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    Luis Alemañy

    Sr. Director:

    En la vida de cada persona ocurren algunos hechos que quedan impresos en la mente para siempre. Arraigan allí, aunque la memoria los olvide, como parte de la sabiduría que otorga la experiencia selecta y vicisitudinaria. Se convierten en sabiduría cuando la tenacidad se hace cargo de los múltiples obstáculos de la vida, de las incertidumbres y de los problemas que abundan en todo currículo personal. Existir, entonces, el hecho de ser y nada más, tener presencia, servir de evidencia ante el mundo, se va convirtiendo en esencia, en lo que verdaderamente viene a ser lo humano. Porque la evidencia es lo que surge de solo ser algo, no importa qué; pero la esencia es lo que responde a la pregunta qué, la pregunta sobre qué es un ser humano o qué hace que un ser individual se vuelva intrínsecamente ser humano.

    Esos hechos olvidados como tales, indeterminados, innominados, sin espacio ni tiempo, sin relevancia en la actualidad de la conciencia, constituyen la verdadera esencia de la personalidad, y son los que nos parecen haberse vuelto dialéctica pura en el caso de Luis Alemañy. Él no fue, solamente, es claro que él se hizo, se constituyó en persona a través de una metamorfosis íntima que convirtió su experiencia vicisitudinaria en personalísima sabiduría. Porque en la vida todos nos movemos más o menos con los mismos conocimientos, con los mismos recursos, con afanes parecidos, pero en cada uno funciona un filtro especial que vuelve personalísima la sabiduría, finísimos los recursos, apasionados los afanes. E interviene una subjetividad de la que no es posible desatarse, la que alimenta convicciones como las de Luis.

    La evidencia que somos pasa a ser esencia espiritual por un lado y acto puro por el otro. La vida no se vive para consagrar un sinfín de repeticiones ni para colmarla de acontecimientos nuevos. Se vive para formarla, para constituirla. Es la enseñanza que él nos deja. Creer que se vive para experimentarla como viene es un engaño. Vivir la vida no es evidenciarla solamente, sino forjar su esencialidad, su razón de ser última, la dimensión que nos lleva más allá del simple comparecer como individuos de la especie.

    Desde que la vida no es algo que está ahí y que nos procuramos, algo con lo que nos vamos afanosamente a encontrar, como vamos por un alimento o por una novedad o por una aventura, debemos primero originarla, generarla. No solo aprovecharla, no solo apropiarnos de lo que naturalmente nos da, sino también llenarla con lo que le falta, complementarla en todo el correr de su evolución, desde el principio consciente hasta el final. Luis puso algo especial en lo que le falta y no fue solo persona convencional. Fue hacia lo que consideró como aquello que verdaderamente es una persona, en su sentido verdadero. Fue algo más.

    Hizo que se vuelva palpable qué es lo que somos, qué es vivir, puesto que sin ese movimiento maravilloso solo vivimos sin saber qué somos, lo que resulta una simple desgracia. No importa que nos equivoquemos, “el hombre yerra mientras tiene aspiraciones”, se dijo de Fausto. Lo que importa es que ahondemos en lo que verdaderamente somos, lo que, si bien es difícil, es lo que nos hace personales, dignos de la convivencia y de la sociedad. Y nos debemos a la sociedad, porque no solo corresponde recibir sus beneficios, sino también contribuir positivamente con ella.

    Se nos ha dado la vida y con ella el cuerpo que somos inicialmente, la mente-cuerpo o cuerpo-cerebro que enseguida somos. Pero no se nos ha dado la habilidad para que esos dones nos conviertan en lo que sabemos que es posible llegar a ser. Podemos pensar que en lo que nos dieron venía ya todo lo necesario, y es posible que así fuera. Pero ¿necesario para qué? Quizá solo para sobrevivir. El ingenio humano fue el que, casi como una picardía, obtuvo de lo necesario para sobrevivir aquello que lo condujo a completar la sobrevivencia con la vivencia, el sobrevivir con el vivir. Pudo venir algo en lo que nos dieron para que esto se hiciera posible. Pero sin la experiencia personal, extendida inteligentemente a la experiencia colectiva, habría quedado en solo vida animal.

    De lo contrario no habría sido posible pensar. Con el pensar ocurre lo mismo que con el ser: ocupa al hombre no solo el pensar sino el qué pensar. Dirige su pensar de tal manera que las imágenes en la mente —el tener en mente cualquier contenido— son asociadas a sus acciones, a sus trabajos y a sus tácticas de modo de favorecerse en lo concreto. Con lo cual vuelve posible que la mente se disponga al servicio de la vida, en contra de la adversidad, de los problemas y misterios. La vida de Luis inspira estas reflexiones. Se puede concebir como biografía, como historia personal, espaciotemporal, consuetudinaria, cronológica. Pero antes se concibe como caso en que emerge la esencia humana, la misma llama que solo algunos son capaces de encender para iluminar a todos.

    Jorge Liberati