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Lo primero que debería hacer la gente que vea “Hitchcock” es salir corriendo a buscar un ejemplar en DVD de Psicosis. Ahí sí puede descubrir la genialidad de un director a la vez que ponerse frente a un verdadero clásico del cine. El disparate que hizo Gus Van Sant al copiar cuadro por cuadro el filme (1998), más allá de la admiración que tenía por el maestro dejaba ver la pobreza de un filme de Hitchcock… sin Hitchcock. El original construía su historia apoyándose en la culpa y en el castigo. Marion Crane (Janet Leigh) tiene un affaire con Sam Loomis (John Gavin), que es un hombre casado, y roba 40.000 dólares (una fortuna en 1960) creyendo que eso va a ayudarlos a huir juntos. Pero se arrepiente y al pernoctar en un motel fuera de la ruta es apuñalada brutalmente en la ducha por una madre posesiva que no admite que su hijo Norman Bates (Anthony Perkins), que regentea el motel, se sienta atraído por ella.
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Esa tortuosa relación madre-hijo es mantenida en suspenso mientras Lila, hermana de Marion (Vera Miles), el propio Loomis y el detective privado Arbogast (Martin Balsam) comienzan a investigar los últimos pasos de la joven, acusada de robo y desaparecida. Los rastros conducen al Motel Bates, que luce deshabitado, y detrás del cual hay una casona de estilo gótico y aspecto tenebroso, donde Norman vive con su temible mamá. La forma como progresa el suspenso, luego de la primera sorpresa ante la muerte de la protagonista, es una de las muestras de cómo Hitchcock domina el tema: va colocando pistas, hace crecer el miedo en la platea cuando Arbogast se introduce en la casona, pone un toque de angustia ante lo que el espectador sabe y el personaje ignora, hasta que un segundo golpe de horror estremece nuevamente la pantalla. No se muestra sangre: el montaje y los graznidos de la banda sonora crean todo el clima.
El compositor Bernard Herrmann declaró que había compuesto una partitura en blanco y negro para un filme en blanco y negro. Utiliza solamente cuerdas, y las maneja notablemente para marcar el espíritu conflictuado de Marion en la carretera, la irrupción de la terrible asesina y los dobleces de conducta de Norman, en una soberbia actuación de Anthony Perkins. La última media hora es un ejemplo de maestría en el manejo de la tensión, especialmente cuando Lila se esconde bajo la escalera porque ve venir a Norman, mira hacia el sótano y se dirige hacia allí, donde el público sabe que está la madre asesina. El primer impulso es gritarle “¡No entres!” sabiendo lo que le espera. El director se divertía pulsando las reacciones de la platea.
Las explicaciones psicoanalíticas del final son bastante risibles (a propósito, desde luego) pero pretenden dejar establecida la tesis de la doble personalidad, el falso culpable y hasta el castigo divino, temas muy hitchcockianos que los aficionados y los críticos se deleitaban en debatir en aquellos años. Lo que perdura hasta hoy es el tratamiento visual y sonoro que un maestro despliega brillantemente, y eso es algo que el tiempo no puede erosionar porque pertenece a esa clase de talento cinematográfico que es capaz de superar épocas y estilos y que hasta hoy sirve como material de análisis para estudiantes de cine.
“Psicosis” (“Psycho”). EEUU, 1960. Dirigida por Alfred Hitchcock. Escrita por Joseph Stefano sobre novela de Robert Bloch. Fotografía de John Russell. Música de Bernard Herrmann. Con Anthony Perkins, Janet Leigh, Vera Miles, John Gavin, Martin Balsam, John McIntire. Duración: 109 minutos.