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    Luis Batlle Berres y la industria

    Sr. Director:

    El humorista Darwin Desbocatti, de quien solemos disfrutar en ocasiones sus divertidas sátiras, en la última edición de Búsqueda, a propósito del tema de Ancap, lanza una insultante diatriba contra el presidente Luis Batlle Berres, uno de los grandes demócratas de la historia de este país.

    Desde su gobierno impulsó la industria y —a diferencia de lo que sostiene el articulista— toda su lucha fue por conquistar el mercado exterior. Por ello se enfrentó denodadamente con el proteccionismo de grandes potencias que no aceptaban el mínimo desarrollo que representaba para el Uruguay peinar o tejer nuestra lana, ya que reservaban —ahí sí, “artificialmente”— sus mercados internos. Esa industria desarrolló ciudades, produjo crecimiento, dio empleo y el bienestar que nos permitió alcanzar entonces los mejores indicadores sociales de la región.

    Esa industria, de lana, de cuero, hoy declinó en todo el mundo occidental, pero hay gente que seguimos creyendo en la industria y por eso hoy el país ha recibido las mayores inversiones de su historia en la fabricación de celulosa. “¿En qué cabeza cabe que este país puede ser un país industrial?”, se pregunta el humorista. Felizmente, en la de muchos, que en 1988 lanzamos un plan forestal, contribuimos a cambiar la matriz agrícola del país y con prudentes medidas protectoras, generamos una enorme industria exportadora. El sueño es el mismo, aunque las herramientas sean otras.

    La sustitución de importaciones, por último, no fue “una burrada”, ni siquiera una teoría. Fue el resultado de la escasez, no sólo en el Uruguay sino en toda la región. Entre la crisis del ‘29 y las guerras, nuestros países —Uruguay, Argentina, Brasil— tuvieron que producir lo que no era posible comprar, porque simplemente no lo había. Y esto empezó mucho antes que los gobiernos de Don Luis Batlle Berres.

    El tema daría, obviamente, para mayores desarrollos. La existencia de Ancap también, hoy destrozada por irresponsables. Simplemente queremos dejar constancia que no es con tanta simplicidad y arrogancia que se puede despachar el tema de la industria nacional, recogiendo las tesis de algunos economistas conservadores que soñaron con la “burrada” del Estado “mínimo”, que se fue tan al diablo como el mundo socialista.

     

    Julio María Sanguinetti