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    Los extremos de la vida

    Sr. Director:

    Tenemos una deuda impaga con la infancia más desvalida de nuestra sociedad, aquellos niños que nacen en los estratos sociales menos favorecidos. Todos los gobiernos intentaron hacer algo, pero nunca fueron más que acciones no coordinadas, y por lo tanto, no totalmente eficaces. Los centros CAIF fueron un gran adelanto, pero no se coordinaron con un antes, y, tal vez, ni con un después.

    En 1954, el profesor Ramón-Guerra intentó algo que se llamó el Plan Aduana, donde se controlaban a los niños ingresados en el HPR y se les daba las instrucciones para que, una vez de alta, se coordinara su atención en algún lugar de atención primaria periférica, que, por cierto, no abundaban en esos tiempos. Justamente, ese es el problema.

    Tal vez sería bueno que en todas la maternidades del país, se determinara, frente a cada niño que nace, y creo que fueron alrededor de 35.000 en el último año, cuáles están en los estratos que requerirán un seguimiento y se los identifique. Que se los siga en la atención periférica, que se coordine con el Mides y algunas ONG, el seguimiento y el apoyo a esa madre y a ese padre, ya sea con el apoyo alimentario adecuado a la madre que amamanta, y, posteriormente a ese niño, como un apoyo  pecuniario y de los cuidados elementales. No todos los niños nacen en familias continentes, que puedan ayudar a la madre.

    Lo mismo en su seguimiento en su desarrollo, coordinando con el pediatra tratante, que llenaría una ficha electrónica donde poder resaltar los problemas, que lleguen a una central donde se atiendan los problemas que surjan.

    En su educación posterior, se haría también una coordinación para que vaya a lo indicado a su edad, en su barrio o en el barrio donde trabaja la madre, y así seguiríamos.

    No podemos tener niños mal alimentados, que no desarrollen su cerebro, son potencialidades que la sociedad toda está perdiendo.

    Mi llamado es para que todos los  partidos, las empresas y todos los especialistas se sumen a la tarea, pero ya. La hoja de ruta no debería ser muy ambiciosa al principio, pero con una progresión permanente. He leído numerosos artículos sobre el tema del economista Alejandro Cid, decano de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de Montevideo, quien, a su vez, cita numerosos trabajos científicos bien diseñados, llevados a cabo en EE. UU. y Canadá, donde pequeñas intervenciones evaluadas en el tiempo, produjeron muy buenos resultados.

    Tenemos una tasa de natalidad que no augura buenos tiempos futuros y por eso, si siempre debió ser así, hoy, más que nunca, no se puede “perder” ningún niño.

    A su vez, hay un destrato hacia la tercera edad, haciéndola competir por los recursos con los niños. ¿Quién no daría la vida por un nieto? Si, pero sin ser tan trágicos, ¿cómo no poder convivir en una sociedad que se precie de ser justa?

    Hay destrato en arrumbarlos en “casas de salud” inhumanas, en no asegurarles los cuidados a los no autoválidos.

    Pero a los que pueden valerse por sí mismos, también se los destrata. Por ejemplo, con la libreta de conducir, todo un tema en el Uruguay. Una vez más, no se toman experiencias de otros países. Por ejemplo, en Francia, hay que tomar 45 clases, muchas veces se pierden los exámenes, pero, se enseña un manejo defensivo. La libreta es de por vida, lo cual puede ser excesivo, pero suelo pasar períodos largos en París, y en las entradas a la ciudad un domingo de tarde, es común ver columnas de seia autos que doblan con un estricto orden, donde no se rozan, y si alguien hace señas para doblar, se lo deja hacer, aunque uno pueda decir algo para sí mismo, sobre la conducta esa, pero jamás un insulto destemplado ni una maniobra para interrumpir su paso, etc. Hay multas muy fuertes pero sobre todo para aquello que atente contra la vida humana (la velocidad no es considerada en ese punto) por ejemplo, no respetar un semáforo o una cebra.  Pero sin llegar a eso, por qué no hacer para la gente mayor, una libreta para manejar en el condado, acá equivalente a manejar en el barrio, y no someter a destrato verbal y psicológico a las personas que quieren su auto para un mínimo desplazamiento que les dé una sensación de independencia. Las estadísticas sobre accidentes graves, avalan esta sugerencia. Los viejos votan. Pero no habría que priorizar a ninguno. Hagan ambas cosas y, tal vez, en 20 años, seamos una sociedad más justa y más feliz.

    Muchas gracias por su atención.

    Cordialmente,

    Dra. Stella M. Cabeza