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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace muchos años leí algo de la historia de la revolución de 1904. Me acuerdo que lo que más me impactó fueron las batallas de Mansavillagra e Illescas. Y es que yo crecí muy cerca de esos sitios. De hecho, fui a la escuela en Puntas de Mansavillagra y el hecho de conocer esos lugares, de ver los alambrados con piques de hierro, hizo que imaginar a los muertos y a los heridos, no sé, los hiciera más reales. Hizo que dolieran de una forma muy “propia”.
Yo no soy enfermera, pero trabajo desde hace quince años con enfermos oncológicos. La relación que tenemos con los pacientes es sumamente especial. En la cartelera de la clínica hay montones de cartas de agradecimiento de los pacientes y de sus familiares. Nos mandan tarjetas de fin de año, llaman para contarnos cómo están y para interesarse por nosotros. Y es algo tan obvio y básico para todos los que trabajamos allí, que de hecho nos llama la atención que los pacientes y sus familias se muestren agradecidos. Hace años, un paciente me preguntó cómo era que siempre estábamos con una sonrisa en la cara, y le dije que nos salía la misma plata ser simpáticas que ser antipáticas, y que preferíamos lo primero. Simplemente porque es de orden.
Y el formar parte en cierta medida del mismo gremio que esos “enfermeros” de los que tanto hemos hablado en estos días, hace que el dolor sea, también, más propio. Es como mirarse al espejo y ver reflejada a la Maldad y es espantoso. No soy capaz de explicar el dolor que genera, pero le puedo asegurar que duele en serio. Bueno, la traición siempre duele.
“La Enfermería es un llamado superior, un llamado honorable...” (Florence Nightingale).
Atentamente,
Ma. Pía Basso Piana
CI 2.575.570-9