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    Luego de vivir la euforia inicial de la libertad y la incertidumbre por su futuro, los ex presos de Guantánamo proyectan sus vidas en Uruguay

    A un año de su llegada al país, cuatro se casaron, dos consiguieron trabajo y uno planea obtener la ciudadanía

    El sirio Alí Shabaan (33 años) comenta a sus amigos que en su historia hay dos vidas. La primera es la que duró hasta el 6 de diciembre de 2014, y que lo tuvo los últimos años preso en la cárcel de Guantánamo, siempre enfundado en su atuendo naranja y con efectivos norteamericanos custodiándolo a cada paso. La otra es la que empezó hace un año al llegar como refugiado a Montevideo. Hoy está casado con una uruguaya y vive con ella en Pocitos, trabaja como profesor de árabe e inglés, y se lo puede ver tomando ómnibus como un montevideano más.

    Los cinco compañeros que llegaron con él siguieron caminos similares. El sirio Abd Hadi Omar Mahmoud Faraj (40), el tunecino Abdel Bin Muhammad El Ouerghi (50) y el palestino Mohammed Tahamatan (36) también contrajeron matrimonio con uruguayas convertidas al Islam. El sirio Ahmed Adnan Ahlam (37) está en pareja y trabaja en una empresa de servicios. Y el sirio Jihad Dhiab (43) está a la espera de que llegue su familia.

    El 7 de diciembre de 2014 llegó a Montevideo un avión norteamericano con los seis refugiados. Su escaso conocimiento del idioma español les alcanzaba apenas para repetir una y otra vez la misma palabra: “Gracias, gracias”. Eran extraños en un lugar desconocido, pero eran libres. Sin grilletes ni capuchas —que mantuvieron incluso durante el vuelo— los primeros días de los ex detenidos se repartieron entre chequeos médicos y paseos por la ciudad.

    Se instalaron en una casa en la calle Maldonado que les prestó el PIT-CNT, volvieron a hablar con sus familias, caminaron por la playa, probaron el mate, asaron un cordero en las fiestas y empezaron sus clases de español. “Ahora sentimos que nos encontramos en casa”, dijeron en una carta el 16 de diciembre.

    La etapa de su instalación estaba cumplida. El PIT-CNT se alejó y el Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana (Sedhu), la agencia que actúa en representación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), comenzó a trabajar en la inserción de los ex detenidos. Poco a poco la euforia de la libertad fue dando paso a la incertidumbre por el futuro.

    Meses difíciles.

    El primer dolor de cabeza para el gobierno llegó en febrero, cuando Búsqueda informó que existían “cortocircuitos” entre los ex detenidos, que llevaron a que el tunecino Abdel y el palestino Mohammed se mudaran a un hotel. Los refugiados también habían recibido varias propuestas laborales pero ninguno las había aceptado.

    Por esos días el sirio Jihad viajó a Buenos Aires, pero luego de dar una serie de entrevistas Migración argentina lo exhortó a que volviera a Montevideo.

    El entonces presidente José Mujica visitó la casa de los ex presos y los rezongó: “Te doy una mano pero vos tenés que poner las dos manos” (Búsqueda Nº 1.804).

    Preocupadas por la situación de los refugiados, organizaciones sociales, gobernantes, opositores y medios de prensa desfilaron por la casa de la calle Maldonado. La líder de Plenaria Memoria y Justica, Irma Leites, fue una de las que los visitó y denunció que el gobierno dejó a los refugiados “sin contención” (Búsqueda Nº 1.804).

    Sin encontrar respuestas, los refugiados decidieron instalarse frente a la Embajada de Estados Unidos como medida de protesta. Estuvieron allí desde el 24 de abril hasta el 18 de mayo, cuando cuatro de ellos firmaron una carta de compromiso con Sedhu. El sirio Jihad, quien aún utiliza muletas, se negó a firmar, y recién lo hizo en las últimas semanas. El palestino Mohammed, en tanto, había aceptado el acuerdo previamente y no se había sumado a la protesta de sus compañeros.

    Christian Mirza, el mediador que nombró el Ministerio de Relaciones Exteriores, fue clave para llegar a ese acuerdo. Hoy recuerda que “fue un momento complejo”, porque “había que generar la confianza para que creyeran en un proyecto de vida en Uruguay”. “Era lógico pensar que los primeros meses iban a ser muy difíciles”, dijo.

    El programa de apoyo otorga a los refugiados un ingreso mensual de $ 15.000, el alquiler de una vivienda y ayuda para la inserción laboral. Como contrapartida, los ex detenidos se comprometen a asistir a controles de salud periódicos y a clases de Idioma Español. El acuerdo es por un año con posibilidad de extenderlo otro más, algo que —según Mirza— seguramente ocurra.

    A partir de la firma de ese acuerdo, la inserción de los ex presos se encaminó. Todos abandonaron la casa del PIT-CNT y alquilaron sus viviendas. El 5 de junio, el tunecino Adel se casó con Samira, una uruguaya de 24 años convertida al Islam cuyo nombre real es Roma Blanco. En las siguientes semanas lo siguieron los sirios Alí y Omar y el palestino Mohammed, que también se unieron con mujeres uruguayas.

    “Eso fue clave porque las chicas los ayudaron a alquilar un lugar, a entender las costumbres, la cultura, y el idioma”, comentó a Búsqueda una fuente cercana a los refugiados.

    Incluso, Mirza dijo que uno de ellos pretende obtener la ciudadanía uruguaya, lo que en caso de estar casado requiere tres años de residencia en el país.

    La familia de uno de los ex presos lo visitó durante las últimas dos semanas de setiembre, contó Mirza. “Es bueno que sus familiares sepan que están bien después de lo que han vivido y más poder verlos sin problemas, sin que caigan bombas o les tiren piedras”.

    El único que, luego de idas y vueltas, solicitó la “reunificación familiar” fue el sirio Jihad. La Cruz Roja prevé que lleguen a Montevideo este mes, pero, según dijo Mirza, puede demorarse unos días más.

    Ahora el foco del gobierno y Sedhu está en que los refugiados trabajen. Dos de ellos ya lo hacen: el sirio Alí da clases de Inglés y árabe y Ahmed trabaja en una empresa de servicios en el Centro. El resto recibe capacitación para que el próximo año puedan conseguir trabajo.

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