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    Maestros

    Columnista de Búsqueda

    N° 1943 - 09 al 15 de Noviembre de 2017

    Sabemos que Filipo de Macedonia, cuando entró en Atenas, encargó a Aristóteles –que era compatriota suyo— la educación de su hijo Alejandro. Sabemos que los primeros rudimentos del saber los recibió Alejandro de manos del insigne maestro; y que este, incluso, llegó a componer para su alumno una versión infantil de la Ilíada para educarlo en el arte de la guerra, en el arte del honor, en el arte del pensar. Y sabemos que ya grande y poderoso, Alejandro llevó consigo ese ejemplar anotado por su maestro y se sirvió de él en las innúmeras pruebas que debió sortear. Todo eso que sabemos nos permite afirmar que quien enseña de algún modo siempre está acompañando a su alumno; que le sigue exigiendo atención y comprensión, que le sigue reclamando obtener de sí lo mejor y rendirse siempre ante el mandato de la verdad.

    Los buenos maestros son tales porque no están cobijados en la autoridad del conocimiento y en la autoridad del poder, en un tiempo eso se confundió, sino porque despiertan inquietud, preguntas, interés. Se asumen no como olímpicos transmisores de conocimientos, desde una altura en la que solo ven nubes, no espíritus capaces de dejarse impresionar por un estímulo; como un apoyo en la aventura del conocer. Y conocer es, entre otras cosas, la negación a cualquier odiosa petición de principios y la afirmación radical de que aprender consiste siempre en dar un paso hacia la intemperie, hacia nuevas dudas, no la llegada a un refugio desde el que mirar a los demás con desdén. Los buenos maestros enseñan a sus discípulos el arte de la duda y el ardor de la interpelación permanente. De las buenas clases salen personas que piensan por sí mismas, que tienen el mandato de seguir buscando, que no son incondicionales sino del afán de seguir indagando y abriendo nuevos horizontes. Decía Goethe, y poderosamente tenía razón, que para llegar al conocimiento es preciso que nuestro espíritu sea humilde y a la vez desmedido; humilde para reconocer que debe cultivarse; desmedido porque debe tener una curiosidad sin límites.

    El que enseña es alguien que va más allá de sí mismo; que se sobrevive en sus enseñanzas y en lo que ha despertado y avivado en otros. Sócrates no es solamente aquel ateniense que enseñó descalzo en la calles de su ciudad, que fue juzgado y condenado a morir por los fundamentalistas de entonces; es, con mucho, Platón, es Aristóteles y es toda una tradición del pensamiento que privilegia la razón por encima de los fanatismos y de las supersticiones. Sócrates es alguien que vivió en los efectos que engendró en el pensamiento de quienes recogieron sus enseñanzas. Más que una persona fue una estela cuya luz se prolonga y sigue ructificando más allá de los siglos, de las noches y de los días. Los grandes maestros siempre pertenecen al porvenir.

    Y sin embargo, como lo mostró Séneca, los maestros fecundos, aquellos que saben sembrar y no esperan recoger ellos, que se dan más allá de sí mismos, saben que la generación siguiente puede llegar a negar lo que ellos enseñaron; y lo saben, porque aman sinceramente el conocimiento y les consta que este nunca es estático y definitivo. Por eso nunca me llamó la atención la alegría de Filipo, que se puso más contento que de ser padre de tener la posibilidad de que al hijo de sus sueños y de sus esperanzas le tocara en suerte el magisterio de Aristóteles.

    Para meditar sobre este tema que la realidad ha vuelto acuciante y en una referencia muy cercana puede afirmarse que exótico, recomiendo la lectura siempre provocativa, siempre estimulante y de apertura de los escritos morales de Séneca; especialmente recomiendo hoy sus Tratados sobre la buena vida (Editorial Ingenios, que distribuye Gussi), donde nos habla de los visibles y no visibles vínculos de la libertad con la construcción de la dignidad personal. Séneca es actual siempre que se lo lee con el corazón expectante; y lo es en muchos temas, pero precisamente en materia de libertad y educación. Dijo: “Nada más importante que el no seguir, a la manera de los rebaños, a los que van por delante, caminando no adonde se ha de ir, sino por donde de ordinario se va. Porque ninguna cosa nos enreda en mayores males que el ajustarnos a lo que se dice, pensando que lo mejor es lo que todos admiten y de lo que tenemos muchos ejemplos; así no vivimos conforme a la razón, sino por imitación; de donde ese gran amontonamiento de unos que caen sobre otros”.