N° 1991 - 18 al 24 de Octubre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáParece que varios jerarcas del gobierno, seguramente cegados por su antifaz ideológico o condicionados por las fuerzas más radicales de su partido, no paran de equivocarse y de quedar identificados, tristemente, con lo peor y más infame de la región. Es tan enorme el ridículo que hacen y tan sugestiva la inclinación uniforme que demuestran por defender a corruptos, que ni parecen advertir que los ciudadanos de los respectivos países involucrados se pronuncian en forma categórica y coincidente contra sus amigos y aliados políticos.
Desde hace tiempo, Mujica no para de apoyar a su gran amigo condenado por corrupto Luiz Inácio Lula da Silva, pretendiendo desconocer varios fallos confirmatorios de la Justicia brasilera, no solo proclamando su inocencia sino participando en movilizaciones exigiendo su liberación. También hace algunos años, cuando recién había dejado la presidencia, Mujica viajó a Buenos Aires a darle su respaldo a Daniel Scioli, candidato —de la también corrupta (hoy tiene seis procesamientos)— Cristina Fernández de Kirchner. Hace algunas semanas, cuando las encuestas ya anunciaban que en Brasil Bolsonaro era favorito por buen margen, nada menos que el canciller de la República Rodolfo Nin Novoa se despachó, sin decir una sola palabra sobre las causas del derrumbe del PT, con una frase inexplicable para un diplomático de alto rango (más cuando se refiere a un país vecino y socio comercial): “Ojalá que las encuestas le erren”. Solo días después, la ministra Kechichian escribió en Twitter que “lo peor viene disfrazado de antisistema” en referencia a la casi segura victoria de Bolsonaro. En agosto de 2016 la destitución de Dilma Rousseff, por actos de corrupción, fue duramente enjuiciada por políticos de alto nivel del gobierno uruguayo, que la consideraron como un golpe de Estado técnico.
Quienes nada dicen de la crisis de Venezuela y se han convertido con su silencio en cómplices del terror, la miseria y la muerte que ha sembrado Maduro en ese país, invocando para ello el principio de “no injerencia en asuntos de terceros países”, parecen olvidarse del libreto cuando se trata de “ensalzar” a sus hermanos progresistas (obviando sus innegables desvíos), o cuando se trata, por el contrario, de criticar a sus “adversarios” políticos. Cuando de estos se trata, aun cuando el referido sea el posible futuro presidente de un socio del Mercosur tan importante como Brasil, todos se sienten con derecho, sin restricciones, a realizar sus comentarios sobre la política o el proceso electoral del otro país. Nadie se acuerda de la famosa “no injerencia” y todos salen, sin escrúpulo alguno, a defender ciegamente a los progresistas o a atacar a sus rivales. El récord por estos días lo tiene Nin Novoa, quien sostuvo que “hay una actitud hipócrita por parte de los que critican al gobierno por su postura: nos critican porque hablamos de Brasil y también nos critican porque no hablamos de Venezuela”. Parece casi un chiste, pero parecería que Nin no asume que justamente se le critica esa ambivalencia o contradicción, porque habla en un caso y calla en el otro, cuando en todo caso, para ser coherente, aun en el error, debería hablar o callar en ambos. Si rige la “no injerencia”, rige para todos, aun con la enorme distancia que existe cuando en un caso se trata de un candidato que ha sido bendecido con una avalancha de votos y es criticado por declaraciones inconvenientes y, en el otro, se trata de un dictador que ha desconocido desde hace años todas las normas democráticas y dirige una feroz y corrupta tiranía.
Es entendible cierta solidaridad y lealtad con quienes se comparten algunas ideas, pero parece evidente, a esta altura, que buena parte de la izquierda uruguaya debe revisar sus boletines y corregir sus preferencias, asumiendo que una cosa puede ser la afinidad ideológica pero otra, muy distinta, es la bendición irrestricta a las asociaciones para delinquir que armaron sus compañeros de ruta en los países vecinos, esquilmando al pueblo para convertirse, personalmente y sin pudor, en millonarios y poderosos señores. No es un secreto para nadie que Lula y su familia amasaron ilegítimamente una enorme fortuna y que los K se robaron todo en sus 12 años de gobierno, pero la izquierda uruguaya, con el siempre disciplinado apoyo del PIT-CNT, sigue mirando para el costado y sin decir o reconocer nada. Al contrario, sigue apoyando a sus aliados ideológicos y a sus personeros, aun a sabiendas, como bien lo sabe, que su ascenso al poder se alfombra con el dinero robado al pueblo que juraron defender.
Por eso hoy se muestran perplejos y desorientados con la excelente votación en primera vuelta de Bolsonaro. Y, por ello, se desviven por etiquetarlo y mostrarlo como la encarnación de todos los males, no logrando explicar por qué en Brasil fue votado, mayoritariamente, por blancos, mujeres, negros y pobres, logrando también una importante adhesión entre los homosexuales. Seamos claros: sin duda hay comentarios y juicios de Bolsonaro que son preocupantes y que dejan mucho que desear, pero también es cierto que tiene una historia de más de 20 años de legislador en que no se caracterizó por ser el generador permanente de iniciativas retrógradas o discriminatorias y que su programa político actual, que ha sido ampliamente divulgado en esta campaña electoral, se asienta sobre varios principios —ocho fundamentales— con los cuales es difícil discrepar (liberalismo económico, iniciativa privada, democracia representativa, transparente y plural, gobierno limitado, principios federales, Estado de derecho e imperio de la ley, calidad de vida con inclusión social y conservadurismo —en defensa de instituciones, como la familia, entidades religiosas, la Policía y el Poder Judicial—).
Pero más allá de Bolsonaro y sus vicios o virtudes, lo que está claro y debe asumir la izquierda uruguaya es que, en Brasil (como también en la Argentina en su momento), la gente votó contra un supuesto progresismo ladrón y corrupto y contra lo que entiende es un sistema político caduco y enfermo. Votó —claramente— contra quien les robó no solo la plata sino su ilusión con respecto a una supuesta acción política noble y a favor de los más necesitados. Votó como votó porque se hartó de los vendedores de humo y de los infames mentirosos que hablaron durante décadas de hacer el bien y se atribuyeron el monopolio de la virtud y la moralidad pública, pero que después, cuando llegaron al poder, esquilmaron y saquearon hasta el último rincón del Estado para enriquecer a sus familias y a sus amigos. No fue —o no fue solo— un voto por Bolsonaro. Fue un voto contra el PT, contra Lula y contra toda su banda de ladrones y bandidos, pero también, hay que decirlo bien claro, contra toda una ingeniería de supuestos proyectos progresistas que significaron, en realidad, afectar o atacar principios, valores e instituciones muy valiosos.
La avalancha de votos, de todos los grupos sociales, que dijeron basta y bien fuerte en Brasil, son también una alerta contra quienes siguen actuando por hermandad ideológica y niegan una realidad que, tarde o temprano, también los alcanzará y les hará pagar su silencio cómplice.