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Fortunato recuerda siempre con nostalgia aquella ceremonia en las escalinatas del Palacio Legislativo, el primero de marzo de 2005, cuando Tabaramsés I asumió como faraón indiscutible de Uregipto, en un juego de luces y sonido que hubieran hecho temblar de emoción a los dioses que habitaban las pirámides, desde Amón-Ra hasta Horus, desde Socialistik hasta Emepepón.
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Decenas (¿cientos?) de miles de uruegipcios de la primera dinastía Frentamplia aplaudieron, vivaron, honraron y exaltaron al primer faraón de esta dinastía, que habría de instalarse firmemente en el país por (al menos) una decena y media de años, y le cantaron loas y alabanzas.
Fortunato se erizaba al recordar tanto fasto, tanta ilusión y tanto porvenir prometido por aquel sumo sacerdote que había ascendido al trono del dios Sol bajo las sagradas columnas del templo de la democracia, la igualdad y la justicia.
Cómo pasa el tiempo.
Ahora, sentado en su mullido sillón, frente a la pantalla de la tele, Fortunato estaba presenciando otro tipo de espectáculo, muy pero muy diferente a aquel.
Ya no había masas al aire libre, sino una cautiva audiencia bajo techo de apenas unos pocos miles de enfervorizados acólitos, dentro de la Frentel Arena, un ámbito más parecido a un estadio de la NBA que a una escalinata al aire libre a la protectora sombra de las pirámides.
Tan esperanzado como cansado, Fortunato de todos modos esperaba un espectáculo igualmente alucinante e imponente, cargado de emociones y palpitaciones, por más que en vez de una oración inaugural se tratara de un reconfortante balance de una gloriosa gestión.
El otrora faraón lucía más como un moderno baladista melódico, de blazer claro y camisa abierta, con una cabellera más rala pero igualmente estructurada como la del faraón, un cambio de look, digamos, como de Arnold Schwarzenegger a Ricardo Montaner.
Pero la fatiga lo fue aplastando a Fortunato, y le costaba seguir sin perder detalle, y comprendiendo su alcance, frases tales como “si comparamos la tasa de aprobación de los alumnos de segundo año de liceo de la región del sur de Paysandú y su pasaje a tercer año sin materias pendientes en el período 2007-2009, esta es claramente superior a la que se registra en el paraje Cañada del Chingolo, en el departamento de Treinta y Tres, en el pasaje de primer a segundo año de liceo con dos materias pendientes para rendir en febrero en el período lectivo 2013-2014, en un porcentaje del 25%, al que se le debe restar un 3% de los reprobados en Geografía y Biología, que, uruguayos y uruguayas, sin embargo, aprobaron los exámenes pendientes en el período lectivo del mes de julio. En una palabra, el éxito de las políticas de enseñanza solo se ve superado por los avances en la política de empleo, y es mentira lo que vocifera el ciudadano de la tercera fila” (de verdad, hubo uno que se animó a gritar algo, en fija que con libreto, porque siguió allí sentadito), “que se perdieron no sé cuántos miles de puestos de trabajo en los últimos meses, cuando en realidad entre el lunes de la semana pasada y hoy la empresa Cuchuflex y Asociados, de la ciudad de Pando, contrató tres peones y dos cadetes, mientras que no se registró ningún despido en el mencionado plazo, con lo que la tasa de empleo, calculada sobre esta base creció un 154% nada más que en una semana. ¡A ver qué gobierno puede decir lo mismo!”.
Los aplausos lograron despertarlo a Fortunato, que se estaba quedando irremisiblemente dormido ante tanta filigrana estadística.
“Y qué decir de la política de seguridad” —prosiguió el baladista— “entre el 2 de mayo de 2008 y el 3 de mayo de 2008 no hubo ningún homicidio, con lo que la tasa de asesinatos tiende claramente a cero, tomando este período como base de cálculo. Y las rapiñas, como lo prometimos, y se cumplirá, bajarán un 30%, si tomamos como fecha de cierre para el balance de dicho cálculo el 31 de diciembre de 2063, con lo que les proponemos aguardar hasta esa fecha para que el balance se haga sobre bases claras y predeterminadas, y no así en el aire, sin poner fecha de cierre. Este es un gobierno serio” —agregó, mientras a Fortunato se le cerraban los ojos.
Creyó escuchar después (pero ya no sabía si era la realidad o un sueño, como suele ocurrirle) que antes del 1º de marzo del 2020 habría un nuevo aeropuerto internacional como el de Carrasco pero en Tacuarembó, para asistir a los viajeros de UPM 2, que vendrían en tres vuelos semanales desde Finlandia a engrosar la tasa de empleo, que la madera desde la nueva planta no vendría por el controvertido tren sino por un túnel subterráneo de doble vía que el Toto Rossi empezaría a construir el mes que viene, y que Antel esperaba poner en órbita otro satélite como el de hace tres años (que se perdió en el espacio infinito por falta de combustible, justo cuando se fundió Ancap) para que hubiera Internet y Wi-Fi gratis para todos los uruguayos, incluidos los de Un Solo Uruguay, por más resentidos que fueran estos gauchos insolentes.
Fortunato creyó ver a otro asistente que gritaba: “¡Bo!, ¿y del atorrante de Sendic no vas a decir nada?”, y al lado de este otro anormal que agregaba: “¿Y del remate de Pluna no tenés nada que comentar?, ¿y del aval de Calloia?, ¿y del déficit fiscal, que se nos viene otro ajuste con más impuestos aunque gane el Pelado o la Carolina?”.
Pero entreabriendo los ojos, o dormido, vaya uno a saber, Fortunato creyó ver que unos securities vestidos de negro arrastraban a los contestatarios sin libreto hacia las afueras del estadio, sin miramientos ni delicadezas.
El acto terminó entre miles de vítores y alabanzas, y el baladista fue sacado en andas hasta el parking, donde lo esperaba otra sorpresa: estaba el chofer paradito con cara compungida, para informarle que había ido hasta el baño y al regresar encontró que le habían robado el auto.
—¡Vieja! —gritó Fortunato. ¡Le robaron el auto a Tabaré en el Antel Arena!
—Puede ser, no me extraña —replicó la doña. Pero esta vez te lo soñaste. Vení a dormir a la cama.