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    Mal de amores

    N° 1828 - 13 al 19 de Agosto de 2015

    Esta es una historia de amor, nacida gracias al tango, que merecería una película o un libro.

    Ella, la protagonista, de la que supe por un texto periodístico de Eduardo Rafael —escrito hace unos años— se llama Nicole Nau y nació en Düsseldorf, Alemania, el 30 de enero de 1963. Se convirtió, al paso de los años, en una hermosa mujer, alta y rubia, con una vida novelesca.

    El aprendizaje del baile de tango la unió a su primer amor.

    Siendo muy joven se enteró de que había llegado a su ciudad un bailarín argentino, Antonio Todaro, con la intención de dar clases. Ella había jugueteado en la adolescencia con el flamenco y el jazz, aunque, por alguna misteriosa razón, la seducía el tango. Aprendió a bailarlo con Todaro y se deslumbró.

    Recuerdo ahora el artículo de Rafael: “Algo dentro suyo le sugirió que debía ir a Buenos Aires. Se lo dijo al maestro y este la alentó y trató de ayudarla en el desem­barco: ‘Andá al Hotel Victoria, que es barato y no tiene cucarachas…’, pero esperá a las vacaciones”. Y allá partió Nicole, con una valija grande que le costaba arrastrar. Al verla llegar con tantas dificultades, se le acercó un hombre alto, buen mozo, que estaba tomando una cerveza en el patio del hotel; resultó ser un arquitecto holandés, diez años mayor que ella. Desde el comienzo simpatizaron, pero les resultó complicado comunicarse: él hablaba en holandés, ella respondía en alemán y los dos no alcanzaban a entenderse en inglés. Está claro, optaron por una mezcolanza y por el idioma de todos los idiomas: las señas. La cosa es que entre seña y seña, y miradas cómplices, ambos comprendieron que estaban en tan lejana tierra por el mismo objetivo. Esa noche fueron, a invitación del elegante caballero, a Regine, en la calle Riobamba, una clásica milonga porteña; el sensual abrazo del baile construyó el resto; ensamblaron a la perfección, se enamoraron y, aunque el holandés debió partir a la semana, decidieron reencontrarse. Ella volvió a Düsseldorf, los viajes desde allí a Rotterdam se hicieron frecuentes y un buen día apareció la conmovedora decisión: volver juntos a la Argentina para dedicarse a bailar tango y enseñarlo.

    ¿Quién era —mejor dicho, es— aquel romántico hombre? Ritjaert Klapawijt, arquitecto, a quien, meses antes, había sorprendido en su ciudad natal un cartel: “Se enseña a bailar tango. Maestro: Antonio Todaro”. Increíble pirueta del destino. El holandés aprendió con Todaro, igual que luego haría Nicole, y recibió la misma recomendación: “Si vas para mi pago, hospédate en el Hotel Victoria, en San Telmo”.

    Cuenta Eduardo Rafael: “A los tres meses de estar en Buenos Aires, sin trabajo y ya con poco dinero, fueron al Café Homero, en Palermo. Los contrataron enseguida”. Él tradujo su nombre al castellano y, desde entonces, fueron Nicole y Ricardo, pareja que recorrió el país y gran parte del mundo con un espectáculo que crearon entre ambos, actuando, además, junto a las más prestigiosas orquestas, en los principales teatros de Europa y Estados Unidos. Los nombraron “embajadores del tango” y “ciudadanos del mundo”. Ellos bailaban y bailaban, cada vez mejor y, según se les veía, cada día más enamorados.

    Colorín colorado, ¿acaso esta historia ha acabado?

    Pues no. El tango, reflejo de la vida, reserva sorpresas.

    Nadie ha podido saber el motivo, pero Ricardo y Nicole se separaron. Lo que está claro es que talló otro hombre, argentino y bailarín, hoy esposo y compañero de baile de la bella alemana: Luis Pereyra, nacido el 9 de julio de 1965 en Santiago del Estero, en el seno de una humilde familia. A los ocho años bailaba danza clásica, folclore y flamenco; a los diez años debutó con el tango en Caño 14. Desde esa lejana época hasta hoy todo ha sido disciplina y perfeccionamiento, incorporando a sus talentos la coreografía y la dirección de espectáculos. Hizo el multipremiado Tango, la danza de fuego, para relatar con el baile su cuento Orillas del Maldonado, lejanamente inspirado en El hombre de la esquina rosada, de Borges; fue nominado a varios premios Tony Award; trabajó con todas las grandes compañías argentinas y varias extranjeras simultáneamente como coreógrafo y bailando con Nicole; y su obra Tango puro argentino y más fue declarada en 2012 de interés cultural por la Presidencia de la Nación.

    Mal de amores tituló Pedro Láurenz uno de sus tangos. ¿Le cae bien a esta peripecia? Quién sabe. Nicole y Luis siguen danzando, exitosos, mientras Ricardo, el holandés, quizás haya encontrado pareja en otra milonga.