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    Los crímenes políticos

    Columnista de Búsqueda

    N° 2030 - 25 al 31 de Julio de 2019

    La excantante de Rombai, Camila Rajchman, protagonizó la semana pasada un controvertido “experimento social”, organizado por el Instituto Nacional de la Juventud y el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), para concientizar sobre el uso de redes sociales, pero en particular sobre los contenidos que allí se reproducen, comparten y reenvían. El lunes 15 de julio la artista publicó en su cuenta de Instagram un posteo en el que pedía que por favor nadie mirara ni compartiera un “video íntimo” suyo que estaba circulando. Ese día se monitorearon las búsquedas en Internet relacionadas al tema: “video íntimo camila rajchman”, “video prohibido camila rajchman”, “camila rajchman hot”, entre otros, y se comprobaron los picos de búsqueda de algo que, no solo no existía, sino que se estaba pidiendo especialmente que por favor no se mirara porque había sido sin consentimiento.

    Aunque la reacción no sorprende, lo cierto es que sí entristece. El problema no es, como mucha gente entiende, que la cantante se hubiera filmado o dejado filmar (en su cuenta recibió muchos comentarios, que la culpaban por el hecho, del tipo: “Si no te respetás vos misma grabándote, no pidas que te respeten” o “jodete por pelotuda”). La realidad es que Rajchman es una mujer adulta con libertad de hacer lo que le parezca. El verdadero problema está en querer compartir y mirar un video de alguien que no consintió esa circulación. La página del Mides explica que el experimento es, justamente: “Una forma de visibilizar la violencia ejercida, sin distinción del sexo, hacia una persona que podría haberle sucedido el episodio narrado”.

    Sin embargo, la aclaración “sin distinción del sexo” pretende transmitir una neutralidad que no se corresponde con la realidad: la violencia ejercida no es la misma cuando el episodio es protagonizado por un hombre que cuando es una mujer. Como explica Paz Lloria (profesora de Derecho Penal de la Universidad de Valencia), la difusión de videos sexuales no es un delito de carácter neutral, sino que afecta sobre todo a las mujeres, porque penaliza su “ejercicio de la libre sexualidad”, al señalarlas a ellas como culpables.

    Mirar y compartir videos íntimos de mujeres sin su consentimiento (mujeres jóvenes, adultas, menores de edad, famosas o desconocidas), es una práctica que se repite una y otra vez en todas partes del mundo. Muchas veces, el motor es lo que se conoce como “porno de venganza”, que se relaciona casi siempre con alguien que decide hacer pública la intimidad de su expareja, para humillarla. Como todavía vivimos en una cultura de doble estándar sexual para hombres y mujeres, las consecuencias no son iguales para ambos sexos: “Cuando una mujer se sale de la norma, los efectos sobre su honor, su intimidad y su integridad son más graves que para un hombre”, explica Lloria.

    En mayo de este año se suicidó en España una mujer de 32 años, después de que un video íntimo suyo se viralizara entre más de 200 personas de la empresa en la que trabajaba. Durante los días siguientes, búsquedas con palabras clave relacionadas al caso fueron tendencia en varias páginas porno: de este modo, el acoso y la violencia siguieron hasta después de su muerte. Algo similar había sucedido ya con los videos de violación registrados por los integrantes del grupo de WhatsApp “la manada”, en España: en aquella oportunidad “la manada”, “San Fermín” y “violación” se habían vuelto tendencia en algunas páginas porno. Estos ejemplos confirman que hablar de “neutralidad de género” cuando nos referimos a este tipo de crímenes no parece del todo adecuado (a nadie se le ocurrió, por ejemplo, buscar en páginas porno el video íntimo viralizado de Rodrigo Romano en enero de este año).

    El hecho de que el video íntimo de una mujer que se suicida o la filmación de una violación en grupo sean lo más buscado en una página porno habla mucho de la construcción de las masculinidades en nuestra sociedad. La semana pasada, la antropóloga argentina Rita Segato explicaba —en la multitudinaria charla que dio en las Jornadas de Debate Feminista— que los crímenes contra las mujeres no son crímenes de la libido ni crímenes del deseo: son crímenes políticos. Segato (que durante dos décadas entrevistó para su investigación a los violadores presos en la Cárcel de Brasilia), remarcaba la importancia de hacer ese “click” que permita entender que una violación no es un crimen de la sexualidad, no es “un crimen del deseo de los hombres, es un crimen de otro deseo, que es el deseo de poder”.

    A principios de esta semana, la actriz porno brasilera Giovana Bombom contaba en un entrevista que hay muchas productoras de películas con las que elige no trabajar, porque se niega a hacer escenas donde la lastimen: “La sociedad ha creado un porno muy violento. Un porno violento hecho para hombres heterosexuales, donde solo se golpea y se daña a la mujer”, explica la actriz. Tal vez, lentamente, se pueden empezar a vislumbrar los hilos que hilvanan hechos como la viralización de videos sexuales sin consentimiento, la producción de pornografía violenta hacia las mujeres y la violación como deseo de poder.

    Si el video “mal actuado” de Camila Rajchman sirvió en algo para debatir y repensar la construcción de la sexualidad en la sociedad en la que vivimos (dentro y fuera de las redes sociales), entonces ya habrá valido la pena el engaño, ese que duró apenas un día y con el que tantas personas se ofendieron.

    ?? Liderar a la manada