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    Magnanimidad y buena voluntad

    Sr. Director:

    En épocas de fuerte beligerancia mundial, Winston Churchill acuñó una máxima inmortal: en la guerra, resolución; en la derrota, desafío; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad.

    Traer a colación esta lección de sabiduría es útil en la actual coyuntura, cuando reaparecen los tambores de la guerra con sus sonidos lejanos pero atemorizantes, y las democracias están sometidas permanentemente a prueba ante la impaciencia de públicos más atentos a las expresiones en las redes sociales que a los devenires de las instituciones incorporadas en los respectivos marcos constitucionales.

    En nuestro país acaba de cerrarse un ciclo de consulta popular por la impugnación de una ley del gobierno. Los sectores que impulsaron este mecanismo pretendían derogar una parte importante de la misma alegando que esas disposiciones desconocían derechos o los afectaban gravemente, mientras los defensores del instrumento legal cuestionado señalaban que, lejos de ello, esas normas aumentaban las garantías legales e incorporaban soluciones apropiadas para los problemas sociales existentes.

    Como en toda competencia binaria, era necesario que un árbitro —en este caso la ciudadanía habilitada para votar— dirimiera el pleito en favor de una de las dos posiciones en juego a través de un fallo mediante el cual una de ellas “ganaría” o quedaría primera, y la otra “perdería” quedando en segundo lugar. Así se resuelven las contiendas en democracia y no corresponde apelación alguna: quien obtiene la victoria logra un crédito adicional que lo fortalece, mientras el sector derrotado acepta la decisión del soberano con el peso legítimo de la expresión popular como compensación.

    Ante el resultado del pasado 27 de marzo, no cabe otra cosa que exigir a la parte no ganadora su reconocimiento a la situación emergente —la mencionada “buena voluntad” para asegurar la paz— mientras la parte ganadora asume con generosidad la ratificación de sus responsabilidades para seguir adelante con el mandato que la ciudadanía le otorgó poco tiempo atrás.

    Cualquier otra interpretación puede aumentar aún más las diferencias que naturalmente existen, pero cuya dilucidación corresponde a la futura temporada electoral. Esto permite que el gobierno continúe ejerciendo sus atribuciones para conducir legítimamente los destinos de la República, mientras la oposición participa en el ámbito legislativo y ejecuta el control necesario con respeto a las competencias de quien gobierna. Reglas sencillas cuyo cumplimiento eficaz evita males mayores y facilita la articulación de las mejores soluciones para todos.

    La ciudadanía espera impaciente el segundo tiempo de un gobierno que tuvo un comienzo tan azaroso y complicado, donde puedan encaminarse los temas impostergables que emergen después del veredicto popular. Una agenda nacional enriquecida con ideas de todos para abordar la situación educativa (la educación individual y ciudadana y la formación para el trabajo), la creación de fuentes genuinas de empleo con participación del sector privado, la convivencia social y seguridad ciudadana en sus diferentes dimensiones (educación para la convivencia pacífica, prevención y persuasión policial, represión y reinserción), la esperada solución habitacional para terminar con los asentamientos irregulares, la apuesta al crecimiento y al desarrollo productivo, la integración y apertura al mundo en condiciones competitivas, la reforma de la seguridad social, entre tantos otros asuntos orientados a brindar oportunidades a los uruguayos en un mundo cada vez más globalizado y complejizado por la disrupción, la innovación y la competitividad, y ahora amenazado por conflictos bélicos de efectos universales.

    La buena voluntad debería formar parte del compromiso de la oposición para apostar a esa empresa luego de superarse la instancia del referéndum que impulsó, mientras que el gobierno dedica sus mejores esfuerzos para llevar a cabo con generosidad el mandato bajo el cual resultó electo. El porvenir se pavimenta con los acuerdos que permitan avanzar con éxito en ese camino de diálogo y construcción colectiva.

    Carlos A. Bastón