: en 1995 el porcentaje de los residentes en Montevideo que se consideraban católicos era 57%.
El cardenal transmitió que quiere que la institución recupere su “mística diocesana”. Y para lograrlo, la Iglesia no puede quedarse quieta, escondida. Por el contrario, Sturla aspira a que sus celebraciones no pasen inadvertidas y sean una “fiesta popular”.
Casi desde que asumió como arzobispo en 2014, Sturla mantuvo una agenda pública activa. Misas para militares, participación en actividades del Partido Comunista y muchas recorridas por barrios marginales de Montevideo.
Su perfil alto —que creció aún más tras su designación como cardenal en 2015— le generó más de un cruce público. Los más fuertes llegaron cuando un grupo de católicos tramitó ante la Intendencia de Montevideo una autorización para instalar una estatua de la Virgen María en la rambla de Buceo. Sturla no tenía el tema entre sus prioridades, pero cuando la Junta Departamental comenzó a debatir el tema y el rechazo a la medida ganaba fuerza, el arzobispo entró de lleno en la pelea pública.
Pese a que perdió esa batalla, Sturla reclamó a sus sacerdotes que no se queden callados. “En un momento en que algunos quisieran arrinconar a la Iglesia volviendo al pasado, es importante vivir con alegría nuestro ser cristianos, sin complejos de inferioridad”, escribió en su carta.
El programa.
Todo es ansiedad y nervios en la parroquia San José, ubicada en Instrucciones y José María Silva. La mayoría son jóvenes universitarios con remeras azules en cuya espalda dice “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo”. Pasan lista de las tareas de cada uno: quién será monaguillo de qué obispo o sacerdote; quién cantará y quién tomará los datos de los más de 200 niños anotados para la celebración de ese día. Están en los últimos preparativos antes de ir a “evangelizar” en el 40 Semanas.
Uno de los universitarios se apellida Algorta. Es alto, flaco y tiene el pelo castaño. En esta ocasión, aclaran antes de salir de la parroquia, se llamará Rodríguez. En el barrio que visitarán su apellido paterno tiene otra carga: la banda de los Algorta está en guerra por el control de la zona. Años atrás habían matado al líder del 40 Semanas, el Tato Segade, y la represalia fue dura. En los enfrentamientos murieron varios de sus integrantes; el último fue su líder, Gerardo Lalo Algorta, acribillado en diciembre de ocho balazos.
Esa tarde habrá dos tandas de bautismos, una en el 40 Semanas y otra al lado del arroyo Miguelete. Las celebraciones son parte de un “programa de evangelización” que lidera el sacerdote Guillermo Striebeck. Es un plan que durará entre tres y cinco años y cuyo objetivo es generar una comunidad católica sólida en la zona, para luego repetir el proceso en otro barrio.
Ahora están en la etapa inicial de “convocatoria”. Van casa por casa, se reúnen con los vecinos y escuchan a aquellos dispuestos a contarles cómo viven. Los invitan a actividades y charlas. Saben que es un barrio complicado, por lo que caminan con cuidado. Aun así, agrega el sacerdote Striebeck, como llevan un “mensaje de paz y humildad” sin discriminar a ninguno, “lo respetan todos”.
Tras una última arenga de Sturla, sucedida por un rezo colectivo, el grupo empieza su caminata hasta el barrio. Algunos cantan, todos cargan cosas necesarias para el bautismo. Los vecinos de José María Silva los miran pasar y devuelven los saludos optimistas de los jóvenes. Consultado sobre si esa imagen de universitarios de buen pasar yendo a un barrio pobre a evangelizar no resulta contraproducente, el cardenal reconoce que puede parecer así, pero que los vecinos del lugar son los protagonistas.
El padre Striebeck, 44 años y 13 de sacerdocio, dirá a Búsqueda días después que a los “jóvenes misioneros” también les sirve la experiencia. “Son de clase alta. Si no los invitáramos, seguramente su geografía solo sería de la costa. Ahora van conociendo y se van relacionando con otras personas”.
La competencia.
La evangelización en los barrios periféricos es una de las prioridades de Sturla. El informe que recibió de la consultora advierte que el “público católico” está muy segmentado, lo que esconde la “amenaza” de que se convierta en “una identidad concentrada mayoritariamente en los segmentos de nivel educativo y socioeconómico alto o medio-alto, y en los segmentos de mayor edad”.
El 48% de los montevideanos de nivel socioeconómico alto se autoidentifican como católicos; la cantidad baja al 39% en el nivel medio y a 22% en el bajo.
A los sacerdotes, Sturla les escribió que en algunos “barrios populares” comenzaron a abrirse paso, pero que en general la Iglesia católica uruguaya corre “peligro de ser una Iglesia de la costa”. Uno de los problemas, explicó, es que la institución tiene presencia en las zonas pobres a través de su trabajo social, pero eso luego no se traduce en un aumento de “la participación en la vida religiosa”. ¿Uno de los motivos? “Hay una dificultad de lenguaje, de tocar el corazón, de llegar con un anuncio explícito”.
El estudio de Equipos dio algunas pistas a las autoridades eclesiales. Una de ellas es que tienen una competencia “muchas veces agresiva” de los evangélicos. “Tanto quienes envían a sus hijos a catequesis como los que no, perciben que las Iglesias evangélicas crecen y tienen mayor empatía con las personas y su situación vital”, dice el informe, que se nutrió de una encuesta y de un estudio de carácter cualitativo. “La expansión evangélica se vive como una derrota del catolicismo frente a la cual se percibe que la Iglesia no tiene respuestas”. Otro punto destacado por el informe a partir de las respuestas brindadas por los católicos interrogados es que “parece haber más actividad y más espacios de sociabilidad y encuentro para niños y adolescentes en las Iglesias evangélicas”.
No duele.
Ese “otro Uruguay” está a 10 minutos en auto de la residencia presidencial de Suárez y Reyes. Aquí, en medio del 40 Semanas, la calle es de tierra y pedregullo. Las casas pequeñas están escondidas por muros de chapa o rejas herrumbradas. Hay pasajes angostos que ofician de calle de otras casas precarias. Hay perros y algún caballo. También un baldío con electrodomésticos y vehículos desguazados con vista al Miguelete. Y hay niños, muchos niños. Hay adolescentes paseando en motos o bicicletas. Hay madres jóvenes, no tantos hombres adultos. Sturla dice que todo está igual en el 40 Semanas. Bueno, casi todo. “El ambiente está más pesado”, susurra.
Esa tarde la tensión se disipa rápido. Los vecinos llegan poco a poco mientras los universitarios cantan y desarrollan coreografías que pocos siguen. Las niñas parecen muñecas, sus madres las vistieron —y se vistieron— con esmero. Los hombres y niños siempre parecen más desarreglados.
Algunos jóvenes bromean a un amigo que llega, pelo engominado y ropa que luce nueva, junto a su pareja y su hija pequeña. Para muchos es un día importante.
La celebración empieza y es un poco caótica. Sturla trata de llevarla adelante con orden, pero acepta que no puede ser demasiado riguroso con la liturgia. Les pregunta si saben de qué se trata el bautismo y les dice, a modo de ejemplo, que es como hacerse un tatuaje porque “dura toda la vida”. Eso sí, el bautismo “no duele”, aclara.
El cardenal hace las preguntas de rigor, tanto a los padres como a los padrinos. ¿Van a criar al niño en la fe de la Iglesia? ¿Renuncian a Satanás y a todas sus obras? ¿Creen en Dios? ¿Y en el Espíritu Santo? Las respuestas, pronunciadas a coro, son las correctas.
Como sucede en cualquier bautismo, la mayoría de los niños lloran cuando llega la parte en que sacerdotes y obispos les mojan la cabeza.
Rescatarse.
La escena se repetirá en la segunda celebración, en un predio contiguo al Miguelete. Ahí habrá todavía más gente y un poco más de desorden. Pero para Sturla y el resto de los organizadores, la jornada es un éxito.
El padre Striebeck toma la palabra al final de cada bautismo para invitar a los vecinos a las próximas actividades de la parroquia. Menciona en especial dos retiros, uno para varones y otro para mujeres, que se desarrollarán en el segundo semestre del año.
El sacerdote argentino, que viene de trabajar en los barrios pobres de Buenos Aires, es una persona optimista pese a todo. Striebeck dirá a Búsqueda que “el mensaje” que llevan es “de una nueva oportunidad”. Su experiencia le dice que gracias a la Iglesia “mucha gente se rescata, recupera su autoestima, recupera una postura que les devuelve la dignidad”.
“El objetivo es que estas personas que están un poco dejadas de lado por la sociedad, puedan sentirse apoyadas”, dice el sacerdote. Y agrega: “No les ofrecemos soluciones mágicas”.