N° 1811 - 16 al 22 de Abril de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas partes reflexivas o las descripciones críticas de la realidad en el discurso de la ficción constituyen, con preferencia, aquellos elementos que nos permiten conocer no meramente las ideas, sino el tiempo, los valores y el sistema de prejuicios y creencias del autor y de la sociedad que lo contiene y a la que con su consentimiento o a su pesar enuncia. Virgilio, Dante, Cervantes, Voltaire y casi despóticamente Lawrence Sterne y William Thackeray representan con fidelidad esa característica en la literatura clásica que luego sería seña de identidad en las novelas de Proust, de Herman Bröch, de Thomas Mann, forzosamente de Sartre y de Camus.
El caso de Dickens podría incluirse en esta familia pero no es modélico; ocasionalmente se sirve de este recurso que tiene por objeto contextualizar el argumento, pero en otras propuestas abandona al lector al trato directo con los acontecimientos, como lo hará Hemingway un siglo después, deja que la historia fluya, que la carga de toda elocuencia descanse en los hechos. Los papeles póstumos del Club Pickwick, una obra que no quiere ocultar su absoluta dependencia del Quijote, ejerce justamente esa ingente libertad para jugar en clave de aventura incidental que casi siempre es orientada por algunas certeras observaciones.
Voy a poner un ejemplo que muchos lectores reconocerán como cercano, porque tiene que ver con ciertos aspectos ruinosos del funcionamiento de la Justicia; con el lugar que la sociedad y el Estado y la cultura reinante le asignan en su ordenamiento. Mr. Pickwick habrá de comparecer en un juicio planteado por algún insolente que quiso aprovecharse de su inocencia; antes de ingresar al relato de esas instancias, el narrador, donde se ahueca visiblemente la voz del autor, plantea esta observación desconsolada y vívida:
“Esporádicamente repartidos en varios agujeros y rincones del Temple existen ciertos recintos oscuros y sucios, en los cuales y fuera de los cuales puede verse, por las mañanas en tiempo de vacaciones y por la tarde en los días laborales, siempre de prisa y con legajos bajo el brazo y rebosándoles de los bolsillos, una continuada serie de escribientes curiales. Hay varias categorías de escribientes curiales. Hay el escribiente distinguido, que, habiendo pagado pensión, aspira a la procuraduría, tiene cuenta con el sastre, recibe invitaciones de sociedad, trata una familia en Gower Street y otra en Tavistock Street; que sale de la ciudad, en vacaciones, para ver a su padre; que posee innumerables caballos y que es, en suma, el escribiente aristócrata. Hay el escribiente asalariado, interno o externo, según los casos, que dedica la mayor parte de sus treinta chelines semanales al embellecimiento y regalo de su persona; concurre a mitad de precio al teatro Adelphi tres veces por semana, por lo menos; solázase después majestuosamente en las sidrerías, y constituye una caricatura grotesca de la moda imperante seis meses atrás. Hay el amanuense entrado en años, con larga prole, al que se ve siempre derrotado y borracho casi siempre. Y hay, por último, los mozos de despacho, que visten su primer traje; que sienten un desdén de buen tono hacia los pequeños escolares en los días de escuela; que se fusionan, al retirarse a casa por la noche, para obsequiarse con salchichón y cerveza, y que se perecen por lo que ellos llaman “la vida”. Hay numerosas variedades del género, demasiado numerosas para describirlas, pero que no por serlo dejan de verse a ciertas horas pululando activamente entre los mencionados lugares.
Estas recónditas guaridas son las oficinas públicas de la profesión legal, donde se pergeñan los escritos, se firman los juicios, se llenan las declaraciones y se ponen en movimiento otros ingeniosos mecanismos, para tormento y opresión de los súbditos de Su Majestad y para beneficio y emolumento de los profesionales de la Ley. Son en su mayor parte cuchitriles inmundos y bajos de techo, en los que múltiples rollos de pergamino, que llevan allí un siglo sudando en secreto, despiden un aroma agradable, que se mezcla por el día con el tufo a pobre y por la noche con las varias emanaciones de abrigos húmedos, paraguas corrompidos y velas de sebo asqueroso”.
En este fragmento que da inicio al capítulo trigesimoprimero, Dickens no está simplemente introduciendo el lugar donde habrá de comparecer su protagonista, sino que está denunciando una tara institucional lo suficientemente grave como para despertar alarma entre los que todavía no se han resignado a que nada puede ser cambiado. El autor busca avivar al lector sobre problemas de Inglaterra, sobre la situación indefensa del ciudadano frente a la degradación de los valores e instrumentos que deberían sostener el sistema, hacerlo eficaz para proteger los derechos, conferirle dignidad, ser fuente efectiva de garantías para el ciudadano.
La opinión de Dickens sirve a la divertida historia que cuenta, pero quiere ser útil, además, a la toma de conciencia del lector.