Los debates públicos en tiempos de campaña: ¿funcionales a la democracia o a los candidatos? El rechazo del Dr. Vázquez a los debates públic os, por considerarlos meros “ shows mediáticos”, ha sido terminante. Sabe además que nadie puede obligarlo a debatir. Se ha argumentado sobre la conveniencia para la democracia de que los candidatos discutan. Pero el Frente Amplio cerró filas con el leader. Su presidenta defendió en El Espectador el “no al debate” y la “estrategia de cercanía”, aunque sin mucho peso argumental; el propio Mujica (inhabilitado o no) dijo a Montecarlo que “no cree mucho en los debates”; su señora, la senadora, ya había manifestado desconfiar de las encuestas y también de los debates. El bastón de mando puede que no cambie de mesa de luz, pero el libreto parecería que sí. El propio R. Sendic emitió un mensaje que, aunque indescifrable, culpa a la oposición por no haber querido debatir con un Frente Amplio dispuesto a hacerlo. En resumen, el Frente Amplio no quiere debate.
Nada impide insistir en lo bueno de debatir y en inyectarle contenido a un proceso electoral que fácilmente toma el atajo de la frivolidad y la descalificación barata. Buscar convencer, y no solo seducir, no es mero divertimento mediático, sino expresión de madurez política. El que también sean invitados a debatir quienes no tienen representación parlamentaria, también lo es.
Sin pretensión de politólogo ni especialista en semiótica, intentaré interpretar alguna señal de los candidatos en campaña. En particular la negativa del Dr. Vázquez a debatir, por haber optado hacerlo cara a cara con la gente mientras recorre el país.
Estudiante de medicina a nivel de grado y posgrado, el Dr. Vázquez recibió una formación centrada en la atención al paciente. El entrenamiento profesional no buscaba desarrollar en el egresado destrezas retóricas para convencer a las masas, sino a persuadir al paciente-persona para que se sometiera a tratamiento. No era la lógica del discurso la habilidad buscada, sino el arte de ganarse la confianza. De allí a dotar al médico —como al flautista de Hamelín— de un extraño poder de atracción, hay solo un paso.
Se podrá discrepar con la negativa del Dr. Vázquez a debatir. Pero no que la opción no le haya resultado funcional como candidato. La Facultad no lo habrá preparado para la vida política. Pero nada mal le fue en ella: sin trayectoria política anterior, fue primero electo intendente de Montevideo y luego presidente de la República. No le fue bien, sin embargo, al aceptar debatir con algún egresado de la meca de la retórica y la polémica, como es la Facultad de Derecho. Así se entiende que diga que “el que va arriba no quiere debatir con nadie. ¿Por qué? Porque no tiene nadie arriba”. También ha dicho que desconfía de las encuestas. Pero tan solo como predicción del futuro. Porque bien que les cree cuando dicen que es él el candidato con mayor preferencia en primera vuelta. Y quien sabe que tiene el 40% en la intención de voto en primera vuelta, bien puede darse el lujo de decidir si va a debatir o no. Más todavía siendo consciente de que cuando debatió no le sirvió. ¿Por qué hacerlo ahora? ¿Por la democracia? Es médico pero no bonzo.
Quienes lo desafían son todos ellos abogados, expertos en Derecho comparado, en Ciencias Sociales, en tratados internacionales, en modelos de gestión, y no, como él, en pruebas de laboratorio, análisis clínicos, radioterapia y demás elementos de diagnóstico y tratamiento aptos para convencer cara a cara a sus pacientes. Entre que acepten someterse a la terapia que les propone y que decidan votarlo, hay tan solo un paso hacia el que se desliza muy fácilmente. Aun sin la intencionalidad expresa de querer convertirse en sanador todopoderoso, nadie ignora la dependencia que genera en quien sufre el toparse con quien lo puede curar. ¿Por qué debatir entonces con quien no solo no tiene interés en que el médico lo cure, sino que si puede buscará incluso golpearlo? Es cierto que, en el ámbito privado de la relación médico-paciente, el tema no es la política. También es cierto que dicha relación no consiste en un diálogo entre pares, sino en una interacción asimétrica, aunque se trate de correligionarios.
Y a propósito de correligionarios, cabe señalar que la endogamia, en cuanto consanguinidad, ha estado casi tan presente en la política como en la biología. El cruzamiento exclusivo entre personas de un mismo tronco genera desórdenes genéticos por ser muy alta la probabilidad de que los genes con fallas compartidas vuelvan indefensos a los individuos ante la agresión de agentes externos. La endogamia política acontece cuando los grupos políticos niegan todo valor al “otro”, al políticamente distinto, y optan por “la pureza” del grupo sin percibir el peligro, hasta de desaparición, que ello implica. Como desaparecieron los ciervos de Martín García a fuerza de cruzarse exclusivamente entre sí. La disposición a debatir con los de afuera es, en cambio, una expresión de conducta política antiendogámica. Como lo es la apertura al diálogo por encima de dogmatismos ideológicos intransigentes.
Siempre me sorprendió la presencia en muchas iglesias de dos púlpitos que, a modo de bow window, se proyectan sobre la nave central. Hay quien dice que en algún momento se realizaban desde ellos debates públicos en la misma iglesia. Pero es en el ámbito académico de las universidades donde encontrar la pauta que los debates públicos en la cultura occidental no fueron meros shows mediáticos, sino metodología pedagógica. En el Aula Magna de universidades como la de Salamanca o la de Alcalá se destacaba la presencia de dos ambones a los lados del podio, o al menos de un púlpito magistral. Todo pensado para debatir en el Aula: un discípulo defendiendo desde un ambón la tesis sostenida por el catedrático, mientras otro calificado estudiante exponiendo desde el colateral los argumentos sostenidos por los adversarios. El resto del alumnado conformaba el coro que, a tiempo o destiempo, podía llegar a intervenir.
El Dr. Vázquez debe estar bien familiarizado con esos antecedentes del mundo académico. Aunque tal vez no necesariamente con que fue en ese contexto de debate en que nació el “derecho al pataleo”. Porque fueron precisamente los estudiantes quienes, por resistirse a tener que estar sentados en el piso frío y duro de aquellas Aulas, o por tener que calentarles el asiento a algunos privilegiados, o para expresar su disenso con lo sostenido en Sala, que inventaron lo que terminó constituyendo el derecho al pataleo como forma de hacerse oír, a patadas en el piso, hasta que sus demandas fuesen contempladas.
No sorprende, pues, que fuese desde el púlpito del Aula de Salamanca que Fray Luis de León comenzase una de sus clases con la célebre frase “decíamos ayer”, pronunciada luego de cinco años de interrupción de su actividad docente, debido al encarcelamiento impuesto por el Santo Oficio de Valladolid. Amante del debate público, había sido delatado a la Inquisición por aplicar su conocimiento del hebreo para criticar los errores de la traducción latina de la Biblia. En su hora, y desde el mismo estrado, Miguel de Unamuno expondría públicamente sus ideas, por lo que pagaría el costo de ser destituido por Franco como rector de Salamanca. Debatir en forma abierta ante un público plural significa una cosa distinta, y de distinto riesgo, que conversar en la calle cara a cara con la gente. Cada uno hará lo que quiera y más le convenga. Pero no son opciones de lo mismo.
El Dr. Vázquez seguro que no habrá de debatir. Lo ocurrido en el Paraninfo de la Universidad parece haber sido prueba suficiente de ello. Sería al Dr. P. Mieres a quien tocaría, en esa oportunidad, enfrentar el derecho al pataleo de quienes desde el público manifestaran su discrepancia con la posición del P.I. sobre la megaminería.
Y para terminar, dos cosas parecerían estar claras y una tercera no tanto:
La primera es que sin debates públicos temáticos, abiertos y de amplia audiencia, presencial o a distancia, será imposible enriquecer la campaña electoral, que se irá tiñendo, cada vez más, de un tinellismo decadente. La mayoría ciudadana se informa hoy a través de los medios audiovisuales. Negarlo más que miopía sería necedad. Tal como creer que con solo el cara a cara con la gente es posible cambiar las estadísticas. Debatir públicamente conlleva muchos riesgos. Quien tenga mucho para perder en caso de hacerlo, encontrará cualquier excusa para negarse.
La segunda es que quien no fue académicamente preparado para el debate, ni se fogueó en ámbito parlamentario alguno, no querrá debatir. Quien se formó para curar usando el bisturí o aplicando radioterapia, y se inició en la política entregando computadoras o bajando de ocho a seis la carga horaria de los municipales, es porque tiene vocación de Poder Ejecutivo y no vocación para debatir. Necesitará de mayorías parlamentarias pero para que sean sus correligionarios quienes discutan, al tiempo que le allanan el camino para que él pueda ejecutar.
La cosa que no está clara es por qué Andebu, ante la no participación del Dr. Vázquez, es decir del oficialismo, decidió no organizar el debate que se le solicitara. No han sido dadas a conocer públicamente las razones y no se percibe que la ausencia del favorito invalide necesariamente la voluntad de los demás de querer debatir.
Satisfacer el deseo de muchos de que se debata quedó supeditado a la voluntad y a las posibilidades de la oposición, a quien, por lo demás, nadie quiere seguir oyendo lamentarse. El desafío es el de desplegar, en la forma que sea, los paradigmas societarios de cada uno, las propias propuestas programáticas y todo lo que sirva para conquistar adhesiones por convicción y no por mero look o tronar de jingles pegadizos.
Lic. Alejandro Bonasso Lenguas
CI 807.357-8