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    Los empresarios creen que el Frente Amplio en el gobierno aplicó “mucha ideología”; hubo diálogo pero “resultados son muy malos”

    Un relacionamiento poco eficaz, tanto con el gobierno como con la central sindical. En estos años de administración del Frente Amplio, el empresariado no vio contemplada su visión en las políticas del país y fue, desde la dirigencia del PIT-CNT, denostado e insultado. “Tenemos que empezar a incidir de otra manera”, afirmó el presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales, Diego Balestra.

    “Cuando uno está atomizado, muy sectorialmente, es mucho más fácil golpear y dividir. Basta darle a unos una cosa y a otros no darle (…) Y ese juego tan viejo de ‘divide y reinarás’, a los empresarios —muy metidos en su día a día— les impidió hacer lo que tenían que hacer”, señaló.

    El titular de esa supra gremial —que nuclea a una veintena de cámaras de diversos sectores de actividad— presentada a fin de agosto, dijo que los gobiernos frentistas aplicaron “mucha ideología en muchas cosas” y ahora buscan firmar un tratado de libre comercio (TLC) “con el que venga”.

    Aseguró que el país enfrenta una “crisis significativa” porque “está más endeudado, tiene que subir los impuestos” y no puede “ajustar las tarifas a la baja como habría que hacerlo para mejorar la competitividad”. Y agregó: “No podemos decir ahora que  el impacto viene de afuera. Porque afuera el petróleo cae, afuera los precios del combustible caen en todos lados y en Uruguay no bajan. Y no bajan porque hay que enjugar una pérdida de U$S 800 millones”, se quejó, aludiendo a Ancap.

    Lo que sigue es una síntesis de la entrevista con Búsqueda.  

     

    —Durante los gobiernos del Frente Amplio el país registró un crecimiento económico más alto que el promedio histórico. ¿De qué forma aprovechó el empresariado esa situación?

    —El cambio en el signo fue en el último trimestre de 2003. Fueron 11 años de crecimiento constante, un período muy bueno que generó nuevos puestos de trabajo. La rentabilidad mejoró sin duda, no en todos los sectores por igual. Sirvió para recomponer algunas empresas que habían quedado muy castigadas durante la crisis. Las utilidades permitieron aumentar y mejorar la calidad de la producción reinvirtiéndolas. Uruguay acomodó su parque productivo, en equipos y maquinarias.

    —¿Qué balance hace sobre los cambios en las relaciones laborales ocurridos en esos años?

    —Fue un momento muy complicado. No se tuvo en cuenta la visión de los empresarios, a tal extremo que terminamos con una demanda en la OIT que todavía está pendiente.

    Mirado en perspectiva, se habló mucho de los Consejos de Salarios, si bien se instalaron de vuelta; siempre hubo negociación. Como todas las cosas, se trata de hacer una lectura un poco oblicua. Tiene que existir un ámbito de negociación, pero tiene que ser bipartito y por empresa. Cuando uno cede a determinadas tentaciones y lo hace tripartito y lo negocia por rama es que se empiezan a generar los grandes problemas que se están viviendo hoy. Aquí siempre la negociación es tripartita y si bien el gobierno dice que es neutro, creemos que no lo es. Y es la razón del artillero: simplemente donde están los votantes.

    —Otro cambio que trajo el primer gobierno del Frente Amplio fue a nivel tributario, con la reforma de 2007. ¿Fue positiva o negativa para las empresas?

    —Si bien en el primer momento tuvo sus complicaciones, como todo cambio, en definitiva ordenó y vino a ajustar una serie de cosas que se habían venido retocando sin la profundidad necesaria. Se derogaron una cantidad de tributos, aunque no se llegó a cumplir lo que se dijo de que el Impuesto al Patrimonio se derogaba y luego se afirmó: “No la derogamos para no perder la serie estadística”. Y quedó de una manera nominal. Hoy, tenemos un patrimonio afectado ya violentamente, porque después se utilizó como recurso cuando las cosas no funcionaron bien.

    Ahora el gobierno tiene un déficit y es porque gasta más de lo que recauda; cuando pasa eso la solución es gastar menos. No hay otra.

    Un tema que está preocupando mucho y vamos a ver si lo encara la confederación es el impuesto a la renta. Preocupa mucho que del año 2007 para acá se hagan cambios y se quiera reinstaurar retroactivamente, no solo por el hecho de que es un cambio en las reglas de juego y que es una muy mala señal, sino porque no corresponde.

    —Más allá de todo esto, ¿cómo evalúa el relacionamiento del empresariado con estas tres administraciones frentistas?

    —La relación de diálogo es buena y uno puede plantear. Ahora, cuando uno analiza de todo lo que planteó, de todo lo que dijo, de todo lo que le escucharon, cuánto fue aceptado y cuánto se ejecutó se da cuenta que los resultados son muy malos. Se priorizaron otras cosas, se aplicó mucha ideología en muchas cosas. Por ejemplo, sobre la inserción internacional en su momento decíamos que si no se quería llevar adelante un TLC con Estados Unidos, por lo menos que se analizara. Hoy, 11 años después, estamos como locos tratando de buscar un TLC con el que venga, llámese Inglaterra, Chile o China. En retrospectiva, ¿perdimos estos 11 años? Es una pregunta que me hago.

    —¿En qué aspectos cree que el gobierno no hizo bien las cosas?

    —Cuando uno analiza las medidas que se tomaron para que el desarrollo fuera sostenible en el largo plazo… Ahí es donde uno ve que hay una cantidad de medidas que se tomaron mal, que Uruguay no está en condiciones, que hoy estamos pasando una crisis significativa que esperemos no se profundice. Hoy el país está más endeudado, tiene que subir los impuestos, no se pueden ajustar las tarifas a la baja como habría que hacerlo para mejorar la competitividad que estamos perdiendo, debido a problemas anteriores.

    Y cuando hubo una coyuntura favorable, el gobierno se la atribuyó toda a que había sido resultado de las políticas; la coyuntura actual también es resultado de la misma política. No podemos decir ahora que  el impacto viene de afuera. Porque afuera el petróleo cae, los precios del combustible caen en todos lados y en Uruguay no bajan. Y no bajan porque hay que enjugar una pérdida de U$S 800 millones. Y esa pérdida no fue por el pueblo, no fue por los trabajadores, no fue por los empresarios. Eso tiene un nombre y apellido. Y llegó el momento de sincerar las cosas porque la realidad rompe los ojos. Una empresa privada que hace una gestión, se equivoca y pierde esa cifra de dinero —no importa la intencionalidad, puede ser de buena fe— está fundida, cerró. Aquí hay responsables, gestores, gerentes, directores, presidentes, de una gestión de la empresa pública más grande que tiene el país. Y pasó lo que pasó, y parecería que la culpa la tiene otro. Pero la única manera que se está salvando la culpa es que todos los uruguayos seguimos pagando. Claro, cuando usted recibe cantidades siderales de dinero porque la situación es altamente favorable nada se ve, pero cuando no alcanza se empiezan a ver los problemas. Yo no sé si vimos todos los problemas todavía o si vamos a seguir viéndolos, ojalá que no.

    Otra cosa que preocupa es la situación de la educación. Estábamos mal, seguimos mal y no se visualiza para adelante un cambio. Uno mira lo que ha pasado en los últimos dos años y no son buenas noticias, porque del planteo de  reforma prácticamente las tres jerarquías encargadas del tema no están más. Y quedan tres años.

    —¿Qué análisis hace sobre la relación de los empresarios con el PIT-CNT?

    —Cada uno está en los roles que tiene que estar. No voy a opinar sobre qué es lo que hace el PIT-CNT, si estoy de acuerdo o no, no corresponde. Pero debería haber otro tipo de relacionamiento. Es muy difícil sentar en la mesa a gente a discutir determinados temas cuando una de las partes, su metodología de trabajo es denostar, de alguna manera insultar y poner a la contraparte como el responsable de todos los males que existen.

    Pero las cosas son como son. Los hombres creen que tienen que hacer cosas para que otros los aplaudan, los sigan o los voten y para estar donde ellos creen que tienen que estar. La falta de acuerdos y de intercambiar ideas de manera civilizada es un debe grande. Creo que han crecido, se han formado, han logrado generar una central muy potente, y también eso genera los problemas.

    —¿La confederación surge como respuesta al fortalecimiento del sindicalismo que se registró con el Frente Amplio en el poder?

    —Esto no es resultado de, ni en contra de. Es una vieja idea de los empresarios: estuvo la Intersectorial, la Intergremial, el Cosupem, las 24, las cinco gremiales… Hubo cantidad de intentos de mantenernos unidos porque eso genera sinergias, una manera de presentarse, de poder hacer ver determinadas cosas; cuando uno está atomizado, muy sectorialmente, es mucho más fácil golpear y dividir. Basta darle a unos una cosa y a otros no darle, invertir los roles. Y ese juego tan viejo de “divide y reinarás” a los empresarios —muy metidos en su día a día— les impidió hacer lo que teníamos que hacer.

    Buscamos trabajar en los temas de mediano plazo importantes para el país, para los empresarios. Tenemos que empezar a incidir de otra manera, siempre con planteos con sustento.

    Este sector que emplea a 1,2 millones de trabajadores y representa 85% del Producto Bruto del país, tiene mucha cosa para decir y aportar. Eso cambia la imagen, ayuda a los gobiernos. La confederación tiene que empezar a hacer ver que ser empresario es una buena cosa: el país necesita más empresarios, gente que se arriesgue, no gente que diga: “A ver cómo es la cosa, un puestito público está bastante bueno”. Tenemos que cambiar esa mentalidad.