Harto de que los informativos de la tele cubrieran su (cada vez más extenso) desarrollo mayoritariamente con noticias políticas y policiales, Fortunato decidió aprovechar su suscripción a una plataforma de streaming para ver cine clásico.
Harto de que los informativos de la tele cubrieran su (cada vez más extenso) desarrollo mayoritariamente con noticias políticas y policiales, Fortunato decidió aprovechar su suscripción a una plataforma de streaming para ver cine clásico.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEsa noche seleccionó una de las grandes producciones de Tim Burton, El joven manos de tijera, protagonizada hace más de 30 años por la imbatible dupla de Johnny Depp y Winona Ryder, cuando ella era todavía una teenager de 19 años.
La romántica e imaginativa historia de Edward Scissorhands lo había cautivado a Fortunato cuando tenía 34 años menos y ahora estaba dispuesto a revivirla con nostalgia.
Se sentó con su copita de vino frente a la tele, encendió la pantalla, buscó la peli y puso play.
Estaba disfrutando como la primera vez, con la diferencia de que hoy en día ya no era el Fortunato de 1990, estaba más viejo y cansado, y el sillón del living, traicionero él, era mucho más mullido y acogedor que la butaca del Casablanca, donde había visto el film cuando lo estrenaron en Montevideo.
Cuando Kim coqueteaba casi imperceptiblemente con Edward, en las narices de su novio, a Fortunato se le empezaron a cerrar los ojos. Procuraba abrirlos grandes y no pestañear, pero la fatiga del día y el Malbec lo iban anestesiando de a poquito.
De pronto le pareció que salía un aviso en la pantalla, pero no estaba seguro si lo estaba viendo o lo estaba soñando.
El cartel decía que, debido a dificultades técnicas, la transmisión se suspendería por una hora, pero que, mientras tanto, se exhibiría un documental uruguayo con un argumento bastante parecido al de la película que estaban exhibiendo.
Fortunato, que no podía asegurar si había visto y leído el aviso, pensó para sus adentros que el cine uruguayo (o medio uruguayo) como La sociedad de la nieve nos había puesto en el mapa audiovisual. Pero ese no era el caso.
Fortunato empezaba a soñar, como de costumbre. En pantalla, un joven de pelo semilargo y semidespeinado, aire de rebelde soñador, camisa abierta, pantalón deportivo, mirada en el horizonte.
—¡Presidente, por acá! –le decía un colaborador, indicándole la dirección a tomar entre la multitud. Todos se acercaban a él, lo saludaban, y él no le negaba la selfie a nadie. Eso sí: la selfie la tenía que sacar cada uno que se lo pedía, porque, a diferencia de la imagen que Fortunato tenía del joven Lacalle, sus manos no eran manos: eran tijeras.
Abrazaba, pero no podía darle la mano a nadie. Y en los abrazos también se las ingeniaba para no arañar al abrazado, o al que se veía acercando al grupo. Pero era un león cortando cintas.
—Estamos en la inauguración del puente sobre la cañada Sapo Grande, que conecta Cerro Largo con Treinta y Tres, y así como lo prometimos en la campaña electoral, lo estamos inaugurando hoy —dijo el joven manos de tijera. El micrófono se lo sostenía un ayudante, porque él no podía agarrarlo, pero cortando cintas era un fenómeno. —Una para vos —le dijo a una niñita que estaba con su mamá detrás de la larga cinta con los colores de la bandera uruguaya, y zácate, cortó un trocito como de 10 centímetros, que la nena agarró emocionada, y otro trocito para la mamá, para los dos intendentes, para el papá y el tío de la nena, para el ministro Falero (que si cose todos los trocitos que le vienen tocando se fabrica una bandera como la de la plaza frente a Tres Cruces).
La trituradora de cintas se tomó un descanso, hasta que la comitiva llegó a la inauguración de una policlínica en Tranqueras, y después a la del anexo de una escuela rural en Durazno, otro tramo de carretera en Paysandú, una conexión de fibra óptica en las afueras de Tacuarembó y la ampliación de Aeropuerto Internacional de Rivera. Un ayudante les mostraba a los circundantes cómo bajar y usar la aplicación Uy Map porque él, con sus tijeras, no podía apretar las teclas del celular, pero él informaba que ahí estaban todos los lugares visitados y los por visitar.
En todos lados cortó y distribuyó cientos de trocitos de cinta azul y blanca, hizo discursos en los que aseguraba que lo que él podía decir era lo que decía porque no podía hacer proselitismo político, pero sí tenía que cumplir con lo prometido antes de ser electo.
Un par de veces paró en alguna estación de servicio para que le aceitaran las tijeras que salían de sus manos y les pasaran un trapito para que quedaran relucientes. También para ir al baño, pero de esos episodios no hay datos de cómo se las arreglaba, aunque se ve que lo tenía resuelto de algún modo.
Fortunato soñó cada detalle de aquella película documental que sustituyó a la que él estaba viendo cuando se quedó dormido. Hasta cuando hubo que parar la máquina de cortar cintas por unos días porque la tendinitis de la mano-tijera derecha lo tenía a mal traer. Y cuando se curó y siguió metiéndole para adelante. Y meta darle a su intensa actividad.
El documental, así como no mostraba las idas al baño, tampoco explicitaba cómo se las arreglaba el joven manos de tijera para firmar los decretos. Pero algún sistema tendría, porque los decretos seguían saliendo también.
En fin, como la película original de Tim Burton, un poco de fantasía y un poco de realidad son una buena combinación, en la medida que la dosis de realidad supere a la de fantasía.
Cuando su esposa lo despertó para que se fuera a dormir a la cama, Fortunato apenas si murmuró que había tenido un sueño lindo en el sillón y que esperaba reengancharse cuando llegara a la cama.