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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáConocí y traté muchas veces con El Sordo, desde antes que fundara Cifra con Adriana Raga, su esposa. Luis Eduardo fue un profesional serio, un empresario exitoso, un arriesgado augur en la difícil ciencia de medir las preferencias y elecciones de la gente. En cada campaña sometía su labor sistemática de escrutinio social al ojo censor del público, bajo la atenta lupa de los medios; y, como es inherente a su oficio, lo hacía consciente de que su trabajo, su opinión, dejaría siempre a muchos sin satisfacción y hasta sin esperanza. Una forja dura, a cada vez. Y como analista político, columnista de agudeza, hoy escasa.
Luis Eduardo era fatalmente sordo. Y semejante déficit para el aprendizaje, se completaba con sus limitaciones derivadas en el lenguaje. Así se doctoró en Yale, así llegó a ser el oráculo electoral del Uruguay en el último cuarto de siglo y así también se convirtió en un diestro comunicador audiovisual. ¡Qué león! A su rigor en la aplicación de las herramientas metodológicas, a su hondo conocimiento de la cabeza uruguaya, a su convicción ética sustantiva en el ejercicio profesional, debe previamente señalarse su clase, su categoría en el trato con colegas, prensa, políticos, clientes, en toda circunstancia. Un señor siempre.
La vida le metió demasiados obstáculos y él se multiplicó en esfuerzos, sobre una inteligencia admirable y una reciedumbre ejemplar. Obstáculos y esfuerzos que no le impidieron calidez y simpatía. Sospecho que sus inmediatos lo van a extrañar. Adriana, mujer de superior talla, la que más seguramente, aunque tendrá el desafío y la potencialidad de proseguir en su huella. Pero será el sistema político democrático quien pierda a un agente clave y necesario para su subsistema de opinión, un actor principal en el elenco teatral republicano; y la sociedad toda, un modelo de conducta personal y profesional. Una gran pérdida, una gran pena.
Miguel Vieytes