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    Los parientes son los peores

    Esta semana me enteré por la radio que Lucía Topolansky Jorge Batlle son parientes.

    Son primos quintos, ya que ambos descienden, respectivamente, del hermano mayor y el hermano menor de Cornelio Saavedra, el patriota argentino que lideró la Revolución de Mayo, y presidió la Primera Junta. Miren que esto es en serio, lo escuché en un programa de radio Sarandí el martes de tarde, de boca de una distinguida genealogista, y además esta columna se llama “No es broma”, no se olviden.

    Con esta inesperada y relevante revelación uno entiende por qué doña Lucía tiene datos que los demás no tenemos, ya que se trata evidentemente de secretos de familia que ella ha decidido divulgar ahora, en vez de mantenerlos ocultos.

    Ya sabemos del apego de esta noble dama por la libertad —incluida la libertad de información— por lo que cabe expresarle nuestro agradecimiento por contarnos cosas tan importantes de uno de sus parientes más notorios.

    Lo primero que contó doña Lucía en público hace unos días es que la pasta base fue introducida en el Uruguay por Jorge Batlle, (así como la ganadería lo fue por Hernandarias, y la agricultura, en especial el cultivo de la soja, por Néstor Kirchner).

    Esta bomba informativa determinó que nuestro director mandara un periodista especial a rastrear otras revelaciones topolánskicas, para poder seguir informando sobre este tema.

    Uno de los muchachos del semanario, disfrazado de mozo del quincho de Varela, se infiltró en el terreno de la chacra con la excusa de que iba a recoger unas lechugas, para proceder a una escucha clandestina que pudiera enriquecer esta cosecha informativa.

    Agachado debajo de la ventana de la cocina, mientras la dueña de casa preparaba un guisito de cogote con papas y arvejas, pudo grabar este diálogo entre doña Lucía y su esposo.

    —Vo, Lushía, me pareshe que te pashaste con eshe bolasho de la pata bashe y Jorge Baye” —dice el Pepe en determinado momento, a lo que su señora le replica, enérgicamente.

    —“¡Es así, Pepe, es así! Un amigo de Jorge, cuando este era presidente, le dijo que iba a poner un negocio de pasta base, y Jorge creyó que era una fábrica de pastas mayorista, que le vendería la base de la pasta para hacer ravioles y tallarines a los minoristas, y le dijo dale, me parece genial, metele para adelante, y así nació este maldito negocio que está destruyendo a la juventud, Pepe, te lo aseguro”.

    —Vo tas loca, Lushía” —replicó el presidente —“no podé tar dishiendo esa cosha, hasheme el favó” —enfatizó.

    —“Es más, Pepe, en cualquier momento voy a revelar que Jorge Batlle introdujo enfermos de tuberculosis en Uruguay durante su gobierno, para generar una epidemia que arrasara con los más humildes, en otro intento de aniquilar a los pobres y conformar una sociedad de ricos neoliberales” —dijo la señora mientras picaba unas zanahorias para meter en la olla.

    —“Tas delirando, vo. ¿Tomaste la pastiya?” —inquirió Mujica aludiendo seguramente al Equilibrol Forte que el médico le ha recetado a la primera dama para neutralizarle algunos delirios que la afectan con frecuencia.

    —“No preciso ese remedio maldito, que me aplasta y me da sueño. Y lo que te digo es posta, José. Cuando Batlle era presidente, llegó al puerto de Montevideo un barco de pesca coreano con dos marineros enfermos de tuberculosis. Todo indica que Jorge Batlle había coimeado al embajador coreano para que le trajera marineros tuberculosos al país, con el fin de contagiar a los enfermos internados en los hospitales públicos, y así disparar una epidemia terrible entre los internados y sus familiares que los iban a cuidar” —prosiguió la señora.

    —“Vo tajrayada y she te va tirá todita la prensa enshima, que andá dishiendo bobada sin prueba, sholo pa criticá a tu pariente que no lo queré nada, no lo queré” —reafirmó el primer mandatario, cebándose otro mate mientras se hacía la comida.

    —“Y te digo más, Pepe, escuchame bien” —prosiguió la senadora —“Jorge Batlle conspiró desde su gobierno contra la industria de la construcción, tratando de fundirla para que creciera el desempleo, y cayeran en el hambre y la miseria miles de modestos obreros albañiles” —agregó, mientras revolvía la olla humeante con el guiso.

    —“Tomá, tomá la pastiya” —le respondió su esposo, acercándole el frasquito de vidrio con las píldoras del remedio que tanta falta le hace. Pero doña Lucía no le hizo caso, y prosiguió su relato.

    —“En esos años de su maldito gobierno, hubo un derrumbe de una vieja casa en el barrio La Figurita. Tengo información de que el propio Jorge Batlle que salió una noche subrepticiamente de la residencia presidencial, y en un auto oficial se dirigió a esa casa que luego se derrumbaría, y le puso unos cartuchos de dinamita en el sótano para hacerla caer en pedazos. Después de eso él pensaba hacer unas declaraciones en contra de la calidad de la construcción, que al fin no las hizo porque el Frente le votó una interpelación a Atchugarry y él se distrajo, pero que dinamitó la casa, no tengas dudas, y que lo hizo para provocar desocupación y pobreza, tampoco” —enfatizó la señora.

    —“Shabé que mestás preocupando coneshta cosha, Lushía, vashatené que cambiar lo versho, porque shi no te via tené que dar la pastiya a la fuersha, vieja loca” —replicó cariñosamente el primer mandatario.

    Pero doña Lucía continuó con una sarta de secretos familiares terribles.

    Jorge Batlle, según los datos que ella posee, también fue culpable del naufragio de un barco petrolero liberiano en aguas territoriales uruguayas, al que Batlle mandó hundir para que hubiera un derrame de combustible que contaminara el Río de la Plata, pero como se pudo contener la pérdida de petróleo fracasó en su intento, y asimismo fue responsable directo del intento de estrellar de madrugada una avioneta cargada de dinamita contra el Palacio Salvo, porque el piloto, al que Batlle había sobornado para que realizara el atentado suicida se quedó dormido el día del ataque y cuando intentó salir, horas más tarde, el vuelo no fue autorizado por la torre de control del aeropuerto de Melilla.

    Por fin, según nos relata el periodista que grabó este diálogo, Mujica logró ponerle la pastilla en el cuarto vaso de vino que iba a ingerir la señora acompañando el guiso, y ni bien lo bebió se quedó dormida arriba del plato servido.

    Si no, capaz que Jorge Batlle hubiera sido el que mató a Bin Laden.