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    Los partidos de la (poca) gente

    No es broma

    La vida política es una de las actividades más proteiformes y dinámicas de la humanidad.

    Cuando uno los ve de lejos, desde afuera, haciendo declaraciones a la prensa, firmando decretos, criticando leyes, promoviendo comisiones investigadoras, comprando colchones con tarjetas corporativas, cree que los políticos se la pasan bomba, se divierten, hacen como que se pelean, se calientan para la tribuna, viajan (en Primera o en Business), se quedan con el vuelto de los viáticos, tienen autos oficiales, a veces hasta con chofer, despachos luminosos, secretarias vistosas, salen en las fotos de galería en cocktails, inauguraciones­, vernissages y partidos de polo, y cobran unos sueldos de lo más retributivos, para decirlo delicadamente.

    Pero son gente muy ocupada, y muy preocupada.

    También, hay que decirlo, depende del país.

    En Italia, por ejemplo, hay decenas de partidos, de izquierda, derecha, ultraizquierda y ultraderecha, de centro-izquierda y de centroderecha, y, cuando tienen que “gobernar”, se asocian cualesquiera sean sus orientaciones, así uno de los partidos lo dirija un cómico de la televisión y el otro un filósofo renacentista. Siempre encuentran la manera de ponerse de acuerdo, así las cosas se vayan al demonio, porque entonces ya vendrá otra coalición increíble que tomará su lugar por unos meses más.

    En España, en cambio, venían bien con dos partidos, el PP y el PSOE, hasta que se les alborotó el avispero, y aparecieron Ciudadanos, Podemos, y hasta que no podemos, ahí anduvieron un año sin gobierno, y ahora están como en un hormiguero recién pateado. Como me contó un amigo de Felipe González (que también es amigo mío, pero no es oportuno ahora revelar su identidad), don Felipe dijo que a los españoles les hacen falta unos italianos que los ayuden a organizar la nueva vida política.

    Acá, en lo que algunos llaman “el paisito” (que me parece un apelativo pseudominimalista con olor a resentida soberbia) la cosa venía bien en una suerte de tripartidismo bipartidista, condimentado con sal, pimienta y salsa barbacoalición. Blancos, colorados y frenteamplistas la iban llevando con algunos mosquitos sobrevolantes como el Partido Independiente de Pablo Mieres, que, más allá de autotransformarse en tábano vengador de tiempo en tiempo, con alguna denuncia penal y alguna frustrada comisión investigadora, no le complicaba la vida a nadie.

    Pero un día este hormiguero también se alborotó, y el primero en aparecer picando gente y dejando ronchas fue Edgardo Novick.

    Don Edgardo apareció tras aquella elección en la que le dio un revolcón nada menos que a la actual vicepresidenta de la República, y allí se creyó que el mundo de la política vernácula le había puesto el caminero rojo. Pero le pasó como esta semana a los reyes de España, que llegaron al aeropuerto de Buenos Aires y no pudieron bajar porque la escalera que le arrimaron al avión era demasiado corta.

    Don Novick vio que faltaban peldaños, pero igual se precipitó a tierra, pensando que había arenita… pero ahora se está enterando de que el piso de la política uruguaya es más duro que el de la pista de Ezeiza.

    En pocos días, tras tener armadito un esquema interesante, Zubía y Giuliani incluidos, las pequeñas ambiciones y los delirios de grandeza de sus pequeños “aliados” le empezaron a pasar factura.

    Zubía está estudiando ahora si se larga con Sartori, con Sanguinetti o con Sendic (con tal que empiece con “S” y no con “Z”, que es la última letra, y es la de él, nada más), dependiendo del lugar que le ofrezcan en la lista, que tendrá que disputar con Facello, quien seguramente estudia probables propuestas del Partido Ecotraicionista, o de una posible alianza con Daniel Bianchi, a quien lo une la curiosa situación de ser legisladores sin partido, un caso que no se daba en el mundo desde tiempos de Pericles, en el siglo V antes de Cristo.

    A Facello y a Zubía los apoyan los líderes del Partido de la Gente Braulio Lenconnu, de la cuarta sección de Tacuarembó, que cuenta con veintiocho votos seguros, y Recaredo Elnego Ciante, líder de la agrupación Todos por el Triunfo Venga de Donde Venga, de la séptima sección de Salto, un exedil nacionalista que se reafilió al Partido Comunista en 2001, luego renunció en el 2008 para adherir a Vamos con Bordaberry, trasladándose luego en 2014 al grupo de Constanza Moreira, con quien se enemistó hace seis meses, firmando un acuerdo con Novick, lo que le permitió abrir una sucursal de una prestigiosa tienda de artículos­ deportivos en el Bagashopping.

    Si Facello y Zubía no aceptan estos importantes apoyos, su destino político parece al menos incierto, aunque Novick tampoco debería confiar demasiado en el apoyo de estos líderes de opinión, de trayectorias tan prestigiosas, ya que Lenconnu y Elnego Ciante se ha dicho que negocian con Fernando Amado para poder adherirse al importante nuevo Partido Unión de Izquierda Republicana, al que ha llamado UNIR, y que consiste en unir los tres votos con los que cuenta (todos de dentro de la familia) con los de cuatro o cinco amigos de una mesa de poker que frecuenta desde hace años, y, si se les unieran Lenconnu y Elnego Ciante, podrían seriamente aspirar a conquistar la presidencia de la República, transformando al país y sanando la cruel grieta que nos separa a todos.

    Me dediqué a realizar una compulsa ciudadana, para ver cómo pintan las cosas para estos adalides del republicanismo renovador.

    —¿Novick? ¿No es uno que juega en Peñarol, que tiene un hermano jugando en Paraguay ahora? –me repreguntó un joven que tomaba una cerveza artesanal en un food truck en Villa Biarritz, no sé, otro no conozco, me agregó.

    —Zubía, Zubía, sí, me suena, creo que era un juez famoso que salía en la tele hablando mal de Bonomi, pero como que despareció –me dijo un muchacho que corría en jogging por la rambla, junto a un amigo. ¡No, boludo! –lo interrumpió su compañero de deportes ¡Es un pianista que toca en los boliches! ¡Yo lo vi en un WhatsApp que me mandó una amiga! –le gritó.

    —Facello, claro, cómo no… es una pendeja rubiecita que sale con Sonsol en un programa de televisión donde regalan cosas a los que andan rápido adentro de una jaula, es resimpática la mina, vo, ?me respondió un muchachón que pescaba en la escollera Sarandí el domingo de mañana. No, otra gente con ese apellido no ubico, perdóneme…

    Es que si las elecciones no fueran obligatorias…

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