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    Mammon est nomen daemonis

    A partir del siglo XII, en las principales ciudades de la Europa central y nordatlántica, la economía basada en el capital y sustentada en el préstamo con interés arrinconó y desplazó a la economía basada en la autarquía o el trueque. Pero el grueso del continente continuó sumergido en las estructuras feudales.

    El nuevo orden puso a prueba elementos básicos del dogma cristiano. Ante el avance de Don Dinero, vil metal y poderoso caballero, la Iglesia desempolvó sentencias evangélicas: “No podéis servir a Dios y a Mamón”.

    Palabra de arcano origen que significa riqueza, “Mammon” representaba al diablo. Por eso se decía “Mammon est nomen daemonis” (Mamón es el nombre del demonio). El capitalismo era el diablo. Pero, ¿no lo sigue siendo aún hoy para cientos de millones de personas en todo el mundo?

    Ante la incontenible avalancha de nuevas formas de producción y comercialización, la Iglesia medieval sentenció que había ganancias lícitas y ganancias ilícitas. El contenido de los manuales para confesores muestra, sin embargo, la enorme dificultad que los sacerdotes tenían para delimitar la frontera entre una y otra.

    El gran conflicto moral de un capitalista de aquellos tiempos tempranos reflejaba el dilema del joven rico que buscó a Jesús para preguntarle cómo asegurar la salvación de su alma: ¿debía entregar antes sus riquezas para obtener la salvación o podía salvar su alma sin por ello perder su capital? Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los Cielos, le respondió Jesús, según cuenta Mateo. Eso mismo les dijeron miles de sacerdotes medievales a los noveles capitalistas.

    Jacques Le Goff, famoso historiador francés que tanto se interesó por estas cuestiones (autor de “La bolsa y la vida: economía y religión en la Edad Media”), aseguró en su obra “El nacimiento del Purgatorio” que esta tercera instancia post mortem, pasaje obligado al paraíso, fue especialmente diseñada por la teología cristiana medieval para enfrentar la situación creada por el avance del capitalismo.

    Atormentado por el dilema entre la acumulación de riquezas o la salvación del alma, al capitalista se le ofrecía el Purgatorio como una última oportunidad de salvación. Podía morir rico, luego expiar los pecados en el Purgatorio y así, purificado, quedar en condiciones de seguir camino al Cielo.

    El Purgatorio era un infierno con fecha de caducidad. Pero la creación del Purgatorio tuvo consecuencias impensadas y completamente contrarias a las esperadas. Fue un tiro por la culata.

    Estando incapacitadas de gestionar personalmente sus expedientes, las almas del Purgatorio debían esperar a que sus deudos vivos hicieran en la Tierra obras en su favor y les saldaran las deudas acumuladas por sus pecados. Estas obras podían ser oraciones, acciones de caridad o misas ofrecidas en su beneficio y memoria, aunque una donación material a la Iglesia siempre tenía más efecto.

    Debido a su creciente necesidad de financiación, la Iglesia permitió también que las almas en el Purgatorio pudieran salir de allí gracias a los perdones (indulgencias) que sus seres queridos les compraban en la Tierra.

    Los perdones, que se vendían al por mayor y al por menor, se convirtieron en verdaderos cheques al portador. Eran salvoconductos al Cielo que se compraban y vendían como cualquier mercadería.

    Así, a través de la venta de indulgencias (en oro, en tierras o en propiedades de otro tipo), las almas del Purgatorio a cuyo nombre estaba hecha la transacción quedaban limpias y podían ir al Cielo.

    ¿Cuál es el detalle picante de esta historia? El detalle picante de esta historia es que el comercio con perdones que la Iglesia practicó con creciente entusiasmo corroboró, ¡justamente!, el triunfo del sistema que se quería combatir: el capitalismo.

    El obispo que le compraba al Papa un paquete de perdones para luego venderlos de a uno casa por casa obtenía una sustancial ganancia (el comercio en almas fue justamente el tema que desató la Reforma luterana).

    Pero en la teoría, la condena eclesiástica a la multiplicación del capital siguió manteniendo vigencia. Ya vendría Marx, siglos después, a heredar y revitalizar esa condena con argumentos supuestamente científicos y materialistas.

    Hoy, en el mundo pobrista, el grueso de la población insiste en insistir que la sociedad es injusta, que la injusticia se debe a la explotación del hombre por el hombre y que esa explotación responde al deseo de algunos pocos de acumular riquezas a costa de la mayoría.

    La avaricia, la usura, el materialismo son, hoy como ayer, los grandes pecados del repertorio popular y populista.

    El judío usurero de Shakespeare, el comerciante pecador de la Iglesia y el burgués acaparador de plusvalía de Marx se sintetizan en una misma instancia (el explotador deshumanizado) y forman, como en una maldita trinidad, el soporte ideológico de un mundo que protesta sin saber bien de qué, por qué y para qué.

    Y ahora sí llegó la hora de despedirnos de Shylock, de Antonio, de Bassanio y de todo el elenco de esa magnífica obra llamada “El mercader de Venecia”, cuyo inesperado desenlace no será, por cierto, adelantado aquí.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor