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    Mandar no es igual que gobernar

    Columnista de Búsqueda

    N° 1820 - 18 al 24 de Junio de 2015

    A poco de entrar en la zona del coro de la capilla de Santa Úrsula, en la Sorbonne, el viajero que busca un poco de alivio o de paz o de belleza para escapar de las maldades de este mundo, se encuentra con la tumba que guarda lo que de mortal ha dejado Richelieu. No cuesta mucho reconocer el lugar porque se trata de un impresionante conjunto escultórico donde se ve al cardenal en brazos de la religión, entregado a la hora de su último suspiro; a sus pies la ciencia llora sin consuelo.

    Murió Richelieu en el frío invierno de 1642, rodeado de afectos cercanos, maldecido por sus muchos enemigos, admirado por quienes tuvieron la ocasión de tratarlo sin suscitar su disgusto. La duquesa de Aguillon, nieta y heredera del cardenal, encomendó a François Girardon la composición que hoy recibe tantos visitantes y que fuera reiteradamente profanada durante los años de fuego y sangre de la Revolución.

    En verdad queda muy poco en esa tumba. Los revolucionarios de 1793 quebraron sus cierres, desmembraron los despojos, con saña e ira simularon una decapitación, le arrancaron los brazos, tiraron unos cuantos huesos al Sena. Es poco lo que se salvó, tal vez lo suficiente para el tributo de quienes atesoran la memoria de un estadista que enseñó al mundo que el arte de gobernar se funda en la verdad de los hechos, y que nada grande se puede construir en una nación si no se cuenta con la fuerza necesaria como para hacer de los cambios que se imponen un derecho que se gana.

    El paso por la vida del cardenal Richelieu puso a Francia en proa hacia un apogeo como jamás conocería en su historia. Toda la grandeza, todo el brillo, todas las realizaciones del Gran Siglo llamado de Louis XIV, son glorias que cobra el buen y vituperado nombre de este enorme legionario que dio nacimiento a las formas modernas de la función administrativa y que junto con Maquiavelo y Spengler fue de los pocos que entendieron la misión y los instrumentos idóneos de la política.

    En su Testamento político (Testament politique de Richelieu, présenté par Arnaud Teyssier, Perrin, Paris, 2011) expone con toda lucidez algunos de los secretos de ese arte de tan pocos artistas y de tantos aficionados y espectadores predominantemente impávidos y distraídos. La obra se publicó originalmente en Holanda en torno al año 1688, pero se tiene constancia de que fue compuesta en los tiempos de gloria y plenitud del poder, siguiendo de cerca los retos y los acontecimientos que lo tuvieron como protagonista, es decir, entre 1620 y 1640.

    Considera Richelieu que la tarea del gobernante consiste en anticipar la realidad, no solamente en vivirla intensamente: “Nada es más necesario para el gobierno de un Estado que la previsión, pues por medio de ella se pueden fácilmente anticipar muchos males que no se curan sin grandes dificultades cuando aparecen. Así, un médico que puede prevenir molestias goza de mayor estima que aquel que trabaja en curarlas una vez instaladas”.

    Y entiende que el gobernante debe estar atento a cualquier insinuación amenazante de la estabilidad; su deber y destreza consiste no meramente en lidiar con problemas sino en evitarlos: “Los ministros del Estado deben frecuentemente poner delante de sus ojos y representar a su Señor, que es más importante considerar el futuro que el presente, y que hay males enemigos del Estado, ante los cuales más vale avanzar que apenas atinar a apartarlos cuando ya han llegado. Quienes actúen de otra forma caerán en grandes confusiones que no será sencillo reparar rápidamente”.

    Con buen criterio no tiene en alta estima los políticos comunes, a los personajes triviales que flotan en la historia como las hojas secas flotan en los charcos, a los satisfechos y groseros, a los distendidos, a los que creen que las vanas ganancias de una jornada es toda la fortuna a la que pueden aspirar: “Es algo común que los espíritus mediocres se conformen con empujar el tiempo con los hombros, y preferir conservar su satisfacción por un mes, en lugar de privarse de ella por ese poco tiempo para garantizarse la incomodidad de varios años que ellos no consideran porque no ven más allá del presente y no se anticipan al tiempo gracias a una sabia previsión”.

    La próxima semana presentaré algún aspecto relativo a la Razón de Estado, base de la eficacia que caracterizó su valerosa gestión al frente de los destinos de Francia.