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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos en plena sequía, por tercer año consecutivo. No es sorpresa, es lo que ha pasado siempre cuando en el océano Pacífico se instala el fenómeno de La Niña y no resulta del “cambio climático”, como acaba de declarar el ministro de Ambiente, que, en lugar de ocuparse de tomar medidas para gestionar sensatamente las pluviales como debería estar haciendo, encuentra un culpable que le quita toda responsabilidad. ¿Cómo podría hacer algo si el problema es el perverso “cambio climático”?
Las sequías no solo producen enromes daños a las producciones rurales sino que también afectan la producción de energía eléctrica hidráulica y obligan a UTE a cubrir la demanda con las centrales térmicas, más caras y contaminantes, encarecen los alimentos frescos y llegan a dejar sin agua potable a algunos centros poblados.
Hay pronósticos que afirman que La Niña se irá para el otoño, otros lo pronostican para la primavera, en algún momento ocurrirá y cuanto antes mejor. También sabemos que, tarde o temprano, aparecerá el fenómeno de El Niño y con él recibiremos muy abundantes lluvias, que escurrirán con velocidad crecente, causando enormes daños en las producciones rurales, erosionando los suelos, arrastrando contaminantes a los cursos de agua, inundando áreas pobladas, caminos y hasta carreteras, y finalmente terminan en el océano Atlántico.
En síntesis, nuestro país pasa por etapas en las que le falta agua a otras en la que le sobra, en ambas situaciones los gobiernos toman medidas para paliar los daños que provocan estas situaciones y para ayudar a los damnificados. Lo que llama la atención es que no se tomen medidas preventivas para evitar los daños y para no desaprovechar las enormes cantidades de agua dulce que, escurriendo por nuestro territorio, terminan en el océano.
Parece elemental que retener y reservar las aguas pluviales, en tajamares o pequeñas represas distribuidas densamente por todo el territorio nacional, sería extraordinariamente beneficioso para todos. Por un lado, reduciría y hasta eliminaría buena parte de los daños que su escurrimiento produce cuando llueve en exceso y se obtendrían enormes beneficios usándolas para paliar los efectos de las sequías en las producciones rurales y para incrementar su productividad usándolas para riego; por otro, se reducirían o eliminarían las inundaciones en áreas urbanas o edificadas actualmente inundables y cortes de caminos y hasta de carreteras. En todos los casos se incrementaría la seguridad y se eliminaría buena parte de los gastos que resultan de las medidas que se toman ante las emergencias, así como la cantidad de personas que habría que realojar por estar viviendo en zonas hoy inundables.
Debería ser del mayor interés de los productores rurales capturar y conservar aguas de las lluvias para mejorar la productividad de sus producciones, reducir o eliminar otros daños que las lluvias causan debería ser de interés de la mayoría de los compatriotas, así como debería serlo también de los gobiernos, ya que no solo se evitarían los daños directos, sino que se ahorrarían los problemas y gastos que las sequías y las inundaciones les producen. Gestionar adecuadamente las pluviales es un asunto de interés general y, por ello, además de las acciones individuales, los gobiernos deberían estudiar las cuencas y planificar su gestión, estableciendo los lineamientos generales, asesorando a los productores, eliminando trabas burocráticas, promoviendo las medidas de gestión y facilitando la financiación de la construcción de los tajamares o represas.
Lamentablemente hacerlo no ha estado en las políticas que los pasados gobiernos aplicaron, no es parte del Planagua, ni parece estar en la cabeza del ministro de Ambiente, para el que es un asunto del “cambio climático”.
En unos meses aparecerá el fenómeno de El Niño y probablemente en el otoño del 2024 lloverá mucho en nuestro país, provocando daños e inundaciones como siempre, a pesar de que tomando medidas sensatas son mayormente evitables. A pesar de ello no hay ninguna señal de que se esté trabajando en su prevención, además, ¿seguiremos dilapidando los excesos de agua dulce dejándola escurrir al océano?
Arq. Juan Andrés Sienra
CI 998.166-3