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Si tuviese que elegir una entre las muchas cosas buenas que ofreció el Festival Internacional de Jazz de Punta del Este, que finalizó su 17ª edición el domingo 6 en la finca El Sosiego, diría que fue la actuación del saxofonista barítono Gary Smulyan. Cuando los músicos son de primera calidad, pueden sacar un concierto de taquito, ya sea por su profesionalismo, porque tocan juntos hace mucho tiempo o sencillamente porque lo que ejecutan les sale con la facilidad de quien nació con talento y además se dedicó a cultivarlo. Pero el quinteto de Smulyan demostró algo extraordinario que a veces emerge y otras veces no: magia.
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El baterista Joe Farnsworth, que durante todo el festival se mostró bastante excitado arriba y abajo del escenario, se sentó ante los tambores y puso el listón bien alto: tocar al mango. Y así respondió Smulyan, de simpáticos lentes redonditos y con un saxo que era casi más grande que él. El hombre soplaba y soplaba como si se fuese a morir, pero, lejos de morirse, generaba cada vez más ritmos e ideas. Lo acompañaron el pulso incorruptible del contrabajista John Webber, el exquisito trompetista Joe Magnarelli y Mike LeDonne, un pianista cuyo rostro inexpresivo es inversamente proporcional a su swing.
El quinteto desgranó temas de Thad Jones, de Donald Byrd y de Charlie Parker, además de los estándares “Round Midnight” y “Body and Soul”. Nunca antes había concurrido un saxo barítono al festival y es una apuesta realmente salada que pueda venir otro mejor. La energía que allí se liberó habría que medirla con un aparato especial. Seguro que las radiaciones musicales alarmarían a los científicos al punto de decretar una cuarentena en todos los campos de Punta Ballena.
Y la gran música se extendió como una plaga. Ya lo había anunciado el trío del pianista David Feldman con el soberbio contrabajista Guto Wirtti y el sutilísimo baterista Marcio Bahía. Y el quinteto de Chico Pinheiro. Y la Mercosur “All Stars” (qué nombre más horrible pero qué buenos instrumentistas). Y la banda de Paquito D’Rivera, quIen mostró el costado latino de compositores como Bach, Mozart y Beethoven, gente que vivió para los sonidos y dejó su vida en semejantes estudios. Si hoy vivieran, se fajarían y tocarían jazz.
El espectador puede encontrarse en la península, rodeado de altos edificios, de autos y de gente, preocupado por el protector solar o girando el cuello aquí y allá gracias al espectáculo femenino.
A los veinte minutos, ese espectador se descubre en caminos de balasto, rodeado de pájaros, tranquilidad y olor a verde.
Y de pronto, ese mismo espectador ya está en El Sosiego, donde el jazz, gracias a una alquimia que solo los músicos conocen, convierte los sonidos urbanos y campestres en otra cosa.
Todavía me parece una maravillosa alucinación que de bocinazos, caños de escape y conversaciones estúpidas, uno pase a escuchar el piano de David Hazeltine, el saxo tenor de Grant Stewart, la trompeta y el trombón de Diego Urcola, el atildado y elegante contrabajo de Nat Reeves, la pegadiza composición “Mientras tanto” de Popo Romano, la guitarra de Nicolás Mora —sentadita en un tablado— o la batería de Carlos Carli, el generoso uruguayo que ayudó a Paquito en sus primeros y desesperados momentos de exilio en España.
Hay recuerdos imborrables que no te los saca ni el aparatito de “Hombres de negro”.
No me voy a olvidar nunca de la versión de “Lover Man” que hizo Jesse Davis.
Ni de la que hizo Joe Magnarelli de “I Remember Clifford”.
Ni del dúo que protagonizaron el clarinete de Paquito y el barítono de Smulyan en “Donna Lee”.
Ni de las cosas que vi salir —y eso que estuve sobrio los cuatro días— de la trompeta de Terell Stafford.
Ni de la sensibilidad de los hermanos Alex (piano) y Zachary Brown (batería).
Ni de “El duque”, el estupendo tema de David Feldman dedicado al perro de Francisco Yobino, un perro que según el propio Feldman tiene un ladrido cromático: Guaaa uuu aah ah.
Ni del maratónico cierre del festival, en el que una legión de músicos tocaba y tocaba y tocaba, turnándose los instrumentos sin que el sonido perdiera continuidad ni el espíritu de Charlie Parker se alterara en lo más mínimo. Si no existiesen los horarios ni las convenciones, todavía estarían ellos tocando y nosotros escuchando.
Tampoco me voy a olvidar de los sonidistas trabajando una noche de extremo calor, cuando el escenario apenas iluminado por sus cascos de minero parecía una constelación de pequeñas estrellas movedizas, que en realidad eran insufribles mosquitos que nacieron para picar y joder y murieron seguramente con envidiable oído musical.
Ni de la mera presencia de Hazeltine o Stafford cuando están cerca de uno, tipos que imponen respeto solo con respirar. Me recordaron la primera vez que vi a Ron Carter en el cuarto de los músicos, allá en el tambo: iba a felicitarlo pero no supe qué decir, me temblaron las piernas y seguí de largo.
Ni de la jam session del domingo en el restaurante, donde compartieron escena —durante una hora— monstruos de la talla de Stafford, Magnarelli, Smulyan, Reeves y Stewart con el pianista uruguayo Ricardo León o con perfectos anónimos como el saxofonista argentino Enrique Thompson, a quien conocí en una de las ediciones del festival cuando él estaba acampando y no tenía dinero para pagarse una entrada.
Ni de Paquito pasando por las mesas y juntando en una bolsa propina para los mozos.
No voy a olvidar nada de esto porque sencillamente fue, y no exagero, un festival de marcianos al ataque.